Hopper en la posteridad

El pasado domingo disfruté de la versión remasterizada de Centauros del desierto. A pesar de haberla visto en incontables ocasiones, como buen clásico siempre me termina cautivando y sorprendiendo. En sus primeros quince minutos, cuando aparentemente no pasa nada, se sugieren mil historias ocultas a través de infinitos pequeños detalles que cautivan y abren innumerables posibilidades. ¿Existe todavía alguien que dude de que Ethan Edwards ha tenido algo con su cuñada? ¿Cuál de sus sobrinos es realmente hijo suyo? Después vienen otros 105 minutos de abrumadora intensidad.

A continuación -quizás ese fue mi error-, con motivo del fallecimiento de Dennis Hopper, intenté volver a ver Easy Rider. Resulta curioso observar cómo lo que fue impactante y revolucionario en 1969 se ha convertido en algo anodino, conformista, pasado respecto a una moda a la que sirvió en su momento. En cuanto a lo dramático y lo estético, resulta insoportablemente pesada y lenta. No conseguí pasar del minuto quince de su hora y media de metraje.

Easy Rider introdujo en el cine muchas de las cosas que ya habían introducido una década antes en la literatura escritores como Jack Kerouac o William S. Burroughs. Easy Rider fue una película del momento, defensora de unos valores que llamaron contraculturales y que tuvieron muchos mejores resultados artísticos en el mundo de la música. Fue tan hija de su época que, después de costar sólo 400.000 dólares, recaudó 19 millones en Estados Unidos y otros 40 en el resto del mundo. Un hit total en las taquillas. ¿Contracultural?

La película consiguió al año siguiente dos nominaciones a los Oscar: al mejor guión original y al mejor actor secundario -Jack Nicholson-. Quizás el filme había escandalizado a los estadounidenses más puritanos, pero lo cierto es que fue muy bien recibida por público y crítica. Hopper llegó a ganar un premio en el Festival de Cannes por su primer trabajo como director.

Cuarenta años después, Easy Rider ha perdido gran parte de su encanto, si es que alguna vez lo tuvo. En su momento sirvió para que el cine reflejase una mirada diferente, denunciase algunas cosas como la guerra de Vietnam, mostrase una estética condenada a extinguirse desde su propio nacimiento. Pero nunca fue una gran película porque apenas cuenta nada, apenas tiene sentido, carece por completo de tensión dramática. Fue, repito, hija de su tiempo, producto de una moda, por tanto algo pasajero. Como demostró, sólo dos años después, el completo fracaso de The last movie, la segunda película de Hopper como director.

Dennis Hopper falleció el pasado fin de semana. Y en todos los medios de comunicación se le recordó por Easy Rider. Él fue más actor que otra cosa, muy polémico con los directores -Henry Hathaway lo expulsó del rodaje de Los hijos de Katie Elder-, a menudo poco grato para el público. Sin llegar nunca a ser una gran estrella, fue un buen secundario que, por culpa de su aspecto y sus ínfulas interpretativas, destacó más haciendo de “malo” o de personaje atormentado. Solo hacia el final de su carrera consiguió algo de caché, lo que le permitió dirigir algunas películas más, nunca con demasiado éxito.

Así, la ausencia de Dennis Hopper en el mundo del cine no se notará en demasía. Como tampoco dejará demasiado poso la presencia de las películas en que participó o dirigió. Cuando el gran título de un cineasta es Easy Rider, un boom pasajero que pasó por contracultural cuando fue aceptado por los grandes aparatos culturales del momento, una película que se ha quedado vieja, completamente pasada de moda, tan solo puede decirse que tuvo sus merecidos quince minutos de gloria.

Otra cosa es ponerse a analizar si en toda su carrera existe una sola película que, convertida en clásica, se podrá ver una y otra vez sin cansancio alguno. Lo creativo, su vigencia, es algo bastante cruel. Pocos son los elegidos para perdurar. Aunque, bien pensado, siempre existirá un hueco para, cuando menos, recordar a esos dos tíos de excéntrico aspecto montados en sus Harley Davidson camino del carnaval de Nueva Orleans. Porque es indudable que esa famosísima escena sí que forma parte de la Historia del Cine, con Dennis Hopper a la cabeza.

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