Rechazo al blanco y negro

A pesar de su corta historia, en poco más de cien años el cine nos ha dado numerosas obras maestras, películas inolvidables que han hecho de este un mundo mejor. Entre ellas, un alto porcentaje se rodaron en blanco y negro. Algunas, como El maquinista de la General, Sucedió una noche o Historias de Filadelfia, por necesidades técnicas. Otras, como El apartamento o Manhattan, porque así lo quiso el director. Una Historia del Cine jamás estaría completa sin estos largometrajes.

Actualmente, no obstante, sobre todo entre la gente joven, existe un radical rechazo a las películas en blanco y negro. La mayoría de los estudiantes de Primaria, ESO, Bachillerato, incluso de universidad, afirma amar el cine pero muestra su disgusto si les propones ver algo que no sea en color. A veces, incluso, muestran su desagrado ante películas como Lo que el viento se llevó porque, dicen, parece “antigua”.

Cierto es que el séptimo arte ha experimentado grandes cambios gracias -¿por culpa?- a los avances técnicos. Pero si no podemos entender la escultura sin recordar a Fidias, Miguel Ángel o Bernini o la pintura sin admirar a Giotto, Velázquez o Rembrandt, tampoco podemos entender el cine sin pensar en sus viejos maestros. ¿O es que alguien se imagina un mundo que se limitase tan solo a Henry Moore o Alexander Calder? En España, en los últimos tiempos, hemos visto surgir las figuras de enormes pintores como Eduardo Sanz, Manolo Valdés y el recientemente fallecido Luis Sáez; ¿significa eso que Picasso debe ser considerado un antiguo?

Las viejas películas en B/N suelen ser maravillosas, geniales historias tan actuales o más que muchas de las que se estrenan en el siglo XXI. Entiendo que a alguien se le haga pesado ver El nacimiento de una nación o El Sargento York pero ¿acaso no son entretenidísimas y atemporales joyas como las citadas en el primer párrafo o, por poner otros ejemplos, Tiempos modernos, La fiera de mi niña, La diligencia, Anatomía de un asesinato o Con faldas y a lo loco?

Pero es lo que hay. Muchos niños y adolescentes se niegan a reírse con los Hermanos Marx porque sus filmes son en blanco y negro. ¿Cómo esperar entonces que se emocionen, rían y lloran con la magistral Casablanca? En el fondo, esa incapacidad para querer mirar lo que es de un “color” diferente muestra unas enormes carencias que, sin duda, no sólo se limitan a lo cinematográfico.

Un viejo amigo suele bromear con los niños pequeños diciéndoles que los hombres de hace cien años veían en blanco y negro. Incluso los cuadros se pintaban así. Sólo cuando el color llegó al cine, el mundo comenzó a llenarse de tonalidades azules, amarillas, rojas… Esta broma, bastante chusca, se ha tornado en realidad, pero al contrario. Ahora nadie quiere ver en blanco y negro, aunque la fotografía, el cine y la televisión dejasen un gran porcentaje de sus mejores obras en este formato. El cerebro se ha vuelto tan acomodaticio que incluso resulta un esfuerzo ver lo que antes era la norma general. Y eso, repito, significa mutilar la grandeza del séptimo arte que, nada paradójicamente, era bastante mejor cuando no había colores, efectos ni alardes digitales.

P.S.: La tele, en color y basura, tiene gran parte de culpa de lo que ocurre. Como es lógico cuando hablamos de empresas privadas, nadie emite nada en blanco y negro a una hora que no sea intempestiva porque los índices de audiencia bajan una barbaridad. Pero teniendo tanta tele pública que, por otro lado, tan solo sirve para perder ingentes cantidades de dinero, uno podría esperar que se utilizase dicho lugar para emitir viejos clásicos fuera del horario de la madrugada. Sería algo formativo, enriquecedor… pero, ¿alguien desea realmente que los jóvenes abran los ojos, aprendan a mirar con otras perspectivas?

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