El porqué del ‘efecto placebo’

“La manera en que nos sentimos depende en gran medida de cómo anticipamos que nos sentiremos”. Irving Kirsch, director asociado del Programa Placebo de la Universidad de Harvard, asegura que el poder de la mente ayuda mucho más que los medicamentos para poder superar una enfermedad o un dolor. Pero, ¿hasta qué punto? Es decir, ¿puede tener una pastilla de azúcar el mismo efecto terapéutico que un fármaco que ha costado años descubrir y miles de dólares producir?

Hace dos años, el divulgador científico Eduard Punset invitó a Kirsch a su programa de Redes para profundizar un poco más acerca de este tema. “Al principio, el Efecto Placebo me interesaba porque no creía en él, pero poco a poco te enamoras porque compruebas que detrás está la mente, las sugestiones y las convicciones, que poco a poco van triturando la realidad tal y como la vemos”, decía Punset nada más comenzar la entrevista.

El punto de partida para entender este complejo efecto es la conocida como Teoría de la expectativa de respuesta. Es decir, lo que realmente cuenta es nuestra manera de predecir lo que nos va a ocurrir. No hay duda de que la manera en que nos sentimos depende en gran medida en la forma en que intuimos que nos sentiremos en el futuro cercano.

Con esto se demuestra que para que un medicamento funcione no solo depende del principio activo, sino también de si el paciente cree que ese medicamento funcionará o no. No hay duda de que la morfina mitiga el dolor, pero está comprobado que si el paciente no sabe que le están administrando morfina el resultado se reduce a la mitad. En definitiva, pierde la mitad de su eficacia porque el cerebro no sabe que está recibiendo el fármaco. Por tanto, es lógico entender que un placebo funcionará siempre que un doctor lo administre haciendo creer al paciente que es un medicamento.

Durante mucho tiempo, nadie pensó que el efecto placebo fuera real, sino que se administraba mediante engaño para complacer sin más al paciente. Pero en los años 50 del pasado siglo varios experimentos demostraron que sí producía cambios reales e intentaron controlarlo. Fue entonces cuando el placebo comenzó a usarse para saber la eficacia real de los fármacos.

Papel importante del médico

Hace dos décadas, los científicos decidieron dar un paso más y analizar directamente el placebo para entender por qué funciona con tantas enfermedades y para anticipar cuándo y cómo va a funcionar y en quién.

La manera de actuar del doctor es fundamental a la hora de que un placebo funcione. Cuando un médico se muestra atento y comprensivo nos sentimos mucho mejor. Esa es la primera terapia. Y si se presenta confiado, nosotros también confiaremos en que algo cambiará y nuestro estado de salud mejorará. En ese momento, el placebo tendrá muchas opciones de funcionar.

En los años 50’, un investigador médico de la prestigiosa Universidad de Cornell recibió a pacientes con enfermedades gástricas y con síntomas de náuseas, vómitos… Tras brindarles un buen trato, el doctor les dio un jarabe para reducir esos síntomas. Sin embargo, ninguno de los pacientes sabía que en verdad el jarabe servía para todo lo contrario. Aun así, a los pocos minutos todos se sentían mejor porque su percepción subjetiva había cambiado y sus sensaciones eran de una supuesta mejoría. Lo sorprendente fue que al estudiar al paciente, el doctor comprobó que su situación gástrica había mejorado realmente, es decir, el placebo no solo había cambiado su percepción sobre la enfermedad, sino que realmente había provocado mejoras físicas en el paciente.

El papel de las endorfinas

Aunque se ha avanzado bastante después de aquel experimento de la Universidad de Cornell, todavía queda mucho camino por andar. Lo primero que se investigó es qué procesos ocurren en el cerebro cuando recibimos un placebo. Para ello, el doctor Kirsch llevó a cabo estudios de neuroimagen con resonancia magnética funcional para comprobar qué efectos tiene el placebo en el cerebro de un paciente. Gracias a estudios de este tipo se va conociendo poco a poco dónde se ubican las expectativas de futuro en el cerebro y cómo modifican la experiencia de lo que ocurrirá a continuación. Por ejemplo, si se aplica dolor a alguien y después se le administra un placebo, el cerebro libera endorfinas que calman ese dolor.

En conclusión, se podría decir que el cerebro produce sus propios fármacos. Entre ellos, están las endorfinas, que producen bienestar y alivian el dolor porque son opiáceos como la morfina o la heroína. Alguien con un dolor de muelas puede experimentar una mejora si se le administra un placebo, pues el resultado de alivio se deberá a la producción de endorfinas de su cerebro. Este hecho se ha demostrado gracias a la naloxona, que es un antagonista de los opiáceos, es decir, que anula sus efectos. Por tanto, si damos naloxona a una persona con dolor de muelas y posteriormente se le administra un placebo, no habrá resultado alguno porque las endorfinas generadas por el cerebro serán bloqueadas. La relación entre cuerpo y mente es muy compleja y todavía no se entiende del todo. Por tanto, se puede afirmar que el Efecto Placebo no es mágico, sino que es resultado de la química neuronal que poco a poco se está empezando a conocer.

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