Dorian Gray

En el prólogo de El retrato de Dorian Gray Oscar Wilde escribió “No existe nada semejante a un libro moral o inmoral. Los libros están mal o bien escritos. Eso es todo”. Podría parecer el lema del gran autor irlandés, por lo menos antes de su caída en desgracia. Pero, aunque siempre revistió sus escritos de superficialidad y aparente desdén por lo moral, lo cierto es que fue un crítico mordaz e implacable de la hipócritamente puritana sociedad victoriana, la misma que le llevó a la cárcel -y a la muerte- con la excusa de haber pervertido al joven Lord Alfred Douglas.

El retrato de Dorian Gray tiene mucho de visionario. Algunos la califican como la más autobiográfica obra de Wilde, pero personalmente encuentro muchos más rasgos del escritor en el pintor Basil Hallward, homosexual fascinado por la belleza del joven protagonista, y en el noble Henry Wotton, maestro del aforismo cínico que tan magistralmente manejaba el propio Wilde. El libro, que cuenta cómo Gray vende su alma para, según las enseñanzas de Wotton, llevar una vida disoluta sin perder un ápice de juventud y belleza -es el retrato pintado por Basil el que pierde las mismas-, presagiaba el que sería el futuro de Wilde: Gray asesina a Basil y desdeña a Wotton como Lord Alfred ignoró a su mentor cuando este terminó en la cárcel, lo que motivó la magistral carta De profundis, que el propio trasunto de Dorian Gray siempre negó haber leído.

El retrato de Dorian Gray no es lo mejor de Oscar Wilde. Mucho mejores son sus cuentos –tanto los infantiles como los de misterio–, sus comedias y La balada de la cárcel de Reading. Pero, al tener reminiscencias de La piel de zapa de Balzac, de los cuentos de Poe y, sobre todo, del mito de Fausto, es quizás su libro más leído. Gray cae en los infiernos del hedonismo empujado por su propio egoísmo y, sobre todo, por los ácidos comentarios de Wotton. Es un narcisista consumado, un canalla, un reflejo de lo que se verá muy a menudo durante todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI. De ahí la pervivencia de la novela.

Ahora nos acaba de llegar una versión cinematográfica dirigida por Oliver Parker, que ya adaptó a Wilde en La importancia de llamarse Ernesto y Un marido ideal. Ben Barnes es un Dorian Gray convincente, y Colin Firth y Ben Chaplin encarnan magníficamente a, respectivamente, Wotton y Basil. El resto del elenco está bien elegido y muy bien en sus papeles. Como siempre en el cine inglés, la ambientación es inmejorable, un alarde tanto en vestuarios como en decorado. Pero el resultado final no termina de convencer.

Esta versión fílmica de El retrato de Dorian Gray respeta bastante la primera mitad de la novela, sin duda mucho mejor que su segunda. Tan solo el romance y muerte de Dorian con Sybil Vane es muchísimo más potente en el libro. La película busca un nuevo final para que Gray traicione de manera mucho más directa y salvaje a su mentor Henry Wotton. Pero, con influencias claras de El sexto sentido y del cine de terror de los últimos tiempos, el filme fracasa porque intenta redimir al protagonista a costa de la moralidad que, a pesar de Wilde, posee la obra original.

La película se puede ver sin demasiado esfuerzo. Pero, como diría el escritor irlandés, no está “bien” escrita. El efectismo y la blandura del personaje principal la convierten en algo demasiado hueco, previsible, insustancial. Evidentemente, es mucho más recomendable leer la novela. Y, ya puestos, pasar de ella y enfrentarse directamente al teatro de Wilde, a sus cuentos, a su magnífico canto contra la pena de muerte de La balada de la cárcel de Reading.

Esta película no es la mejor adaptación que se haya hecho de un libro de Oscar Wilde, pero tampoco la peor. Pero la vigencia de este escritor es tan enorme que seguro que, muy pronto, habrá más.

dmago2003@yahoo.es