Manuel Fernández Álvarez en la Historia

Hace quince meses, por una sucesión de inesperadas sorpresas del destino, Miguel García Baró, uno de los grandes filósofos contemporáneos, sin duda el mejor fenomenólogo español, a la sazón director del Departamento de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Pontificia Comillas, se vio en tan desesperada situación que me preguntó si me veía capaz de, como sustituto, dar una clase de Historia Moderna de España como asignatura de libre configuración a estudiantes de Derecho, Empresariales e Industriales. Acepté inmediatamente. Sin preguntar por los plazos. 

Entonces me enteré de que la clases comenzaban en tan solo una semana. Aunque esa parte de la Historia de España la conozco bien, me sentí al borde del pánico. Una cosa es conocer una materia y otra preparar sesiones de tres horas. Así, superado ese momento de ansiedad, me puse a trabajar. Poco a poco, se me fueron quitando las ganas: aquí me topaba con algunos manuales demasiado generales y difusos, poco o nada concretos; acá me daba de bruces con algún historiador tendencioso; allí sólo encontraba fárragos ilegibles de buenos historiadores sin pluma; allá amenas historietas llenas de contradicciones y carentes de fundamento. 

Pasé dos o tres días sin apenas avanzar. Comenzaba a estar en un aprieto. Entonces, casi por casualidad, comencé a leer un libro que acababa de comprar: La princesa de Éboli, de Manuel Fernández Álvarez. Biografía magistral, el libro plasmaba magníficamente el periodo histórico comprendido entre los últimos años del reinado de Carlos V y los dos primeros tercios del de Felipe II. ¿Cómo había estado tan ciego? Tenía, desde el principio, la respuesta delante de mí. A partir de las biografías que este historiador había escrito sobre Isabel la Católica, Juana la Loca y Felipe II, y, sobre todo, gracias a su obra maestra Carlos V, el césar y el hombre, preparé mis clases sobre el siglo XVI español. A partir de él todo resultó más sencillo. 

Manuel Fernández Álvarez falleció el pasado lunes. Con él uno de los últimos grandes humanistas del siglo XX español, catastrófico en lo histórico-político, riquísimo e interminable en lo humano. Académico de la Historia, minucioso investigador, infatigable y riguroso trabajador, prolífico polígrafo, Fernández Álvarez es una figura clave para que nuestra perspectiva sobre el Siglo de Oro en particular y España en toda su dimensión espacio-temporal sea mucho más certera y precisa. 

Su aportación a la Historia es indiscutible. Pero si a Fernández Álvarez se le puede distinguir por encima de otros es gracias a una cualidad que no se suele valorar en esta rama de las Humanidades: sabía escribir. Contaba las cosas, siempre perfectamente documentadas, con detalle, objetividad y precisión –histórica, gramatical y estilística–, y además de un modo ameno, atractivo, perfecto para que cualquier lector pueda acercarse a uno de sus libros y, además de aprender, disfrutar con una ciencia que no siempre se entiende como entretenida. Frente a muchos coetáneos suyos, plomizos, oscuros, fantasiosos o parciales, Fernández Álvarez contaba las cosas pensando en el receptor, fuese lego o iniciado. 

Con Fernández Álvarez la Historia pierde a uno de sus grandes hombres. A uno de sus mejores escritores. Deja una gran obra tras de sí, una serie de libros, muchos de ellos ejemplares biografías, que le harán perdurar por los siglos de los siglos. Desde este mi rincón, mis más sincero agradecimiento y sentido pésame a un sabio que me ha hecho disfrutar desde hace años y, hace uno solo, me permitió afrontar un duro reto con cierta tranquilidad y bastante solvencia. Sin hacer mucho ruido, ayudó a que el siglo XVI –entre otros temas– nos resultase más cercano y diáfano, y nos entregó una serie de libros que, aparte de regalar conocimiento, hicieron, hacen y harán gozar a sus entregados lectores.