Una buena antología

En la mitología griega, Hero y Leandro forman una tierna pareja de enamorados. Ella, como sacerdotisa de Afrodita, tiene que guardar irónica virginidad. Pero él la seduce y, cada noche, guiado por la luz de una vela que Hero sostiene en lo alto de una torre, cruza a nado el Helesponto para encontrarse con su amada. Una noche de invierno el viento apaga la llama y Leandro, desorientado, se ahoga. Al ver el cadáver de su amante, Hero se suicida arrojándose al vacío.

Luis de Góngora y Argote escribió dos romances para contar burlescamente la historia de estos enamorados. A modo de epitafio lanza la siguiente afirmación: “El amor como dos huevos/ quebrantó nuestras saludes:/él fue pasado por agua,/ yo estrellada mi fin tuve.”

Góngora, probablemente, es el mejor poeta de nuestra Literatura. Pocos han sido capaces de escribir cosas tan diferentes como él. Sus loas a los poderosos están a la par de aquellas escritas por sus contemporáneos Cervantes, Lope y Quevedo. Su poesía humorística esta a la par de este último. Escribió preciosos versos de amor, tan bellos como los del autor de Fuenteovejuna. Además, fue capaz de inventar un modo de escribir, el culterano, que jamás ha encontrado parangón ni en español ni en ninguna otra lengua.

Es cierto que en España se lee poca poesía. Se suele ignorar la grandeza de sus más grandes bardos, que son muchos y bonísimos. Pero con Góngora se ha ido mucho más allá: aparte de ser un completo desconocido para la gran mayoría de los españoles, se le considera una autor para iniciados, inaccesible para la mayoría de los mortales. Pero sólo la Fábula de Polifemo y Galatea y Las Soledades son de una complejidad a menudo indescifrable. El resto de su poesía, teniendo en cuenta de la época de que hablamos, se puede leer tan bien como la de sus coetáneos. Góngora escribió poesía renacentista, bordó las letrillas satíricas, fue un maestro del soneto y el romance… sólo dos veces fue culterano, pero se le considera como un poeta de ese corte. Pensemos si no por qué Baltasar Gracián –al que también se reduce a ser únicamente maestro del conceptismo– le tenía como su poeta favorito.

El año pasado la editorial Crítica publicó una Antología poética de Góngora. En ella, aparte de sus dos composiciones más célebres y menos leídas, se recogen sus mejores poemas para componer una magnífica muestra de su amplio repertorio, inacabable, grandioso, a menudo perfecto. Leyendo sus poemas de arte menor, a menudo uno se sorprende riendo a carcajadas. ¿Alguien podría suponer que Góngora pudiese ser tan gracioso como Quevedo? Porque en este libro, junto a los complejísimos mas bellísimos versos del Polifemo, se pueden leer versos como los anteriores u otros llenos de sabiduría popular como “Buena orina y buen color,/ y tres higas al doctor”. Junto a las palabras más preciosistas y bellas de la lengua castellana, en este volumen se encuentra al Góngora romántico, burlón, provocativo, obsceno, crítico, delicado… genial.

Si hace algunas semanas me quejaba de la mala calidad de las Obras Completas de Miguel Hernández que Espasa acaba de publicar por no tener ninguna nota a pie de página, ahora nos encontramos con una magnífica edición realizada por Antonio Carreira. Leer poesía nunca es sencillo. Requiere esfuerzo del lector –de ahí la causa de su nula popularidad en España–. Por eso es necesaria la ayuda de un experto que nos sirva de guía. Con Góngora es absolutamente imprescindible. Ahora, por fin, tenemos un Antología de Góngora más o menos completa, bien comentada, un libro que le muestra accesible en todo su esplendor y amplitud.

Que signifique algún cambio en la noción general que se tiene sobre este gran poeta, es otra cosa. Un pueblo que no lee poesía siempre es un pueblo poco predispuesto a los cambios.

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