Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn

Nos encontramos ante dos novelas - en realidad una - que pertenecen a la narrativa norteamericana del siglo XIX y, concretamente a uno de sus grandes, Mark Twain.
Son dos obras ligeras, sencillas de leer, en las que prima la exaltación de la amistad y, sobre todo, el autobiografismo, ya que lo que el autor nos está contando es su infancia a orillas del río Mississipi, un mundo idílico en el que la naturaleza poderosa del río domina la vida. Con un estilo repleto de ternura y humor, Twain va desgranando sus recuerdos.

Samuel Langhorne Clemens, que así se llamaba Twain, fue un aventurero de vida singular. Piloto en el río Mississipi, soldado del Ejército Confederado, buscador de mineral de plata en el Oeste, viajero por medio mundo, ya en su madurez, nos brindó dos novelas merecedoras de pasar a la Historia de la Literatura Universal, o, por mejor decir, una novela en dos partes : Las aventuras de Tom Sawyer (1.876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1.884), puesto que la historia narrada en la segunda viene a ser continuación de la primera.

Las dos obras cuentan la vida de dos muchachos, Tom y Huckleberry (llamado “Huck”), amigos inseparables, pese a pertenecer a dos mundos opuestos. El argumento es muy sencillo : en la primera, asistimos a las “fechorías” o travesuras de estos chicos, ambientadas en la ribera del Mississipi, en los años que preceden a la Guerra civil norteamericana ; en la segunda, los amigos se separan para contarnos las vicisitudes que “Huck” atraviesa en su huida a Ohio, acompañando al negro Jim, un esclavo fugado.

Pero el argumento es lo de menos. Lo que realmente importa es que ambos muchachos – pero, sobre todo, “Huck”- son trasunto del autor, quién parece estar narrándonos  su infancia en el pueblecito de Hanníbal, a orillas del Gran río, donde todo es idílico, un mundo sin contaminar, en el que infancia, selva, río y sentimientos se funden en una arcadia feliz.

Ambos personajes son totalmente contrapuestos y, por ello, se complementan, como formando las dos facetas del niño Twain : la formal del muchacho de buena familia, educado, que va a la escuela y lleva una vida ordenada (Tom) y la del niño que vive libre, sin orden, en permanente contacto con la naturaleza, en un estado de anarquía total y que, cuando es sometido a normas por la viuda que lo adopta, huye despavorido, pese a los consejos de su amigo. Probablemente los dos fueran el joven Twain.


Prueba de ello es que todas las connotaciones que encontramos en su personalidad – inocencia, ingenio, espontaneidad, resolución, lealtad, etc – van apareciendo alternativamente en uno y otro. Y lo que los une totalmente es la dicha de la infancia, la voluntad de testimoniar una infancia feliz.

Centrándonos un poco más en su carácter de personajes, Tom es un chico que pertenece a una familia bien situada, en cuya casa hay esclavos – con los que existe una relación de profunda humanidad -, que estudia y que tendrá un futuro halagüeño. En ello insistiremos más tarde.

Por el contrario, “Huck” es un vagabundo, hijo dudoso de un borracho del pueblo, una criatura libre que vive en estado semisalvaje, no en el sentido literal del término, sino en el de que su contacto con la naturaleza es permanente y conoce muchos de sus secretos. Siempre ha tenido que arreglárselas para sobrevivir y por ello no conoce de horarios, ni estudios, ni orden. Al contrario que Tom, su futuro no parece próspero.

El tercer gran personaje es la Naturaleza : el gran río Mississipi y todo lo que le rodea, un mundo exuberante, idílico, tal como lo debía haber conocido el autor en su infancia.

Y, junto a todo ello, por debajo de la narración de sus travesuras, subyace una moral que es reflejo de la ética de lo vivo y de lo bueno : su conducta puede exceder la pura gamberrada para acercarse a la “fechoría”, pero nunca, ya que son dos seres buenos, caerán en la maldad.

En la primera de las obras, el protagonismo recae sobre ambos muchachos, pero quizá más en Tom. Por el contrario, en la segunda, Tom se desdibuja, el gran héroe es Hackleberry y hay un aspecto formal que hace más interesante la figura de éste : las aventuras de “Huck” están escritas en primera persona, lo que da al personaje una dimensión mucho más rica y versátil que hace que profundicemos en su conocimiento más que en el del primero y que se nos aparezca como más cercano al autor.

Nos referíamos antes al destino de los dos muchachos. Si el de Tom parece excelente, el de “Huck” se vislumbra muy difícil. Más que una crítica social por parte del autor, a mi entender, lo que Twain parece insinuar con ello es simplemente que, frente a la infancia feliz, la vida adulta no permite la libertad de hacer lo que a uno más plazca, sino que la sociedad nos exige adaptarnos a sus normas o seremos marginados. Lo que en un niño es visto con simpatía, en un hombre no se permite.

Por otra parte, la primera de las novelas, en la que se centra en las aventuras de los muchachos, resulta más idealizada, en el sentido de que no se introduce en los problemas del momento : los esclavos son bien tratados, la vida a orillas del Gran río es feliz…. En cambio, la segunda resulta más realista : a lo largo de las peripecias que vive “Huck” en su viaje hasta Ohio en compañía del esclavo huido Jim asistimos a episodios de racismo, aparecen igualmente las supersticiones del sur, etc.

Twain se caracteriza por ser un escritor popular, cuyo público mayoritario han sido siempre niños y adolescentes – lo que no quiere decir que los adultos no disfrutemos de su lectura – y estas dos obras, literariamente, responden a su peculiar manera de escribir. Su estilo es realista, de fácil comprensión, y recurre constantemente al humor y a la ternura, a la extravagancia y, en general, a los rasgos picarescos de personajes y situaciones. Nos sitúa siempre en un escenario sin fisuras y su mayor logro es la exaltación conmovedora de lo cotidiano.

En suma, nos encontramos ante dos novelas hermosas, que exaltan el valor de la amistad y que reflejan un mundo, el del autor, que el tiempo se encargó de borrar del planeta, que no de sus recuerdos. Probablemente Twain, al que sus desgracias personales hicieron caer en un profundo pesimismo al fin de sus días, se refugiase en él con mucha frecuencia. Es una lectura deliciosa para niños, adolescentes y no tan niños, que se puede recomendar sin ninguna duda.