El tintero, de Carlos Muñiz, una farsa kafkiana

Carlos Muñiz pertenece a la generación realista que sigue a Buero Vallejo y Alfonso Sastre. Pero su obra evoluciona hacía un neo expresionismo que bebe del mundo kafkiano y de las técnicas esperpénticas de Valle-Inclán. Buena muestra de ello es El tintero, sobre la vida de un oscuro funcionario público.

Probablemente, el mejor género para exponer el difícil universo de Franz Kafka hubiera sido el teatro. Éste brinda al espectador una inmediatez y un verismo que la novela, al no ser representada, no produce. En cambio, aquél constituye un excelente medio para mostrar personajes titerescos subyugados por una maquinaria absurda y brutal.

Así lo entendieron Alfred Jarry o, más tarde, Eugene Ionesco y Samuel Beckett con su llamado 'Teatro del absurdo'. Y también un dramaturgo español perteneciente a la generación realista, Carlos Muñiz (Madrid, 1927-1994) quién, tras iniciarse siguiendo las huellas de Buero Vallejo y Alfonso Sastre, adoptaría un tono expresionista y sarcástico que recuerda, en alguna medida, el esperpento de Valle-Inclán.

Foto de una oficina

La vida de un oscuro funcionario público inspira El tintero. En la foto, una oficina.

Muñiz fue funcionario público y esa situación le otorgó una posición ideal para conocer en primera persona la sumisión del ciudadano a la implacable maquinaria del Estado, un gigante sin rostro que organiza la vida de éste de forma brutal, inhumana y casi siempre absurda. En una palabra, el mundo de Kafka redivivo.

Aunque también aparece en otras obras, seguramente la manifestación más lograda de esta situación sea El tintero, estrenada en 1961 y de cuyo carácter universal nos da idea el hecho de que fuera llevada por el Teatro Experimental de Lisboa incluso al Teatro de las Naciones de París.

En ella, Muñiz nos presenta a Crock, un oscuro funcionario público sometido a la voluntad de sus jefes. Éstos le exigen que reprima su lado humano, como hacen ellos, pero, como no sigue sus órdenes, acabará siendo despedido, deshonrado –se ocupan de que nadie vuelva a admitirlo- y, así, condenado a la miseria.

Sin embargo, los personajes no son criaturas reales sino encarnaciones simbólicas de una idea. Si Crock representa lo humano, sus jefes personifican todo lo contrario: la brutal y absurda maquinaria estatal que despedaza en sus engranajes a quién no se somete a ella.

Pero la tragedia de Crock no se limita a su trabajo. Más tarde tendrá que vender su cuerpo a la Ciencia para poder comer y contemplará como la Justicia condena a su amigo por haber intentado matarlo cuando se ha negado a hacerlo. Es decir, lo absurdo de aquel monstruo estatal se extiende también a su vida cotidiana.

Por si todo esto fuera poco, Muñiz acentúa los rasgos de estos caracteres con tintes expresionistas, evidenciando así más claramente aún lo absurdo de esa situación en una línea que, como decíamos, recuerda en cierta medida a la técnica esperpéntica de Valle-Inclán.

Se trata, en suma de una obra importante en el panorama teatral español de las últimas décadas y una demoledora crítica a la situación del ser humano en el mundo moderno, que lo convierte en mero número productivo de una sociedad inhumana.

Podéis leer la obra aquí.

Fuente: Civila.

Foto: Oficina: Anónima en Rumor.