La novela policiaca en la Inglaterra victoriana

La novela policiaca, de la que se considera creador a Edgar Allan Poe, fue importada desde la colonia americana a Inglaterra con un extraordinario éxito. Tras unos escarceos iniciales, surge la figura mundialmente conocida de Sherlock Holmes, quién, junto a su colega y contrafigura Watson, darían lugar a un sin fin de parejas posteriores de detectives. Y es que su creador, Arthur Conan Doyle, supo elevar el género a niveles deductivos casi científicos y a calidades literarias muy aceptables.

El periodo de la historia de Inglaterra conocido como época victoriana en homenaje a quién rigió los destinos del país en ese periodo, la Reina Victoria (1.837 – 1.901), fue una etapa próspera en lo económico y también en lo artístico

La literatura inglesa cuenta con primeras figuras, como el gran Dickens, narrador de la Revolución industrial y sus consecuencias; las hermanas Brontë, con sus reminiscencias románticas ; Thackeray, fustigador de la hipocresía social en su novela “La feria de las vanidades”; los poetas Tennyson y Browning - este último considerado poco menos que un oráculo poético – religioso ; o R. L. Stevenson, narrador de aventuras y de misterios.

Pero, si algo curioso ocurre en la literatura inglesa de este periodo, ello es la aparición y desarrollo – con un clamoroso éxito – de la novela policiaca. Este género, fundado por Edgar Allan Poe en la ex colonia americana, fue acogido por la sociedad británica con auténtico entusiasmo y alcanzó un auge extraordinario, hasta el punto de que, desde entonces, es casi una tradición en la literatura de las islas la presencia de un autor de primera fila dentro de la modalidad. Sirva como ejemplo, por citar uno muy popular, la narrativa de Agatha Christie, ya en el siglo XX.

Quizá el primer novelista que cultiva el género en Inglaterra sea William Collins, aunque sus obras no sean estrictamente policiacas, sino que, más que de un crimen a resolver, se trate de aclarar un misterio. Así ocurre, por ejemplo, en “La piedra lunar”, novela de indudables cualidades estéticas, en la que Rachel Verinder contempla, incrédula, como su prometido le roba una magnífica piedra preciosa ; descifrar el motivo de este proceder y recuperar la joya constituyen el argumento. Por un pasaje preliminar, nos enteramos de que un tío de la protagonista se apropió de la piedra en un templo indio. Mientras cada personaje cuenta lo que sabe, se producen una serie de incidentes que complican la acción : uno de los sirvientes tiene un sospechoso comportamiento, se presentan tres indios dispuestos a recuperar el objeto sagrado, Rachel se muestra como una personalidad extraña…. Por fin, la aparición del sargento Cuff, con sus dotes investigadoras, resolverá el caso con inteligencia y lógica. Pero tanta importancia para su esclarecimiento como el policía tiene el informe que presenta el doctor Ezra Jennings.



Y es que, en la época, la ciencia médica tenía una enorme valoración. Por ello, un investigador que, además de poseer un excepcional sentido deductivo, fuese capaz de aplicar recursos científicos tenía garantizado su éxito editorial : ese es el caso de Sherlock Holmes.

Pero entre Collins y la aparición del genial detective londinense, es de justicia hacer mención de un novelista francés cuya influencia en el creador de aquél, Conan Doyle, es indudable. Se trata de Emile Gaboriau, autor de relatos policiacos, que fue el primero que introdujo en sus narraciones la idea de sacar moldes de yeso de las pisadas y el truco del reloj que marca una hora falsa.

Retornando a Inglaterra, debe señalarse que la novela policiaca anglosajona se basa en la dualidad entre misterio e inteligencia, entre dramatismo y racionalidad, así como en que lector y detective deben saber lo mismo, tener las mismas posibilidades de resolver el caso. El esquema argumental es siempre el mismo, lo que cambia es la naturaleza de las dificultades, es decir, las pistas, los personajes, las circunstancias, etc. Y quién aportará todos estos rasgos al género en las islas será Arthur Conan Doyle.

Conan Doyle, nacido en Edimburgo en 1.859, médico de profesión, había intentado dedicarse a la literatura escribiendo novelas de distintas tendencias, pero en ninguna le había acompañado el éxito, hasta que apareció Sherlock Holmes. Aficionado a la parapsicología, muy en boga en aquellos tiempos, practicó el espiritismo, elemento que trasladaría a algunas de sus obras, como “El gran experimento del Doctor Keintplantz”.


Desde la publicación de la primera novela sobre Holmes, el éxito fue extraordinario y ya nunca le abandonaría. Ésta fue “Estudio en escarlata” (1.887) y la seguirían “El signo de los cuatro” y “Las aventuras de Sherlock Holmes”.

“Estudio en escarlata” pretende ser, en su primera parte, la reimpresión de las memorias del Dr. John H. Watson, y narra el encuentro de Holmes con su futuro ayudante, quién busca vivienda – acaba de regresar de Afganistán  - y, por mediación de un amigo, recala en la del investigador. El doctor queda deslumbrado ante la capacidad de deducción del protagonista y le ayuda a resolver el caso de un cadáver aparecido en una casa abandonada en cuya pared han escrito la palabra RACHE. En la segunda parte, el misterio se centra en otro asesinato, pero, a la vez, se resuelve el primero, con lo que la novela cobra unidad.

Aunque esta obra tardó un año en ser publicada, el éxito que mencionábamos anteriormente fue tal que Doyle se vio obligado a seguir con las aventuras de su personaje hasta el agotamiento. Tal fue éste que, en 1.891, decidió matarlo, pero las quejas de su público lo obligaron a “resucitarle”.

El mérito de Doyle fue hacer que el género policiaco avanzase en calidad, ya que en sus novelas el crimen y sus causas no interesan tanto como la inteligencia y la capacidad ordenadora del investigador.

Parece que el inspirador de Holmes fue un profesor de la Universidad de Edimburgo, maestro del autor, cuyas dotes deductivas fueron famosas.
Pero si un gran acierto cabe atribuir a Doyle es el de poner al lado del protagonista al ingenuo Watson, quién, con su inocencia, es contrafigura del detective y resalta su pericia e inteligencia, a la vez que resulta su  perfecto complemento.

En resumen, el escritor escocés tiene en su haber el mérito de sintetizar en su novelística todos los hallazgos que los cultivadores de la novela policiaca habían logrado hasta entonces : la mezcla de capacidad deductiva y recursos científicos (análisis químicos, extraer moldes de yeso de las pisadas…); el dominio del arte del disfraz, que procede de Vidoc, un novelista francés anterior; y, sobre todo, la aparición de Watson, que sería imitada por un sinfín de narradores posteriores, marcando la pauta hasta nuestros días de muchísimas parejas de sabuesos : Poirot y Hastings, Thorndyk y Jervis, Wimrey y Bunter, etc, esto es, toda una estirpe de investigadores que han otorgado un perfil inconfundible a la literatura policiaca.

La pareja formada por Holmes y Watson han sobrepasado, con todo, a su creador y forman parte de ese reducido club de personajes que conforman con pleno derecho los arquetipos de la Literatura universal.