El extraño destino español de William Boyd

William Boyd, en España, es menos conocido que sus compañeros de generación Martín Amis, Julian Barnes e Ian McEwan. A mi entender, no obstante, ha sido el más regular de todos. Cierto es que Amis, en sus comienzos, deslumbró con El libro de Raquel, Dinero y Campos de Londres. Que Barnes nos deleitó con Una historia del mundo en diez capítulos y medio y Hablando del asunto. Y que nadie iguala en el siglo XXI los monumentos literarios del último McEwan: Expiación, Sábado, Chesil beach y Solar –aún no traducida al español, pero tan sensacional como las otras tres–. Pero Boyd, a lo largo del tiempo, se ha mostrado como el mayor y más variado talento narrativo de los cuatro.  

William Boyd lleva tres décadas escribiendo libros de gran calidad, ya sea en su vertiente humorística (Un buen hombre en África; Barras y estrellas…), en la de autor de falsas memorias (Las nuevas confesiones y Las aventuras de un hombre cualquiera), en la de generador de obras maestras (Plaza Brazzaville y La tarde azul), como autor de cuentos (Fascinación, por ejemplo, es el mejor libro de relatos de los últimos veinte años) o en el último giro de su carrera, que le ha llevado hacia los lindes de la novela negra (Sin respiro y Tormentas ordinarias, de reciente publicación en España). 

Este escritor británico en España, hasta hace muy poco, ha sido maltratado por la editorial Alfaguara, que lo ha publicado mal, distribuido irregularmente y comercializado con desgana, hasta tal punto que sólo tres de sus libros, ninguno de los mejores, se puede encontrar en versión de bolsillo. Actualmente, encontrar ejemplares de Playa Brazzaville y La tarde azul, insisto que dos indispensables títulos en cualquier biblioteca que se precie, es prácticamente imposible. Desde el año pasado, la nueva editorial Duomo ha recogido el testigo y ha publicado Bambú, una autobiografía, y Tormentas ordinarias, la última novela de Boyd. Y, por lo poco que se ven estos dos títulos en los estantes de las librerías, da la impresión de que es poco vehículo para tan magnífico escritor. 

Tormentas ordinarias, siguiendo la estela iniciada por Sin respiro, cuenta en apariencia una historia policiaca. Adam Kindred, climatólogo norteamericano emigrado a Londres por turbios motivos, se ve involucrado en un asesinato. Por miedo a ser inculpado, se convierte en un “sintecho” mientras le persigue un peculiar asesino a sueldo y una joven agente de policía comienza a investigar el crimen. Todo es una excusa para mostrar dos aspectos poco conocidos de la capital inglesa: por un lado, el submundo de los marginados londinenses, desde lo más bajo hasta los comedores de la caridad pasando por los caminos ilegales que hay para adquirir nuevas personalidades; por otro, la ciudad que bulle en torno al Támesis

Como siempre en William Boyd, los personajes están impecablemente construidos, cada uno de ellos merecedor de su propia novela, tantos que son imposibles de incluir en un solo artículo. Aparte, la trama está magníficamente manejada y son muchos los momentos cómicos que se superponen a los misteriosos o mínimamente románticos. Y, por encima de todo, una magistral descripción de Londres, una ciudad viva, moderna, llena de contrastes, un personaje más, un retrato tan ambicioso y magnífico que recuerda a tiempos mejores cuando vivían y escribían Thackeray o Dickens. 

Por si fuera poco, William Boyd es un maestro de la lengua inglesa. Su prosa, camaleónica porque siempre se adapta como un guante según el libro del que se trate, está a la altura de los más grandes creadores de la Commowealth y Estados Unidos. Lástima que tampoco en Duomo haya encontrado un traductor a su altura. En su versión española, Boyd pierde gran parte de su riqueza porque el castellano simplón al que ha sido vertido impide que se descubra el auténtico genio del inglés. 

Uno espera que Duomo Ediciones comience a tener éxito para que, cuando menos, William Boyd alcance en España la popularidad que se merece. Porque, aparte de genial, es tremendamente accesible, un magistral contador de historias, siempre moderado, nunca excesivo, inevitablemente al servicio de la trama. La pena es que, con el “traslado”, dentro de poco, ya mismo, sus viejos títulos serán imposibles de encontrar en ninguna parte. Pero es lo que hay. De momento, a conformarnos con la mediocre traducción de Tormentas ordinarias que, aun así, continúa siendo una bonísima novela. 

dmago2003@yahoo.es