Océanos

Tal y como andan las cosas en tierra firme, quizás sea una gran idea aceptar la invitación de los directores Jacques Perrin y Jacques Cluzaud para sumergirnos en Océanos, un carísimo –y subvencionado, tanto por instituciones francesas y europeas como por la mayoría de las que funcionan en España para tal fin–documental rodado con cámaras de última tecnología propulsadas de las más ingeniosas y avanzadas maneras para captar la inmensa belleza del mar en todas sus vertientes. 

Océanos, a pesar de superar a todos los anteriores documentales sobre naturaleza, tiene dos serios defectos: 

En primer lugar, el guión es bastante flojo. Como es lógico, el filme sirve a una causa ecologista: hay que proteger al mar para evitar la extinción de gran parte de su riqueza. Pero en este sentido es un vehículo tosco, un tanto torpe, en cuanto un narrador intenta hilvanar la sucesión de imágenes con unos comentarios deslavazados, insustanciales, llenos de lugares comunes. Es un intento primario de poesía que se queda en ripio. 

En segundo lugar, no da ninguna información sobre las imágenes que vemos. Así, nos quedamos sin saber muchas cosas, como qué especies observamos, dónde estamos o qué hacen los animales en cada momento dado. 

A este respecto, es mucho mejor Planeta azul, aquella serie de la BBC que se estrenó como película en 2001 y que daba muchísima información sobre todo lo que aparecía en pantalla. Claro que éste era un documental más investigador que Océanos, entregado a la ética y a la estética. 

Porque la gran virtud del filme de Perrin y Cluzaud es ser una joya visual de primera magnitud. Algunas pocas imágenes nos muestran animales “nuevos”, como un pez con mentón y frentes prominentes o unos cangrejos con aspecto de Trilobites. Pero en general las imágenes muestran cosas más o menos conocidas con una perfección técnica única hasta la fecha, de una belleza indescriptible. Por ejemplo, los primeros planos de unas ballenas –ni idea de la especie concreta, que eso no lo dicen– saltando y zambulléndose son sobrecogedores por su detalle, por la paz, la proporción y la elegancia que transmiten. Gracias a los adelantos técnicos, estamos ahí, encima del animal, viendo el mar de una manera completamente nueva, impresionante, impactante, casi en vivo. 

Si a eso unimos una magnífica banda sonora, el espectáculo estético es impecable. Quizás la película se haga un tanto larga, pero en el fondo uno disfruta enormemente del magnífico diseño de la naturaleza en su versión marina porque hasta las olas parecen algo completamente diferente a las que conocíamos. 

Es gracias a esta insuperable belleza del documental por lo que su mensaje llega al espectador. Nunca por las palabras del narrador ni por las imágenes de humanos que se ven. Ver la expresión inteligente, a veces curiosa, en ocasiones temerosa, a menudo tierna, de varios pinnípedos invita a la empatía. Los impensables diseños de algunas especies, la implacable realidad del mar, la majestuosidad del agua en calma o en tempestad, tal y como se muestran en Océanos, son magníficos vehículos para la epifanía estética y la mejora ética hacia nuestro entorno. 

Tanta es su grandiosidad que el cine es su mejor modo de disfrutarla. No sé cómo quedará el invento por televisión. En cualquier caso, tal y como van las cosas en tierra firme, y viendo cómo miran los animales a cámara, al espectador, uno se pregunta si realmente hacemos bien cuando decimos que tienen un aspecto casi humano. Pobrecitos. 

dmago2003@yahoo.es

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