La lucha por la vida

Pío Baroja es el novelista español más importante del siglo XX, uno de los más grandes narradores universales de todos los tiempos. A pesar de su estilo aparentemente descuidado y de las duras críticas que se suelen verter sobre él los que nunca le han leído, enfrentarse a una novela de este escritor vasco suele resultar placentero por un lado, duro, casi un combate existencial, por otro. Baroja, una de las personas más cultas de su tiempo, de una sensibilidad extraordinaria aunque tremendamente pesimista, suele retratar en sus libros a personajes con el alma al aire. En ese sentido, entronca con lo más genial de Cervantes, Shakespeare, Tolstoi y otros memorables espejos del alma humana.

Baroja, por otro lado, fue un experimentador continuo y audaz en las formas novelísticas. Su técnica impresionista, su manera de retratar la vida a partir de retales sueltos, a veces sin continuidad, es sin duda el eslabón entre la genialidad de las novelas decimonónicas y las presuntas –en cuanto ya estaban, casi todas, en los clásicos– innovaciones del siglo XX. Baroja se adelantó tanto que escribió un esperpento, Paradox Rey, antes que Valle Inclán, se situó en la línea de Balzac para ser más moderno que nadie y utilizar el paisaje como indicio de los estados de ánimo de sus hondísimos personajes, y siguió a Galdós en el uso del monólogo interior.

Baroja solía reunir sus novelas en trilogías de una manera tan anárquica como su propio espíritu. Generalmente esas trilogías –¡a veces de cuatro títulos!– están formadas por novelas que tienen poco o nada que ver entre sí. Menos La lucha por la vida, formada por La busca, Mala hierba y Aurora Roja, donde se nos cuenta la vida de Manuel Alcázar, un personaje que llega desde el campo al Madrid de finales del siglo XIX y principios del XX para, entre golfos, soñadores revolucionarios y buena gente, intentar encontrar su sitio en el mundo.

Como todo en Baroja, la trama, siempre interesante, no es especialmente compleja. Simplemente, vemos cómo un chico cualquiera intenta abrirse camino en una sociedad hostil. Manuel, el protagonista, es un personaje bondadoso, un tanto abúlico, de espíritu anarquista y conciencia material que va aprendiendo de todos los maravillosos secundarios con los que va encontrándose: entre otros muchos, un sociópata asesino, un quimérico revolucionario, un vividor profesional o su novia, Salvadora, reflejo de la bondad humana que, para Baroja, era escasa pero no inexistente.

Leer La lucha por la vida es sencillo. Baroja tiene la gran virtud de tener una prosa tan fluida que se lee como se bebe un vaso de agua fría un día de calor. Es completamente accesible, algo que sólo logran los grandes narradores. Si no es más popular es por ser tan duro, incisivo, implacable. Apenas hay páginas donde deje de traslucir su disgusto con la Humanidad, con la existencia. Hijo intelectual de Schopenhauer y Nietzsche –y, por tanto, de Darwin, como desvela el título de la trilogía–, el novelista fue siempre de los que vio el vaso casi vacío.

Frases del tipo “Los españoles no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos moralidad” o “Esto es la sociedad española, este desfile de cosas muertas ante la indiferencia de un pueblo de eunucos” no sólo muestran su hondo pesimismo sino también la infinita lucidez del escritor, capaz de encontrar un preclaro diagnóstico, válido cien años después. Este realismo de completa actualidad tampoco ayuda a incrementar su popularidad en estos tiempos de vampiros, códigos indescifrables descifrados y novela pseudohistórica.

El conjunto de La lucha por la vida muestra un viaje iniciático con un final algo esperanzador. Rodeados de miseria, material y moral, Manuel y “su” Salvadora se enfrentan a una vida modesta, pura, dura pero, a veces, feliz. Y, en el plano literario, es un monumento grandioso, de lo mejor que se ha escrito nunca, de una estructura narrativa y una grandiosidad estética aún no igualadas.

A Baroja, a pesar de todo, no se le lee. Tampoco a él. Quizás si hubiese sido más guapo y simpático, si no hubiese llevado boina, se le miraría de otra manera. Quizás…

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