Sophie Kinsella

En cualquier otro país resultaría paradójico que se diese la espalda a la tradición humorística del Arcipreste de Hita, Don Quijote, Góngora o Quevedo para dejarla en manos de José Luis Moreno o Jorge Javier Vázquez. Pero en España resulta de lo más lógico. Somos un país predispuesto a olvidar lo mejor de nuestro pasado para rendir pleitesía a aquellos que “rompen” con todo, sobre todo si se muestran vulgares, chabacanos, alienadamente casposos.

Resulta pavorosa la escasez del actual humor español, sobre todo en formato libresco. Poca cosa, habitualmente poco interesante, casi siempre nada graciosa. Como claro contraste, sólo hay que echar un vistazo al Reino Unido para encontrarnos con la más rica variedad de escritores humorísticos, dominadores de la ironía, a veces del sarcasmo, siempre dispuestos a sacar risas de la crítica directa a la sociedad contemporánea. Algunos dirán que son seguidores de Wodehouse o Wilde, estos a su vez de Thackeray, Fielding y Swift, pero resulta curioso que todos ellos sean hijos directos y reconocidos de la magna obra de don Miguel de Cervantes. Porque Don Quijote, antes que nada, es una obra de humor crítico y lúcido.

En los últimos tiempos, a la estela de Helen Fielding y su Bridget Jones, en Inglaterra ha surgido una generación de escritoras de novelas de humor realmente sobresaliente: Marian Keyes, Lisa Jewell, Jane Green… a las que se suele confundir con autoras rosas porque cuentan historias de amor y, pocas veces, abandonan la risa para entregarse al sentimentalismo. No es ese el caso de Sophie Kinsella, la mejor de todas ellas, siempre pendiente de buscar la sonrisa, de construir buenas historias llenas de ironía y alegría desbordante.

El problema con Kinsella es que aún sigue oculta bajo la fama de la serie Loca por las compras, a mi entender lo peor de su obra por ser quizás demasiado femenina. Pero el resto de sus libros son sorprendentemente brillantes: comenzando por No te lo vas a creer, donde juega con el problema que conlleva la sinceridad en el siglo XXI, y siguiendo por La reina de la casa del hogar, donde una alta ejecutiva londinense termina de criada, y ¿Te acuerdas de mí?, donde la amnesia sirve para construir una desternillante historia donde se critica despiadadamente la imagocracia que nos domina.

Acaba de llegar a España Una chica años veinte, su última novela. En ella, al humor habitual se añaden elementos de novela policiaca. Una treintañera de nuestros días, un tanto perdida, acude a desgana al entierro de su tía abuela, jovencita allá por la Belle Epoque de los años 20. Por causas extrañas, la protagonista tendrá que aprender a convivir con el fantasma de su antepasada. A partir de ahí se inicia un viaje donde las dos aprenderán el auténtico valor de la familia, la amistad, el amor… siempre bajo un tono humorístico que convierte en delicia la lectura de este libro.

En Una chica años veinte Kinsella vuelve a construir una historia magnífica. Esta escritora, camuflada bajo su fama de superficial y poco comprometida, es una magnífica arquitecto de argumentos sólidos y extraordinariamente entretenidos. Además, en esta ocasión, la escritora británica ha superado su viejo problema con los personajes que, de meros arquetipos, pasan por fin a ser personajes cercanos, de carne y hueso.

Aunque esta novela es de lectura fácil, aparentemente ligera, como todo lo que escribe Kinsella está llena de una velada crítica social. Siguiendo las enseñanzas del Quijote, empieza por reírse de sí misma, de su generación, de todas las contradicciones que caracterizan a las personas que nacimos a finales de los 60 o principios de los 70. Kinsella, antes que nada, es una escritora de humor, pero su lucidez, capacidad prosística y agudos análisis la convierten en una escritora importante, imprescindible, esencial para comprender mejor los tiempos que vivimos. Sin entrar en política, economía ni temas aparentemente serios, parece empeñada en desnudar el alma de las mujeres –y hombres– de nuestra época. En esta ocasión, comparándonos con un personaje de los años 20, cuando quizás las cosas eran más auténticas.

Lo terrible, aunque repito que no paradójico, es que Una chica años veinte, ambientada en el Londres actual, protagonizada por dos mujeres, de puro humor inglés –a la postre cervantino–, me llega mucho más que cualquier cosa escrita en España. Olvidamos lo mejor de nuestro pasado para “aprovincianarnos”, dejando a otros que nos enseñen nuestras vergüenzas. Que inventen ellos, que nosotros ya estamos acabándonos.

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