El ‘efecto Google’ nos deja sin memoria

Hace unos días, decidí eliminar mi fecha de nacimiento de Facebook. Al día siguiente era mi cumpleaños y quería comprobar cuánta gente se acordaba y cuánta dependía exclusivamente de la alerta que ofrece la red social. Finalmente, el experimento fue un éxito porque hasta que no hubo una mente lúcida que a las 11:00 horas recordó mi cumpleaños y me felicitó públicamente en el muro, nadie se había percatado. ¿De verdad todo el mundo había olvidado la fecha? ¿Por qué en 2007 o 2008 la gente sí lo recordaba? Hemos dejado de tener agendas y de recordar cosas importantes de nuestra vida simplemente por el hecho de que Google o las redes sociales nos las recuerdan. Nos hacen el trabajo duro y, a la vez, nos atontan cada día un poquito más.

En definitiva, hemos perdido grandes dosis de memoria. Y no lo digo yo, lo dice el estudio “Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips”, o lo que es lo mismo: “Los efectos de Google en la memoria: consecuencias cognitivas de contar con información al alcance de la mano”. Betsy Sparrow, profesora adjunta de la Universidad de Columbia, es la autora del estudio y señala a Internet como una suerte de memoria colectiva de la que todos dependemos cada vez más.

Las conclusiones de este estudio se conocen como el “efecto Google”, o la tendencia a olvidar la información ya que debido a varios factores que encontramos en la vida diaria, estamos acostumbrados a buscar lo que deseamos en Internet. Nos resulta muy fácil encontrar todo a un clic de distancia, ya que Internet es accesible a cualquier hora y desde cualquier dispositivo móvil. Sin duda, algo mucho más sencillo que tener que ir a un libro o a una agenda y buscar la respuesta.

El estudio de Sparrow se basa en los experimentos llevados a cabo por el psicólogo Daniel Wegner en 1985. Su teoría sobre la “memoria transactiva” hace referencia a la capacidad de dividir la labor de recordar cierto tipo de información compartida. Es decir, si podemos dividir una información entre dos personas será más fácil de recordar. El problema es que Internet ha ocupado el lugar del otro y destinamos a él todo el peso mnemotécnico. En definitiva, el experimento de Wegner demostró que la gente puede recordar la información si no sabe dónde encontrarla, pero que si los sujetos sabían que la información podría estar disponible en otro momento o que podrían volver a buscarla con la misma facilidad, no recordaban tan bien la respuesta como cuando creían que la información no estaría disponible.

Esta alteración en el proceso de aprendizaje y en el desarrollo que se produce cuando una persona tiene toda la información que necesita a golpe de clic empieza a ser un problema. Si hace cuarenta años ya hubo que hacer un esfuerzo para explicar que saber multiplicar era útil aunque existieran las calculadoras, la memoria es la siguiente capacidad que se arriesga a caer en desuso. Porque, ¿para qué aprenderse los ríos, las cordilleras o las capitales del mundo si las tengo todas en Internet y en apenas unos segundos?

Porque ya no son solo fechas de cumpleaños. Hemos olvidado teléfonos, el día del mes en el que estamos y hasta las citas pendientes. En definitiva, hemos dejado de darle vidilla al cerebro, de hacerlo pensar y trabajar. Usamos Internet como un disco duro externo y dejamos de usar nuestra propia memoria. Parece que el racionalismo cartesiano ya no es suficiente. El “Cogito, ergo sum” ya no identifica al ser. Conforme están los tiempos, parece que algunos identifican su ser con el mero hecho de respirar. Respiro, luego existo. Todo lo demás parece superfluo, banal e innecesario. Ojalá Descartes levantar la cabeza y nos hiciera de nuevo pensar un poco.

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