Quevedo y la prosa satírica

Cada autor escribe impulsado por un motivo: la búsqueda de la belleza, la crítica o la expresión de inquietudes. Lo dificil es aúnar todo ello en un sólo escritor. Y éste es Francisco de Quevedo, uno de los mayores genios de nuestras letras, quién, en La hora de todos y la fortuna con seso, ofrece una sátira de la política y la sociedad de su época con mordacidad, humor y una cierta amargura.

Algunos autores conciben su obra como una búsqueda de la belleza, otros, como un vehículo para transmitir sus inquietudes, y unos terceros, como un medio para mostrar su indignación sobre aquello que consideran que está mal. En fin, cada escritor tiene unos objetivos concretos.

Retrato de Francisco de Quevedo

Retrato de Francisco de Quevedo

Lo que no es tan habitual es que belleza, inquietudes e indignación coincidan en un sólo autor y esto ocurre con Francisco de Quevedo (Madrid, 1580-1645), uno de los mayores genios de nuestras letras y máximo exponente de la prosa conceptista, con un prodigioso dominio del idioma castellano. De familia aristocrática, su vida fue un cotinuo combate contra la corrupta administración del Estado, personificada en el conde duque de Olivares y otros validos, y aún tuvo tiempo para granjearse otros enemigos –es proverbial su perpetua polémica con Góngora- y escribir una extraordinaria obra lírica.

Dotado de un ingenio y una mordacidad poco comunes, arremetió contra todo y contra todos en obras satíricas que critican oficios y conductas (los entrometidos, las alcahuetas, los soplones, etc). Buen ejemplo de ello son obras como Los sueños o el Discurso de todos los diablos.

También tiene este sentido La hora de todos y la Fortuna con seso, subtitulada Fantasía moral y publicada en Zaragoza en 1650. Se trata de un relato lucianesco –así llamados por Luciano de Samosatra, uno de los mayores satíricos de la Antigüedad-, que sigue el modelo del 'mundo al revés'.


La Fortuna recobra el juicio perdido y otorga a cada uno lo que realmente merece -no como ocurre en la realidad, que suele ser al contrario-. Ante el trastorno que ello produce, los dioses del Olimpo se reúnen para devolverlo todo a su orden anterior, aunque injusto.

En tono burlesco pero amargo, Quevedo censura sin piedad a tipos, costumbres y circunstancias de su época con una prosa puramente conceptista basada en la agudeza verbal, la metáfora y los juegos de palabras. Aunque leyéndola uno no puede evitar reírse, trasluce una visión desencantada de la vida y, sobre todo, de la España de su tiempo.

Monumento a Quevedo en Madrid

Monumento a Quevedo en Madrid

Pero no se queda el genial escritor en su patria. En una segunda parte, se burla del resto de naciones e incluso ridiculiza al todopoderoso conde duque de Olivares en la figura de Pragas Chincollos, anagrama del verdadero nombre del valido, Gaspar Conchillos.

En suma nadie se libra de la extraordinaria pluma de Quevedo en un relato cuya lectura hace entender lo que es realmente un buen escritor.

Podéis leer el texto aquí.

Fotos: Quevedo: Flinter_ab en Flickr | Monumento a Quevedo: Alejandro Blanco en Flickr