Selectividad, pináculo de un sistema deficiente

Durante estos días se realiza en gran parte de España la prueba de Selectividad. Después de un paso de casi tres lustros por el sistema educativo, los estudiantes intentan demostrar su capacidad potencial como futuros universitarios. Si este examen sirve para eso es harto discutible. Que es síntoma de que el proceso de enseñanza es altamente deficiente, lo es bastante menos.

Cojamos, por ejemplo, el examen de Lengua y Literatura que los estudiantes de la Comunidad de Madrid realizaron el pasado lunes. En sólo una hora y media, en cuatro caras, tuvieron que, después de leer un texto de Antonio Machado, hacer lo siguiente: elegir un tema que englobase el conjunto del texto; estructurarlo y hacer un breve comentario lingüístico antes de decir de qué tipo de texto se trataba; realizar un resumen del mismo; analizar sintácticamente una oración compuesta; descifrar morfológicamente la formación de “destronar” y “hospitalizar”; hacer un comentario sobre las relaciones semánticas que unían a varios vocablos del texto base; argumentar brevemente sobre la importancia de la participación de los jóvenes en la vida pública; desarrollar un tema de Literatura a elegir entre la Generación del 27 y el Teatro español posterior a 1939; y hacer una recensión pseudocrítica sobre alguna de las lecturas realizadas durante el curso.

Evidentemente, con un examen tan estructurado y previsible -los centros son detalladamente informados sobre cómo va a ser el examen y cuáles los criterios de evaluación-, 2º de Bachillerato, en todos los colegios e institutos, se limita a ser una breve preparación de Selectividad, sin detenerse a pensar si el estudiante realmente sabe leer, escribir o, sencillamente, pensar. 2º de Bachillerato, se supone, es la culminación de todo un proceso, pero es poco más que un ejercicio propedéutico de cara a una calificación que permita elegir la carrera universitaria pretendida. Como el temario es tan amplio, tan absurdamente inabordable, tan técnico y lejano a la auténtica lengua empleada por los alumnos, es imposible que se haya profundizado en ninguna de las materias. Es como un menú largo y estrecho de cocina molecular a partir de ingredientes macrobióticos.

Lo mismo se puede decir del resto de las materias. En Filosofía, los profesores, antes que enseñar a comprender el pensamiento de los distintos filósofos, tienen que ayudar a los chavales a enfrentarse a un examen tan encorsetado que impide el desarrollo de la reflexión racional. La asignatura de Historia, en 2º de Bachillerato, incluye la evolución de España desde Atapuerca hasta nuestros días. ¡Después de que los estudiantes sólo hayan recibido algunos rudimentos de la asignatura en 2º y 4º de la ESO (antiguos 8º de EGB y 2º de BUP)! ¿Prueba esto que los examinandos de Selectividad sepan algo de Historia o Filosofía? Con el añadido de que, desde este curso, ya sólo tienen que hacer el examen de una de las dos materias, por tanto, de cara a la universidad, excluyentes entre sí.

Sirvan sólo estos ejemplos como muestra del disparate. La culminación del proceso educativo escolar, en lugar de ser una prueba dura, exigente y global, se ha convertido en un mero trámite donde se reparten notas que permitirán o no elegir entre esta o aquella carrera. Como tampoco hay un examen serio al final de Primaria o de la Secundaria Obligatoria, podemos concluir que se termina el colegio sin que realmente se haya hecho ninguna prueba que permita certificar las capacidades del alumno. Si a esto se añade el pésimo estado de la Universidad –lo de Bolonia es capítulo aparte–, pocas cosas positivas podemos extraer del invento.

Una democracia seria, para serlo, debe tener un demos instruido, capaz del máximo espíritu crítico y dispuesto a funcionar como una sociedad ciudadana comprometida. Nuestro sistema educativo apenas es un mero trámite para que los alumnos puedan pasar de curso sin tener muchos conocimientos. No hay exigencia, rigor académico ni disciplinario, por lo tanto tampoco existen méritos ni excelencia. ¿Se puede construir, a partir de algo tan endeble, un sólido sistema democrático?

España, como muchos de los países del entorno, necesita una profunda revisión de su sistema educativo. Menos pedagogía, menos palabros, más exigencia y más excelencia. Lo que actualmente tenemos es patético. Bajo todas las crisis de las que se hablan por ahí subyace el problema de la deficiente educación, de una enseñanza paupérrima. Si no se da un giro radical, poco podremos hablar de progreso nacional, democrático, cívico, social… humano.

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