La pesadilla de Alicia, según Tim Burton

El siglo XIX, en literatura, es insuperable. Ya sea por románticos, realistas, simbolistas o naturalistas, por aquellos dramaturgos que inventaron el teatro contemporáneo, los primeros maestros del relato corto o los creadores de la ciencia ficción… por Chateaubriand, Lord Byron, Espronceda, Stendhal, Balzac, Dickens, George Eliot, Dostoievski, Tolstoi, Zola, Galdós, Pardo Bazán, Baudelaire, Rimbaud, Ibsen, Strindberg, Wilde, Chejov, Maupassant, Verne, Wells… entre otros muchos. Sin embargo, la narración decimonónica más presente en la cultura occidental es un cuento surrealista escrito por un oscuro matemático llamado Charles Dogson, más conocido como Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas, engendro que continuó en A través del espejo. Esta presencia quizás no explique nada, o quizás lo signifique todo.

En 1903 ya se rodó una versión cinematográfica del invento. En 1933 volvió a la gran pantalla con la presencia de, entre otros, Gary Cooper, Cary Grant y W.C. Fields y guión de Joseph L. Mankiewicz. Aunque la película sobre Alicia que mejor conocemos es la producida por Walt Disney en 1951, quizás la más lograda por retratar a la niña de modo cursi y repelente. Ahora, en 2010, el “maravilloso país”, a medio camino de la pesadilla y el viaje alucinógeno, nos llega por vía del siempre visionario Tim Burton.

Este director, cuando quiere contar historias, es uno de los más grandes de los últimos tiempos, como demuestran Eduardo Manostijeras, Ed Wood, Mars attack, Big fish o Pesadilla antes de Navidad que, aunque no fue dirigida por él, fue un proyecto personal. Pero, más a menudo, Burton se fascina por el envase, olvida el contenido y entrega unos filmes pelmazos que, no obstante, tienen algo en lo visual y mucho en la dirección artística, como ocurre con Batman, La novia cadáver, El planeta de los simios y, sobre todo, con la pésima adaptación del relato de Roald Dahl Charlie y la fábrica de chocolate.

El Tim Burton de Alicia en el país de las maravillas se presenta en su peor versión. Da la impresión de que el director, como todas las demás personas embarcadas en el proyecto, se han preocupado más del continente, del diseño, que del argumento. Por eso la película, más allá de los efectos especiales, es una sucesión inconexa de escenas insustanciales en lo dramático que, una vez superada la impresión sensorial, terminan adormeciendo al espectador. ¡Llevaba más de diez años sin dormirme en un cine!

Por otro lado, resulta sorprendente lo lejos que se sitúa la película respecto de la obra de Carroll. Hay una Alicia, un Sombrerero Loco, un Gato Cheshire… pero se mezclan en un batiburrillo que no se sabe muy bien si pretende ser continuación de la película animada de Disney –compañía que también produce esta entrega– o una completa invención de sus responsables. Sí, también están le Reina Roja y la Reina Blanca de A través del espejo pero, salvo el absurdo alucinógeno, no queda nada del escrito original. ¿Por qué ponerle el nombre de Alicia a algo que es aún peor que el libro del XIX? ¿Será por el gancho que, de alguna extraña manera, tiene este clásico? ¿Está ya preparada una atracción para los parques Disney del mundo?

Lo peor del filme, de todas maneras, es la grotesca e histriónica calidad de las interpretaciones. Destacan especialmente Johnny Depp como el Sombrerero Histérico –que, por el brillo de la estrella, llega  a convertirse en un remedo de G.I.Joe en Wonderland–, Helena Bonham Carter como la Reina Roja y una ridícula Anne Hathaway como la Reina Blanca, todos ellos actores capaces pero que aquí se dejan atrapar por la desmesura de un desangelado espectáculo.

Si a eso unimos que vi el filme en la versión cutre del 3D mercadotécnico y apresurado –nada que ver con el esplendoroso y carísimo de Avatar– que, por lo menos, consigue llenar las salas, tuve que enfrentarme al sopor combinado con planos desenfocados, imágenes más lisérgicas que Yellow Submarine y unos tonos oscurísimos que, según parece, crea esta nueva tecnología visual cuando se aplica sin los medios precisos.

Por todo ello, y aprovechando que el día del libro, propongo viajes alternativos al de Alicia por mundos más cercanos, coherentes e interesantes. Cualquiera de los autores citados más arriba puede servir pero, si lo que queremos es cine, también hay numerosas adaptaciones que bien valdrían una inversión pecuniaria, como la Anna Karenina de Greta Garbo, La importancia de llamarse Ernesto de Rupert Everett o el Oliver Twist de Roman Polanski. Cualquier cosa si sirve para olvidar para siempre a la dichosa Alicia y su mundo de pesadilla ininteligible.

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