Archipiélago, la fascinación griega de Friedrich Hölderlin

Nunca es fácil delimitar las fronteras entre dos movimientos ideológicos o literarios. Por ello, los autores de transición como el germano Friedrich Hölderlin resultan difícilmente clasificables. En el poema titulado Archipiélago, por ejemplo, combina su fascinación por lo helénico con formas muy personales.

Aunque no deja de ser una forma útil de estudiarlos, nunca es bueno encasillar a los poetas dentro de un movimiento. Hablar de clásicos o de románticos, por ejemplo, es una simplificación injusta pues todo lírico lleva en sí mismo un poco de cada tendencia.

Ello es aún más apreciable en los momentos fronterizos, cuando se produce la evolución de una a otra.

Foto de Nürtingen

Una vista de la ciudad de Nürtingen, donde Hölderlin pasó su infancia

Y, si de la literatura alemana hablamos, donde el Romanticismo surge prematuramente, la clasificación se hace todavía más difícil: Johann Wolfgang Goethe era clásico por formación pero también es el creador de Werther, prototipo del sentir romántico, y qué decir de Christoph Schiller.

Algo similar ocurre con Friedrich Hölderlin (Wurtemberg, 1770-1843), el tercero en discordia en las letras germanas tras las dos grandes figuras citadas aunque un poco inferior en calidad a ellas.

Fascinado por el mundo helénico pero también influido por el incipiente Romanticismo, Hölderlin desarrolló una lírica propia en la que no está ausente el sentimiento pero que, desde un punto de vista formal y temático, se inscribe plenamente en el Clasicismo.

Y, para complicar aún más las cosas, la admiración por su poesía no se inicia en su época sino bastante posteriormente –a fines del siglo XIX-, cuando ni Clasicismo ni Romanticismo como movimientos estaban ya vigentes.

Por todo ello, el mejor término que puede usarse para calificar su obra es el de modernidad, sin mayores precisiones, en alusión a su particular forma de concebir la lírica.

En cualquier caso, la visión mitificadora de Hölderlin que ha llegado a nosotros es la del poeta encerrado mentalmente en su locura y físicamente en una torre de Tubinga a cargo de un mentor que se hizo responsable de él tras incapacitarlo un tribunal.

Aunque humanamente sea muy duro, cara a la posteridad, no puede haber mejor leyenda para un poeta que la de vivir encastillado en su torre creadora y poseído por un arrebato irracional.

Todos los rasgos apuntados se hallan en su poema Archipiélago, dedicado, cómo no, a las islas griegas. La subjetividad y la exaltación que le producía su admiración por todo lo helénico quedan atemperadas por unas formas clásicas y un léxico que recurre, frecuentemente, a las citas mitológicas.

Aunque utiliza reiterados hipérbatos que descolocan el orden natural de la frase, ello y las frecuentes interjecciones vocativas no afectan a la comprensión del poema, que se lee con facilidad.

Otra cosa son las mencionadas alusiones mitológicas que precisan un cierto conocimiento para ser comprendidas. Pero, en cualquier caso, se trata de un bello poema.

Podéis leer el poema aquí.

Fuente: Kirjasto.

Foto: Nürtingen: Doktor_skepsis en Flickr.