Las armas y las letras

Aunque hayan pasado más de 70 años y la sociedad esté a otras cosas, la clase intelectual (?) española sigue inmersa en el proceloso mundo de nuestra Guerra Civil, tan trágica y dada a la canallesca. Aparecen muchos más libros y películas relacionados con el conflicto bélico o el primer franquismo que sobre cualquier otro tema. Como en tantas otras épocas, nuestra intelligentsia se empecina en anclarse en el pasado para así quitar cualquier posibilidad al futuro.

En este maremágnum de obras sobre la guerra entre “los hunos y los hotros” es casi imposible encontrar nada que no sea sesgado, parcial, militantemente activo. Es lógico que sobre mierda se publique mucha mierda, ¿no? Por eso da gusto encontrar algo sobre el tema que se aleje de los tópicos, los lugares comunes y los intentos de continuar combatiendo. Como Las armas y las letras, el análisis de Andrés Trapiello sobre el comportamiento de escritores e intelectuales a lo largo de la Guerra Civil española que se acaba de reeditar, corregido y ampliado, más de tres lustros después de su primera aparición.

Las armas y las letras muestra cómo se comportaron muchas figuras célebres de nuestras letras desde el 18 de julio de 1936 hasta abril del 1939. También hace un balance de todo lo escrito entonces o sobre la guerra. El libro, una reflexión de autor, nunca un estudio sistemático, nos vuelve a enseñar lo ya sabido: fueron muy pocos los que se comportaron de manera gallarda, coherente, respetable. Trapiello, al contrario que la mayoría, no se alinea con ningún bando y critica o elogia a cada cual según sus actos y sus obras, nunca según sus ideas. Todo lo más, aboga por una Tercera España que, según él, fue un concepto creado por Gaziel y difundido por Madariaga pero que, en cualquier caso, no refleja la verdad: nunca hubieron dos o más Españas, sino una sola capaz de crear los mejores y peores espíritus del siglo XX.

Así, en las páginas de este libro podemos seguir el comportamiento encomiable del diplomático chileno Carlos Morla, asistir al famoso enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray, ser testigos de las tragedias de Muñoz Seca o Lorca, reflexionar sobre la frustrante separación de los hermanos Machado, sorprendernos con la coherencia intelectual y espléndida lucidez de Juan Ramón Jiménez, escandalizarnos o indignarnos con la canallesca de Alberti, Neruda, Giménez Caballero, Gálvez y otros muchos. Porque, como es lógico prever, son muchos más los que salen mal parados que los que se salvan de la quema.

Este libro es magnífico, de buena prosa –lástima de errores tipográficos y reiteraciones superfluas nacidos de una mala y apresurada edición– y contenido interesante y magistralmente documentado. Tan solo tiene un problema, aunque nada oculto. Andrés Trapiello, como si escribiese una novela como narrador omnisciente, se sitúa como juez omnipotente y no deja títere con cabeza. Las más de las veces, da motivos para entender su desprecio; por ejemplo, después de leer el libro no quedan dudas sobre la villanía de personajes como los Alberti, Ortega o Neruda. Pero otras veces sentencia simplemente opinando, ya sea sobre los comportamientos o sobre la calidad literaria de las obras.

Pero quizás esa vehemencia sea a la vez una de las grandes virtudes de Las armas y las letras. Porque un tema como este hay que afrontarlo de manera sincera y audaz, sin quedarse en terreno de nadie y levantando ampollas en todas partes. Trapiello niega que su obra se trate de un libro de Historia, de una obra académica, y por eso opina sin ocultar sus filias y fobias. Así, denunciando a los dos bandos con completa libertad, deja a España con el culo al aire al margen de ideologías o partidismos. La prueba de que este libro es una joya es que no gustará a ninguna de las “dos Españas”. Que, visto lo visto, es la única manera válida de tratar nuestra última Guerra Civil.

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