¿Sabes por qué te sonrojas?

Si hace unas semanas intentábamos explicar el por qué de los bostezos, hoy nos proponemos acercaros un poco más el por qué de los sonrojos. ¿Cuántas veces has sentido que te hervía la cara mientras intentabas explicar algo en público, cuando te pillaban con alguna mentirijilla o simplemente por el hecho de que alguien deseado te dirigiera la palabra? El hecho de sonrojarse es una respuesta normal ante una situación imprevista que nos provoca un sentimiento de vergüenza. La diferencia con otras acciones de nuestro cuerpo es que esta es totalmente involuntaria y, en la mayoría de las ocasiones, muy poco deseada. 

El causante de que nos sonrojemos es el sistema nervioso simpático que, junto al sistema parasimpático, integra el sistema nervioso autónomo (SNA). Este sistema nervioso simpático es el encargado de dilatar las pupilas, aumentar la fuerza y la frecuencia de los latidos del corazón, dilata los bronquios y disminuye las contracciones estomacales, entre otras cosas. Desde el punto de vista psicológico nos prepara para la acción. Con este sistema se activan las denominadas ‘Situaciones E’ (escape, estrés, ejercicio y emergencia). También activa la hiperhidrosis o sudoración excesiva que se produce en situaciones de estrés y vergüenza aguda.

En definitiva, cuando nos avergonzamos, el cuerpo libera adrenalina que actúa como un estimulante natural y que genera una serie de respuestas. Se acelera la respiración y el ritmo del corazón aumenta, las pupilas se dilatan y la digestión se ralentiza. Y cuando soltamos adrenalina los vasos sanguíneos se dilatan para permitir el flujo sanguíneo y la entrega de oxígeno. Y el hecho de sonrojarse tiene que ver con este proceso concreto. Las venas en la cara reciben la señal de un transmisor químico que permite a la adrenalina cumplir con su tarea. Es por esto que las venas se dilatan y permiten que pase más sangre de lo común. Ahí está el rubor facial, expresión incontrolable, imposible de fingir y sin equivalente en otros animales. Algunas personas desarrollan tal fobia a ponerse rojas que les condiciona la vida; pero se puede operar.

Pero, ¿qué función tiene?

Una vez conocidas las causas físicas que produce el sonrojo, nos cabe preguntarnos, ¿pero qué necesidad tiene este sonrojo? Darwin lo clasificó como “la más humana de las expresiones”. Antropólogos, psicólogos y neurocientíficos intentan comprender su origen; y mientras tanto, las personas se sonrojan. Unas ni lo notan, otras pasan un mal rato y también hay quienes sufren de eritrofobia, auténtico pavor a ponerse colorado.

En el Reino Unido se desarrolló una teoría que dice que es parte del fortalecimiento de los códigos sociales que los humanos debemos tener para vivir. Es la manera que tiene nuestro cuerpo de mostrar a los demás que cometimos un error, que nos equivocamos y que somos conscientes de ellos, funcionando como una disculpa implícita. En definitiva, sonrojarse tiene una base social y no puramente física. “Lo único que se me ocurre es que cuando alguien se sonroja transmite a los demás que es consciente del efecto de sus acciones y que le importa ser cooperativo y honesto”, dice holandés Frans de Waals.

Esta es la teoría más aceptada en la comunidad científica, la ‘comunicativa’, en la que el rubor tendría la función de transmitir información y sería considerado como algo positivo por parte de los demás. “Tras una transgresión, percibimos como más empático y digno de confianza a alguien que se pone colorado”, explica Peter J. de Jong, profesor en psicología experimental de la Universidad de Groninga (Holanda) en su libro The psycological significance of the blush.

Sin embargo, otra teoría plantea que sonrojarse es lo opuesto a arrepentirse, es enojarse porque “te han pillado”. La teoría de la personalidad NPA (Narcisismo, Perfeccionismo y Agresividad) dice que estos tres aspectos son la base para todas las personalidades. Cuando cometemos un error en público o una situación nos supera, el aspecto narcisista de nuestra personalidad surge y hace que nos sonrojemos por haber fallado o por no haber sabido controlar la situación. Aun así, todavía no hay una respuesta definitiva para saber cuál de estas teorías es la correcta, pero no hay duda de que es algo común en todas las personas y una respuesta normal cada vez que cometemos un fallo o nos encontramos en un momento embarazoso.

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