"Abel Sánchez, una historia de pasión", de Miguel de Unamuno

"Abel Sánchez, una historia de pasión" es un excepcional retrato literario de la envidia, como mal individual y como enfermedad colectiva del ser español. Unamuno ha aprovechado su obra para fotografiarla perfectamente y, a la vez, para mostrarnos un grave problema para la convivencia entre nosotros : la envidia es algo que ha venido dañando la convivencia de los españoles desde tiempo inmemorial, como algo incrustado en la idiosincrasia del pueblo de lo que debe desprenderse para vivir en paz.

“Al morir Joaquín Monegro, encontróse entre sus papeles una especie de memoria de la sombría pasión que le hubo devorado en vida”. Así inicia Unamuno (Bilbao, 1.864 – Salamanca, 1.936) su “Abel Sánchez”. La pasión a que se refiere el autor no es otra que la envidia. Y es que, en efecto, esta novelita es un análisis de ella no sólo en sentido personal, sino también nacional.

Dos lineas de pensamiento conforman el conjunto de la obra unamuniana : el sentido de la vida y el tema de España. Toda su producción es una constante reflexión sobre ambas.

Y, así, el escritor vasco, que buceó como pocos en los recovecos del alma humana, a la vez que reflexionaba sobre la situación de su patria, llegó a la conclusión de que el mal de España residía en gran medida en la envidia. Ya lo dice en el mismo prólogo de la obra : “¡Qué trágica mi experiencia de la vida española!.......Esta terrible envidia, “phthonos” de los griegos, pueblo democrático y más bien demagógico como el español, ha sido el fermento de la vida social española. Lo supo acaso mejor que nadie Quevedo ; lo supo fray Luis de León. Acaso la soberbia de Felipe II no fue más que envidia……Toda esa apestosa enemiga de los neutros, de los hombres de sus casas, contra los políticos, ¿Qué es sino envidia? ¿De dónde nació la vieja Inquisición, hoy rediviva?”.


Por ello, Unamuno se propuso escribir una historia en la que la envidia fuera protagonista. Pero no sólo, como hemos dicho, en cuanto odio de una persona hacia otra por anhelar lo que ésta tiene, sino como pasión de una nación, y quizá más, como pasión universal e intemporal. No es casualidad que uno de los protagonistas se llame Abel, ni que Joaquín quede impresionado al ver la representación del “Caín” de Lord Byron, ni, en fin, que la obra se sitúe en un marco espaciotemporal indefinido. Sino que todo ello son muestras de que lo que realmente nos propone el autor es un ensayo sobre la envidia como pasión que ha acompañado al ser humano desde los orígenes.

La novela, escrita en 1.917, cuenta la relación entre dos amigos de la infancia, Abel Sánchez y Joaquín Monegro, desde la perspectiva del segundo. Joaquín, al que no le va mal en la vida, ha sentido desde siempre una incontenible envidia hacia su amigo, la cual se agudiza con su éxito como pintor y aún más cuando éste se casa con la mujer de la que ambos estaban enamorados, Helena. A pesar de los intentos de Joaquín por olvidarse de la pasión que lo devora y llevar una vida normal -  su matrimonio con Antonia, una mujer buena, su descendencia, su carrera como médico…- , no logrará desprenderse de su destructiva envidia jamás y llevará su odio hasta las últimas consecuencias, haciendo objeto de su venganza a Abelín, hijo de Abel y Helena, casándolo con su propia hija.

A pesar de su odio, Joaquín no nos parece una persona cargada de maldad, sino más bien nos mueve a compasión, como víctima de un mal intrínseco al carácter español. El mismo Unamuno parece querer decírnoslo así : “ Al final de su vida atormentada, cuando se iba a morir, decía mi pobre Joaquín Monegro : “¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser : “Odia a tu prójimo como a ti mismo”. Porque he vivido odiándome ; porque aquí todos vivimos odiándonos….”. Él habría querido llevar otra vida, pero su enfermedad se lo ha impedido. En suma, resulta humano.

En cambio, Abel, sin ser ni bueno ni malo, aunque no resulta un personaje antipático, nos deja indiferentes. Es un hombre al que todo le ha venido rodado, sin tener que luchar por ello. Y, desde luego, como carácter literario, es mucho más pobre que Joaquín – probablemente Unamuno lo haya querido así - .Éste es un personaje que, por la fuerza de su pasión, aunque sea negativa, nos resulta atractivo y rico ; sin embargo, Abel nos deja fríos.

Por otra parte, Unamuno conduce la novela, con una maestría excepcional, en linea ascendente hacia el climax, que se produce con la muerte de Abel. Éste, enfermo del corazón, mantiene una discusión con Joaquín a causa del nieto de ambos (recordemos que sus hijos se han casado y tenido un niño), ya que al segundo le parece que el muchacho quiere más a Abel ; la disputa va subiendo de tono hasta que Joaquín, cuya envidia ha llegado al límite, agarra a su contrincante por el cuello ; éste, asustado, sufre un ataque al corazón y muere.

En ese momento Joaquín parece quedar liberado, parece haberse desprendido por fin de la pasión que le ha amargado la existencia. Al entrar su nieto en la sala donde yace Abel, Joaquín le dice : "¡Muerto, sí! Y le he matado yo, yo ; ha matado a Abel Caín, tu abuelo Caín. Mátame ahora si quieres. Me quería robarte ; quería quitarme tu cariño. Y me lo ha quitado. Pero él tuvo la culpa, él”. Y, cuando el niño huye despavorido, continúa hablando sólo : “ Le he matado, sí….; pero él me estaba matando ; hace más de cuarenta años que me estaba matando. Me envenenó los caminos de la vida con su alegría y con sus triunfos. Quería robarme el nieto….”.

La obra, cuya estructura externa se halla constituida por un prólogo y 38 capítulos de breve extensión, está escrita en un lenguaje directo, carente de adornos formales, y con diálogos frecuentes y, a veces, cargados de vehemencia. En suma, el estilo de Unamuno.

No cabe la menor duda de que, si el escritor vasco quería presentarnos un estudio de la envidia desde una perspectiva de psicología práctica, lo ha logrado plenamente. Pocas obras reflejan como ésta la pasión destructiva para uno mismo y para los suyos que supone esta afección del espíritu. Y lo que puede suceder cuando la misma se hace dueña de la conducta de un pueblo. Porque, para nuestro autor, hay dos tipos de envidia: “Al fin, la envidia que yo traté de mostrar en el alma de mi Joaquín Monegro es una envidia trágica, una envidia que se defiende, una envidia que podría llamarse angélica ; pero ¿Y esa otra envidia hipócrita, solapada, abyecta, que está devorando a lo más indefenso del alma de nuestro pueblo? ¿Esa envidia colectiva?”. Ahí queda la pregunta.