Carver resucitado

Raymond Carver (1938-1988) es uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Tras una vida dura y azarosa marcada por un severo alcoholismo que sólo superó a los 39 años triunfó por fin con cuatro colecciones de relatos cortos, cada una de ellas memorable. Carver, con pocas palabras, describiendo los detalles justos de cada personaje y narrando sólo lo imprescindible, era capaz de crear historias infinitas, vidas cercanas, mundos ásperos y desolados, muy de vez en cuando esperanzadores.

Su segundo gran libro, De qué hablamos cuando hablamos de amor, le lanzó a la fama internacional, convirtiéndole un mito que se confirmó como tal con sus dos siguientes entregas: Catedral y Tres rosas amarillas. Quizás fue el primer gran nombre que salió del Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa, seguramente fue el más grande cuentista norteamericano incluso por encima de Sherwood Anderson, Ernest Hemingway y Andre Dubus. Su temprana muerte, debida a un cáncer de pulmón, y la película Vidas Cruzadas, de Robert Altman, terminaron de elevar su nombre al Parnaso.

Raymond Carver siempre se caracterizó por su concisión. Sobre todo en sus dos primeros libros. Pero resulta que Gordon Lish, su editor en De qué hablamos cuando hablamos de amor, mutiló alrededor del 50% del original. Ahora nos llega esta versión, más larga, diferente, más pura, igualmente intensa, recuperada por dos estudiosos de la Universidad de Hartford para abrir el debate de hasta qué punto la casa editorial tiene derecho a manipular una obra de arte.

Esta entrega de los textos originales de Carver -que rompió con Lish por motivos artísticos y personales- se ha publicado bajo el título de Principiantes -Beginners-, término curiosamente sacado del mismo cuento que dio nombre a la versión que primero se dio a conocer al mundo.

Al margen de lo meramente estilístico, los cuentos de Carver siempre son sobrecogedores. Es en este libro donde se recogió por primera vez el famoso relato donde una madre, después dencargar la tarta de cumpleaños de su hijo, al volver a casa se encuentra con que este ha tenido un letal accidente. O ese otro donde un padre le cuenta a su hijo treintañero por qué tuvo una aventura con una mujer que no era su madre para así destrozar su matrimonio. O esas donde refleja como nadie el infierno de los alcohólicos. Todas las historias, breves, tensas, trágicas, terriblemente humanas, muestran el genio de un autor inmortal aunque le “cortasen” las palabras.

Tras comparar las dos ediciones, prefiero el original de Raymond Carver sin las mutilaciones de Gordon Lish que, a mi entender, se cargó varios de los cuentos originales. Hasta “redescubrir” Principiantes, el libro que menos me gustaba de este autor era precisamente De qué hablamos cuando hablamos de amor. El propio Carver intentó en numerosas ocasiones recuperar la integridad de su obra literaria. No obstante, son muchas las voces que defienden el mayor laconismo del libro “recreado” por el editor.

El debate, seguramente, sea superfluo. Carver es uno de los más grandes nombres de la Historia de la Literatura. Junto a Chejov, el mayor maestro del cuento corto. Un genio capaz de retratar almas humanas de una manera dolorosamente bella y asombrosamente breve. Lo que realmente importa de este nuevo libro es que nace una excusa para releerle, una nueva oportunidad para que llegue al gran público, como ya ocurrió con el filme de Altman. Después de todo, estamos hablando de una de las cimas de la creación humana. Sin exagerar lo más mínimo.

P.S.: Seguramente hoy habría que hablar de Amin Maalouf y su merecido Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Pero, aparte de lo ya dicho, poco más hay que decir sobre este galardón. Maalouf, sin ser de mis predilectos, es historia viva de la buena literatura. Simplemente, hay que leerle. Con premios o sin ellos.

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