Símbolos de una nación

Ni el Papa, ni el Estatut, ni el aborto, ni siquiera el terrorismo… jamás se ha visto en España tanta gente como el pasado lunes en las calles de Madrid. Ciudadanos de todos los rincones de nuestra geografía abarrotaron la capital y, al grito de “Campeones” y bajo infinitas banderas, dieron la bienvenida a los jugadores y técnicos de la selección española de fútbol que, en señal de triunfo, imitaron sobre un autobús los desfiles de Julio César al regreso de las Galias y de Tito tras la destrucción de Jerusalén.

Ganar el Mundial ha sido memorable. Después muchos fracasos, tras el aperitivo de la Eurocopa, la euforia se ha desatado en España. Lo feliz del acontecimiento se hizo objetivo desde el momento en que Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez dedicaron tiempo de su programa a hablar de la que ha devenido en “La Roja”, quién sabe si por culpa de algún espíritu malévolo.

En España, al contrario de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno, es raro ver una manifestación como la del lunes, donde había tantas banderas como personas. La gente enarbolaba esa misma enseña que se ha desgastado tanto tras los excesos del franquismo y su oposición a la tricolor republicana. ¿Es ese, acaso, un renacimiento del espíritu nacional español?

No lo creo. El auténtico símbolo de la unidad nacional lo conforman 23 jugadores y un equipo técnico que han sabido ganar un Mundial tras una final bronca contra Holanda, añadiendo así un elemento de justicia poética por la tácita venganza contra aquellos Países Bajos que se enfrentaron a los tercios españoles en una inacabable guerra que, a la postre, supuso el comienzo del fin del Imperio español. 23 jugadores y varios técnicos, gente sana y corriente, engarzados en esa nueva tradición de deportistas españoles que, como Nadal y Gasol, saben ganar y son ejemplos de deportividad.

Este entusiasmo generalizado debería hacernos reflexionar. España, aparte de hacer piña en torno a “La Roja”, se sostiene sobre unos símbolos con poca fuerza. La propia bandera lo es más de la selección que de la nación. El Rey ha perdido majestad y popularidad, y su sucesión se enturbia a menudo si se observa con detenimiento el comportamiento de las familias políticas. El escudo nadie lo conoce y la Constitución… apenas tiene vigencia.

En cuando al himno… Como buen hijo de la globalización cultural, reconozco que siento emoción al escuchar el God save the Queen, The Star-Spangled Banner, el Das Lied der Deutschen y, sobre todo, seguramente por influencia de Casablanca, la Marsellesa, mientras que escuchar nuestra Marcha Real al ritmo de “lololo” o “chunda-chunda” me produce más jocundidad que sentimiento patriótico.

Así, en esta España autonómica, el principal elemento aglutinador de nuestra vieja nación es la selección de fútbol, formada por españoles de todas partes, único símbolo válido de una sociedad a la que le cuesta movilizarse ante las injusticias pero que reacciona en bloque y con enorme alegría ante los triunfos deportivos de los nuestros. Es poca cosa que nuestro mayor símbolo nacional recaiga en 23 chavales de buenas maneras. Pero algo es algo… aún más si tenemos en cuenta que a la vez son nuestros más gloriosos representantes. Si su ejemplo será suficiente para que España sobreviva como tal, el tiempo lo dirá.

De momento, a disfrutar con su triunfo y regocijarnos con la idea de que, durante un par de días, la gran mayoría de los españoles no tuvo miedo de gritar “Viva España”.

dmago2003@yahoo.es