De la clepsidra al despertador aristotélico

En la Antigüedad, la división de las horas la marcaban los relojes solares. Pero, ¿qué ocurría por la noche? Los egipcios inventaron las clepsidras, un mecanismo que servía para medir el tiempo mediante el flujo regulado de un líquido desde un recipiente hacia otro. Es decir, eran una especie de relojes de agua. Los primeros relojes de agua consistían en una vasija de cerámica que contenía agua hasta cierto nivel, con un orificio en la base de un tamaño adecuado para asegurar la salida del líquido a una velocidad determinada y, por lo tanto, en un tiempo prefijado. El recipiente disponía en su interior de varias marcas, de tal manera que el nivel de agua indicaba los diferentes periodos, tanto diurnos como nocturnos.

Estos relojes de agua también se usaron en Grecia y Roma, aunque los atenienses fueron quienes más los perfeccionaron. El primero que se preocupó del tema fue Platón. Es cierto que el prototipo egipcio funcionaba a la perfección, ¿pero cómo podría conseguir que sus alumnos se despertaran antes del alba para que estuvieran en el trabajo con los primeros rayos de luz? Pensando, pensando, el viejo filósofo ideó el primer despertador.

Todo parece indicar que combinó una clepsidra con un sifón, de forma que cuando el agua alcanzaba el límite del cuenco se precipitaba con fuerza en un recipiente cerrado del que se escapaba el aire por un silbato, produciendo un sonido muy agudo que servía así para despertar a sus alumnos en torno a las cuatro de la madrugada.

Más tarde, fue Aristóteles quien perfeccionó la técnica ayudándose de un truco que, siglos más tarde, compartiría también el genio Salvador Dalí. Decía Diógenes Laercio en su obra “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres V” que cuando Aristóteles se echaba a dormir, tomaba en la mano una bola de bronce, “poniendo debajo un cuenco, para que cuando le cayese la bola en el cuenco, se despertarse al ruido”.

Con esta idea, Aristóteles mejoró la clepsidra-despertador de Platón. Colocó sobre el flotador de una clepsidra unas bolas metálicas que iban poco a poco escalando por el recipiente según iba subiendo el nivel del agua. Así hasta que, una vez alcanzada la hora deseada, las bolas se precipitaban al vacío y caían sobre un cuenco de bronce, despertando así a quienes estaban cerca.

Un método rudimentario, pero indudablemente eficaz. Tanto es así, que como comentaba dos párrafos más arriba, el genial artista Salvador Dalí lo aplicó en sus siestas. Según el artista la siesta corta de media hora, era muy efectiva para inspirarse. Y no utilizaba despertador. La técnica utilizada, inspirada seguro en el modelo aristotélico, consistía en sostener un cubierto (cuchara, tenedor...), algunos también dicen que usaba unas llaves, sobre un plato. Al entrar en el estado de 'duermevela', la mano soltaba el cubierto y caía en el plato; el ruido despertaba al artista de su siesta breve, pero suficiente para sentirse renovado.

Entonces, ¿te decantas por la siesta reparadora de dos horas o por una al estilo aristotélico?


¡Ya nos puedes seguir en Facebook!

siguenos-en-facebook-ciencia

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *