Pequeños detalles

Sucedió una noche fue la primera película que, a pesar de ser comedia, ganó los cinco grandes Oscar “artísticos”: película, director (Frank Capra), guión (Robert Riskin), actriz (Claudette Colbert) y actor (Clark Gable). En ella se cuenta la improbable historia de amor entre un periodista sin escrúpulos y una niña rica y mimada. Los dos inician un largo viaje desde Miami a Nueva York en el que aprenden a ser mejores y a amarse. Ni una sola escena de este filme se aparta del nudo central del “viaje”: todo sirve para hacer más emocionante y verosímil el argumento, para construir los personajes, para atrapar al espectador. El resultado, una obra maestra.

En España acaba de estrenarse Tenías que ser tú, película dirigida por Anand Tucker y protagonizada por Amy Adams y Matthew Goode en la que se cuenta la improbable historia de amor entre una neoyorquina “bien” y un rústico irlandés. Los dos inician un largo viaje en el que aprenden a conocerse y descubren el amor verdadero. Pero, por muchas razones, en esta película uno apenas se cree nada y, sobre todo, rara vez se emociona.

La diferencia –aparte de que hace 75 años los guionistas sabían lo que hacían aunque no hubiesen pasado por las universidad, los directores eran maestros artesanos al servicio del guión y las estrellas lo eran porque brillaban con luz propia– reside, a primera vista, en los pequeños detalles. En Sucedió una noche, resulta memorable la escena en que Gable explica a Colbert cómo debe hacerse autostop para que al final ella pare un coche con el simple gesto de levantarse mínimamente la falda y enseñar un erótico tobillo. Parece una secuencia gratuita pero, aparte de gracia, sirve para construir personajes, tensión dramática y emoción visual.

Tenías que ser tú basa su premisa narrativa en que, según una vieja tradición irlandesa, todos los 29 de febrero las mujeres pueden declararse al hombre de sus vidas. Insisten en ello varias veces. Pero, entonces, en plena odisea, los dos protagonistas duermen una noche en una plaza, a la intemperie, en pleno invierno irlandés. ¿Nadie pensó en ello mientras rodaban? ¿O antes? ¿Después acaso? Ese es sólo el más escandaloso de una enorme cantidad de elementos que hacen contradictorios a los personajes, superfluas numerosas escenas y caótico el desarrollo de la trama. Detalles aparentemente nimios que convierten la historia en completamente inverosímil. Una manera cualquiera de convertir lo improbable en increíble, en cargarse la magia que debe llenar las comedias.

Más allá de eso, Tenías que ser tú suele caer en los mismos fallos que cometen sus coetáneas hollywoodienses: el guión sigue el camino trillado por los gurús del guión –básicamente, Syd Field y Robert McKee–, los diálogos repiten un par de frases soñadas porque se supone que eso es romance, los personajes son huecos, la dirección bastante torpe, el montaje propio de un aficionado… En definitiva, llevan la marca Hollywood sin merecerlo, o más bien esta ha dejado de ser sinónimo de garantía.

Así, 75 años después, prácticamente la misma historia se rueda muchísimo peor. Y ahora, se supone, hay más medios. Al margen del talento, infinitamente superior en el Hollywood de los años 30, la gran diferencia reside en los pequeños detalles. Antes, estos servían a la historia y la hacían más creíble, entretenida y emocionante. Ahora, se colocan por encima incluso del argumento, y así no hay historia que aguante.

A pesar de todo, Tienes que ser tú no es de lo peorcito que uno haya visto este año. Incluso es de lo mejorcito que he visto en junio. Como he escrito en otras ocasiones, ¡menos mal que nos queda el DVD!

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