Eclipse

En 2005, antes aún de publicarse, numerosos medios de comunicación anunciaron la llegada de un nuevo best seller mundial, Crepúsculo, de la que iban a lanzarse 75.000 ejemplares. Cinco años después, la saga de Stephenie Meyer lleva vendidos más de cien millones de ejemplares. Por una vez, una previsión periodística ha acertado, aunque hasta unos límites insospechados… y sospechosos.

Nunca he terminado de entender el descomunal éxito de esta serie. Cada uno de los volúmenes que la componen son ñoños, cuentan una historia muy básica –el amor de una adolescente, Bella, por un vampiro, Edward, mientras mantiene una profunda amistad con un hombre lobo, Jacob, enemigo declarado del otro– y alargada hasta extremos insospechados. Tampoco sus adaptaciones cinematográficas me han interesado lo más mínimo y eso que Eclipse, la última, recién estrenada, la vi en pantalla grande.

El filme Eclipse ha levantado cierta polémica en los generalmente anodinos periódicos españoles. Algunos críticos entienden que es inaceptable, por carca, que Edward no quiera hacer el amor con Bella hasta después de casados. Así, a estos cinéfilos les parece intolerable que un vampiro de 109 años prefiera la virginidad al coito para así hacer las cosas como él cree que deben hacerse. Si el “chaval”, después de pasarse el día dándose el lote con su novia, es capaz de tal hazaña, me parece más encomiable que otra cosa. Pero claro, los vampiros son más fríos que los humanos, ¿no?

Al margen de este simplón asunto, Eclipse es una película patética. Sirva de prueba su argumento: Edward y Bella viven felices su noviazgo. Jacob, siempre con el torso al aire, se declara a Bella que, sin embargo, asegura que sólo le quiere como amigo. Una vampira mala –Edward es bueno, ya que sólo vive de cazar animales– recluta un ejército de vampiros “neófitos” para cargarse a Bella. La “familia” de Edward hace un pacto con la tribu de licántropos de Jacob, enemiga declarada de los vampiros, para defender a la adolescente. Antes de la batalla –que no dura más de tres minutos, poca acción para tan poca chicha–, Bella besa a Jacob, aunque enseguida le dice a Edward que es él al que quiere de verdad. Al final, todos felices, incluso el malherido Jacob.

Aparte de absurda, la película es aburridísima, apta tan solo para los fans de la saga, una enormidad. Y eso es lo que realmente me aterra. Bella es una chica que ha pasado una infancia difícil. Encuentra en Edward el amor verdadero y decide que su novio la “convierta” en vampira –después de casarse y hacer el amor, claro está–. Opta por dejar de ser humana sin hacerse muchas preguntas… y millones de jóvenes se sienten identificados con ella.

¿No hay algo extraño en todo esto? Más que literatura/cine de evasión, a mí me parece que es de anulación. Cuando Fausto entregaba su alma a Mefistófeles, lo hacía por mor de la sabiduría; entregaba su humanidad para poseerlo todo, para ser un semidiós. Bella no entrega su alma, simplemente decide cambiar de naturaleza como si fuese a cambiar de peinado. Así, sin más. Claro que eso lo dice un lego en la saga.

Si no se hubiese proclamado el éxito de Crepúsculo antes de su publicación, no me preocuparía tanto. Pero esa hábil maniobra de marketing conjuntada con la escasa hondura de los libros y sus correspondientes películas le hacen a uno plantearse muchas dudas. Tanta vaciedad, tanta entrega sin contenido, tal gratuidad a la hora de enfrentarse a la auténtica naturaleza mortal del alma humana parecen un camino –¿planificado?– hacia la nulidad existencial. Claro que todo encaja a la perfección con nuestro sistema educativo, con el éxito de Paris Hilton y Belén Esteban, con la entrega a los deportes como maniobra de distracción para así no pensar en las cosas que importan… O con que a algunos les guste ver fantasmas en las querencias virginales de un vampiro.

El éxito de Eclipse, de toda la saga Crepúsculo, destapa muchas de nuestras carencias. Pero nada, ya llegarán las últimas dos películas, y a ver qué es del hijo de Bella y Edward, que la naturaleza se abre paso hasta en naderías escritas por una joven escritora norteamericana de ideas religiosas ultraconservadoras. Menos en lo que al fondo de sus historias se refiere: vírgenes al matrimonio pero abiertos al vampirismo… o a la licantropía, que lo mismo da.

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