Hijos del ancho mundo

Uno de las más benéficas consecuencias del efecto globalizador –que no es, digan lo que digan, esencialmente maléfico– es la gran apertura cultural que hemos experimentado. Ahora la Tierra es más pequeña y, por tanto, podemos salir de nuestra “isla” para navegar en mares lejanos, sobre todo en lo literario. Por ejemplo, en las últimas décadas hemos podido conocer al indio Vikram Seth y sus portentosas Un buen partido y Una música constante, a Qian Zhongshu y La fortaleza asediada o a J.M. Coetzee –antes de que ganase el Nobel– y sus enérgicos libros.

Abraham Verghese nació en Etiopía de padres indios, se educó como médico en India y Estados Unidos, como escritor en la Universidad de Iowa… es en definitiva un ejemplo perfecto de la amalgama de culturas y civilizaciones que nos conforman. Hijos del ancho mundo es su primera novela, una magnífica obra, casi perfecta, que muestra los muchos matices y riquezas que derivan de la mezcla de razas, tradiciones, creencias, aprendizajes… del maravilloso influjo del mestizaje.

Verghese cuenta la historia de dos hermanos gemelos que, como él, nacen en Adis Abeba. A partir de uno de ellos, Marion, narrador y protagonista, vamos conociendo la vida de un pequeño hospital de la capital etíope donde confluyen europeos, asiáticos y africanos. Es la época de Haile Selassie, de la independencia de África, del renacer del más viejo de los viejos mundos. Inmersos en una ciudad mísera, sometida a una dictadura, los hermanos crecen rodeados por un oasis construido por sus padres adoptivos, de origen indio, una criada eritrea, su hija y muchos otros personajes de muy distinto carácter y condición. Luego vendrán el exilio, la improbable supervivencia en una ciudad extraña y hostil… para que los dos hermanos terminen madurando y acercándose al sentido de la existencia.

El gran valor de Hijos del ancho mundo es que no cesa de contar una historia tras otra. Apenas contiene digresión o documental historiográfico algunos, es una preciosa sucesión de pequeñas, o grandes, anécdotas que conforman un bloque homogéneo, casi perfecto, de gran literatura, un libro que, a pesar de constar de más de 600 páginas, uno jamás quiere que termine para continuar, siempre, con su disfrute.

Ya sea en Adis Abeba, un hospital del Bronx neoyorquino, los sórdidos ambientes de Eritrea, Jartum o Adén, la novela rezuma vida porque cada uno de sus personajes se nos hace real, creíble, maravillosamente cercano: aparte del lleno de contradicciones Marion, su gemelo Shiva, incapaz para cualquier tipo de empatía pero enormemente heroico; Hema, ginecóloga, y Ghosh, internista reconvertido en cirujano, conforman una pareja improbable pero fiel en cuanto tienen que convertirse en padres de los gemelos; la tierna, muy religiosa y aún más humana hermana Mary Joseph; su adorado aunque hosco, asocial, cirujano Thomas Stone; Almaz, la vieja cocinera etíope; Rosina, una criada que lucha contra su arraigado sentido de lo tradicional para adaptarse a los nuevos tiempos; Genet, su hija, una niña que, pese a ser la compañera de juegos de los gemelos, no tiene un destino tan calmado como podría esperarse… Pero, son tantos los personajes memorables de esta novela que uno jamás podría terminar de nombrarlos a todos.

Y, aunque está llena de momentos duros, algunos insoportablemente duros, el conjunto de Hijos del ancho mundo es una novela llena de amor, tanto entre los personajes como hacia Etiopía, y de vida hacia todo lo que es terrenal, incluso lo espiritual. Porque, según Verghese vía Marion, a pesar del siglo XX la vida continúa, siempre hacia delante para, poco a poco, luchar para conseguir que las cosas progresen a pesar de las muchas injusticias y tragedias que van aflorando en la vida. Al final, según este libro, la familia, el amor, la amistad, la entrega compensan porque todo termina encajando.

Con uno de los mejores tempos que servidor recuerda –la primera escena es un parto que, entre flahsbacks y anécdotas, dura unas cien páginas de magnífica tensión dramática–, esta novela es una de esas rarezas que ocasionalmente llegan a las librerías y demuestran que la narrativa sigue siendo el género por excelencia, que goza de buena salud, que está rematadamente viva. Joya de deleite cuasiglorioso, Hijos del ancho mundo es una joya, una delicia en forma de sorpresa editorial que, espero, tendrá un enorme éxito durante el resto de la existencia humana.

Hijos del ancho mundo (Cutting the stone). Traducción: José Manuel Álvarez Flórez. 636 páginas. Editorial Salamandra, 2010.