Rubén Darío y los orígenes del Modernismo

El Modernismo supuso para la poesía española una enorme renovación. Ésta se hallaba anclada en las corrientes de siglo XIX y Rubén Darío y su movimiento vinieron a sacarla de aquel anquilosamiento, haciéndola rejuvenecer y dotándola de un caudal léxico y de recursos poéticos excepcional. Puede decirse que nuestra poesía salió del Modernismo completamente transformada y enriquecida. Y no sólo ésta, sino toda la literatura española contemporánea - también la prosa y el teatro - recibió la influencia del movimiento hispanoamericano. De ahí su gran importancia.

Los años finales del siglo XIX contemplan una renovación absoluta de las tendencias poéticas vigentes. Tanto en Europa como en América, surgen una serie de corrientes marcadas por el anticonformismo y la más absoluta oposición a las ideas literarias en boga (el Realismo y el Naturalismo). Es en este escenario y respaldado por la gran figura poética de Rubén Darío ( Nicaragua, 1.867 – 1.916 ) donde aparece el Modernismo, fenómeno literario de hondas raíces hispanoamericanas.

El Modernismo surge como manifestación literaria de la honda crisis que la sociedad vive en ese periodo finisecular. En esa época de grandes mutaciones económicas y sociales, el hombre se encuentra, en palabras del crítico contemporáneo E. L. Chavarri, “ansioso de liberación ante un industrialismo que lesionaba al hombre y que producía en los espíritus una especie de lepra”. En ese contexto de “crisis universal” y como reacción contra el “espíritu utilitario y prosaico de la época” es en el que aparece el Modernismo, como movimiento esteticista y escapista, de evasión de los problemas sociales. Es, en suma una nueva manifestación de la rebeldía romántica ante un mundo en el que el hombre no encuentra su lugar.

Así, la corriente crítica más generalizada define el movimiento como una ruptura con la estética vigente, que se inicia hacia 1.880 y alcanza en su parte fundamental hasta la Primera Guerra Mundial, aunque, en algunos aspectos, su eco se percibe en momentos posteriores, dentro de otras corrientes literarias. La orden de arrebato contra la corriente rubeniana la da el poeta hispanoamericano E. González Martínez, al lanzar su consigna “tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, en alusión a las galas modernistas. La citada ruptura se relaciona, como ya hemos señalado, con la crisis espiritual del mundo a fines del siglo XIX. Valgan como muestra las palabras de Darío, harto significativas : “Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”.



Esta crisis espiritual que desemboca en el Modernismo se manifiesta, sobre todo, de dos formas : de una parte, están los que muestran una fuerte rebeldía política, como el poeta cubano José Martí ; y, de otra, mucho más frecuente, los que manifiestan su rechazo de la sociedad a través del aislamiento aristocrático y el refinamiento estético, acompañados muchas veces por actitudes marginales, como la bohemia, el dandysmo e incluso las conductas amorales ; ésta última será la linea del poeta nicaragüense y sus seguidores, lo que ha llevado a críticos como Gullón a calificar al movimiento como “una rebeldía de soñadores”.

Como decíamos, las señales de renovación en la lírica en lengua castellana van siendo cada vez más visibles a partir de 1.880, sobre todo en la América latina, donde puede hablarse de constitución del movimiento literario como tal. En esos países existe una voluntad de alejamiento de la poesía vigente en España – con excepción de su gusto por Bécquer – para acercarse más a otras literaturas, especialmente a la francesa.

En efecto, su admiración por los grandes románticos franceses es indudable – Víctor Hugo es uno de los ídolos de Darío -, pero los modelos fundamentales en que se mirarán proceden de dos corrientes de la segunda mitad del siglo: el Parnasianismo y el Simbolismo.

El primero de ellos debe su nombre a la revista donde publicaban sus creaciones : “Le Párnasse contemporain” y su guía es Théopile Gautier, quién instaura el culto a la perfección formal, la serenidad y el equilibrio y las formas puras. Su máxima figura fue Leconte de Lisle.

El Simbolismo es una corriente poética idealista, que inicia Baudelaire y desarrollan Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Se propone sugerir todo cuanto está oculto, de ahí que sus versos se llenen de misterio, de sueños y de símbolos. Formalmente, propugnan un lenguaje fluido y musical.

El Modernismo hispánico es (aunque no sólo) una síntesis del Parnasianismo y del Simbolismo. De los primeros, toma el anhelo de perfección formal, los temas exóticos y los valores sensoriales. De los segundos, el arte de sugerir y la búsqueda de musicalidad.

Pero a éstas hay que añadir otras influencias. De Estados Unidos se admira a Poe y Walt Whitman ; De Inglaterra a Wilde y los “Prerrafaelitas”; de Italia al decadentista Gabriele D’Annunzio.
Y, por fin, hay que señalar la influencia que ejercen sobre ellos los poetas castellanos antiguos – Berceo, el Arcipreste de Hita, Manrique, y los “Cancioneros”- y, sobre todo, Bécquer, en el que el Modernismo verá un antecesor de su veta intimista y sentimental. Incluso el mismo Darío escribió en su juventud unas rimas al modo de Bécquer, y el tono becqueriano está presente en poetas como Martí, Silva o Leopoldo Lugones.

Todas estas influencias se hallan perfectamente fundidas en la nueva estética. Como ha señalado Schulman, “el Modernismo es un arte sincrético, en el que se entrelazan tres corrientes : una extranjerizante, otra americana y la tercera hispana”.


“El dueño fui de un jardín de ensueño
Lleno de rosas y de cisnes vagos ;
El dueño de las tórtolas, el dueño
De góndolas y liras en los lagos”.

La crítica distingue, por otra parte, dos etapas en el Modernismo hispanoamericano. La primera iría hasta 1.896, año en que Rubén Darío publica “Prosas profanas”, y se caracteriza por el culto a la belleza externa. La segunda llegaría hasta el final del movimiento y presenta una intensificación del intimismo, menor exuberancia formal y mayor presencia de los temas hispanoamericanos; a ella pertenece “Cantos de vida y esperanza”. El mismo Darío reconocía su evolución cuando escribía en éste último libro:

En España, el Modernismo se inicia con la estancia de Darío en 1.892 y se reafirma con su retorno en 1.899. A su genio se debe el triunfo del movimiento en España. Como señaló Pedro Salinas, “era más que admirado, tocaba en ídolo”. No obstante, el Modernismo español presenta algunos rasgos particulares : menor brillantez externa y sonoridad y, sobre todo, mayor influencia del Simbolismo que del Parnasianismo, junto a la vigencia de Bécquer. Ilustres representantes del movimiento en nuestro país fueron, en sus primeras creaciones, Valle-Inclán, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Pero quienes más influidos se vieron por el mismo fueron Manuel Machado, Villaespesa y Eduardo Marquina.

El Modernismo supuso para la literatura en lengua castellana un enriquecimiento enorme de la palabra poética, hasta el punto de que el crítico N. Davison señala que “es imposible comprender la literatura hispánica moderna sin tener en cuenta los descubrimientos de los modernistas”.