'Castilla', de Miguel de Unamuno

La poesía de finales del siglo XIX y principios del XX se halla presidida por la gran figura de Rubén Darío y el Modernismo. Si a esto añadimos las escasas dotes de Unamuno para la poesía, es lógico que su obra de este género pase prácticamente inadvertida. En este poema, 'Castilla', Unamuno nos da su visión de esas tierras, fundiendo el paisaje con lo intrínseco de las mismas.

La poesía en castellano de finales del siglo XIX y principios del XX está presidida por la figura indiscutible de Rubén Darío, patriarca del Modernismo. La revolución que supuso para la lírica este movimiento es apreciable todavía hoy, pues su contribución a la lengua poética cambió de raíz las anquilosadas corrientes decimonónicas, recuperando estrofas antiguas y proponiendo otras nuevas, enriqueciendo el léxico y proporcionando al verso una musicalidad pocas veces vista hasta entonces.

Monumento a Unamuno en Salamanca

Monumento a Unamuno en Salamanca

Probablemente esto ha hecho que menospreciemos la poesía de muchos de sus contemporáneos, algunos de los cuales –de haber nacido en otra época-, quizá, hubieran merecido mayor estudio.

Esto es lo que ha sucedido con la obra poética de Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936), en cuyo caso, además, se da la circunstancia de que el resto de su obra es de tal envergadura y calidad que ha oscurecido esta faceta. No obstante, debemos adelantar que –a nuestro juicio- don Miguel carecía para la poesía de las dotes que sí tenía para otros géneros literarios. Quizá el vasco podría haber dicho, como el gran Cervantes: 'Yo, que tanto me afano y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo'.

Unamuno fue Catedrático y Rector durante muchos años de la Universidad de Salamanca. Hombre profundamente contradictorio, militó en el socialismo para, posteriormente, adherirse a la Falange. Durante la Dictadura de Primo de Rivera su constante oposición a éste –que incluso llegó al ataque personal- le acarreó un destierro en Fuerteventura, desde donde protagonizó una rocambolesca huída a Bayona (Francia).

Toda la obra de Unamuno está presidida por dos ejes temáticos: su conflicto existencial y religioso, de una parte, y la preocupación por España, de otra; temas que, por otra parte, son comunes a casi todos los miembros de su generación. Y ambos se hallan presentes también en su poesía. Al primero, en el que no nos detendremos, pertenece, por ejemplo, 'El Cristo de Velázquez'; y al segundo, el poema del que vamos a hablar, 'Castilla', canto de exaltación de esa tierra.

Vista de Salamanca, ciudad a la que Unamuno ha quedado ligado para siempre

Vista de Salamanca, ciudad a la que Unamuno ha quedado ligado para siempre

Dentro de su común preocupación por España, los noventayochistas –y Unamuno no es la excepción- propusieron medidas regeneracionistas que sacasen al país de su atraso secular, de la apatía y del letargo, y vieron en las tierras castellanas –cuna histórica de la patria, según ellos- un modelo a seguir. Aparte del paisaje y su belleza, les atraía el carácter austero y laborioso de sus gentes, su espiritualidad y mentalidad emprendedora. Podríamos multiplicar los ejemplos, pero bastará con citar el largo y bello romance 'La tierra de Alvargonzález', de Antonio Machado.

Por otra parte, Unamuno fue un hombre de pensamiento contradictorio y ello se aprecia en su visión de España. Pasó de propugnar la europeización del país –'Hay que europeizar España'- a defenderlo como reserva espiritual y material de Europa –'Hay que españolizar Europa' y '¡Qué inventen ellos!'-. Ello ha provocado que casi todas las ideologías hayan encontrado alguna frase o escrito del vasco que les permitiera adscribirlo a sus tesis.

El filósofo danés Kierkegaard ejerció gran influencia sobre Unamuno

El filósofo danés Kierkegaard ejerció gran influencia sobre Unamuno

Pero lo que es invariable en él es su aprecio por las tierras y gentes castellanas –no olvidemos que vivió gran parte de su vida en Salamanca-. Como a Machado, la belleza de esa región le subyugaba. Esa tierra 'enjuta, despejada, madre de corazones y de brazos' encerraba, además, para él, las esencias patrias y no se cansaría de cantarle en sus versos.

No obstante, como hemos dicho antes, Unamuno –a nuestro entender- estaba escasamente dotado para la poesía, si entendemos ésta como belleza formal. Donde el vasco alcanza dimensión universal es en los contenidos, en la reflexión profunda sobre las cosas. Por ello, desde una perspectiva externa, su lengua poética resulta poco agraciada. En palabras de Luis Cernuda, su 'descubridor poético': 'Pronto asaltan al lector los defectos externos de su poesía. La dureza del oído, la tosquedad de la expresión. Unamuno era un hombre que no trataba de excusar sus defectos, ni de compensarlos con el esfuerzo por adquirir las cualidades de que carecía, sino que se engreía de sus faltas, llegando a hacer de ellas parte de su poética'. Aunque inmediatamente aclara: 'Debo advertir que al hablar de la rudeza de Unamuno como poeta, al indicar estos defectos fundamentales que tan pronto se advierten, no quiero decir que le quiten valor a sus versos, excepto en determinados momentos. Dichos defectos, compensados en lo posible con otras cualidades, no impiden que Unamuno sea probablemente el mayor poeta que España ha tenido en lo que va de siglo'.

Con toda nuestra humildad, debemos decir que Cernuda, con esta última afirmación se ha excedido. Decir que Unamuno es el mejor poeta es un verdadero disparate. Entre sus contemporáneos, podríamos citar, de carrerilla, un importante número de ellos que lo sobrepasan de largo. Por no hacer la lista muy larga, mencionaremos a Manuel y Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Villaespesa, Marquina, Emilio Carrere e incluso Valle-Inclán.

El paisaje castellano atrajo poderosamente a los noventayochistas

El paisaje castellano atrajo poderosamente a los noventayochistas

Con ello no pretendemos menospreciar la obra poética de don Miguel, la cual, en lo referente a profundidad existencial o interés patriótico, nos parece muy loable, pero en cuanto a calidades formales queda muy por debajo de casi todos sus coetáneos.

Por ello, si de verdad queremos disfrutar de la obra del vasco, lo mejor que podemos hacer es centrarnos en sus novelas –o 'nivolas', como él gustaba de llamarlas-. Entre ellas hay creaciones extraordinarias: 'Paz en la guerra', la primera de ellas, que narra la 'intrahistoria' o historia de los hechos cotidianos vividos en el Bilbao sitiado durante la Tercera Guerra Carlista; la maravillosa 'San Manuel Bueno, mártir', que nos muestra a un bondadoso sacerdote sin fe que oculta este rasgo para no desengañar a sus fieles; 'Abel Sánchez o Historia de una pasión', un lúcido y extraordinario análisis sobre la envidia entre dos amigos; o 'La tía Tula', sobre la maternidad, son algunos egregios ejemplos de ello.

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