La feria de las vanidades, retrato de la sociedad victoriana

Tras la victoria de Waterloo ante las tropas napoleónicas, Inglaterra quedó como la primera potencia mundial. Y, cuando la Reina Victoria creó el Imperio Británico, esta hegemonía fue aún más evidente. Todo ello desembocó en una nueva sociedad, regida por las apariencias y cuyo lema podría ser ‘virtudes públicas, vicios privados’. Es precisamente esta sociedad victoriana la que nos presenta Thackeray en ‘La feria de las vanidades’ con un tono satírico aunque no especialmente cínico o cruel.

Portada de la obra de Thackeray

Portada de la obra de Thackeray

Tras la derrota del Imperio Francés en Waterloo, Gran Bretaña quedó como primera y casi única potencia mundial. Su hegemonía militar, unida a la naciente Revolución Industrial que estaba acometiendo, hacían de ella el país más poderoso del planeta, y todo esto se vio reforzado con la ascensión al trono de la Reina Victoria en 1837, decidida impulsora del colonialismo y creadora del Imperio Británico.

Por otra parte, durante su extenso reinado (1837-1901), las clases sociales inglesas sufrieron importantes cambios, hasta el punto de configurar lo que se ha llamado ‘sociedad victoriana’ y cuyos rasgos más relevantes eran la industrialización, la brutal diferencia entre ricos y pobres –tan bien mostrada por Dickens en sus obras- y la existencia de una aristocracia poco inclinada al trabajo. Pero, sobre todo, su característica fundamental la hallamos en la moral: la sociedad victoriana creó una moral propia que podríamos sintetizar señalando que, para ella, todo valía siempre que se guardasen las apariencias sociales.

Y es precisamente este mundo el que nos presenta Thackeray en La feria de las vanidades, publicada en 1848 y que alcanzó gran popularidad en su época. William Makepeace Thackeray (Calcuta, 1811-1863), tras una juventud un tanto díscola, se inició en el periodismo al comprar el ‘National Standard’, tras recibir una exuberante herencia y a escribir se dedicó toda su vida. En algunos momentos, fue comparado con Dickens, pero nunca alcanzó la calidad literaria del maestro, aunque presente obras estimables como la que nos ocupa o ‘Henry Esmond’.

‘La feria de las vanidades’, como decíamos, constituye un vasto lienzo de la sociedad victoriana y, especialmente, de sus clases pudientes, retratadas de modo satírico, aunque no cínico. En efecto, el autor –salvo en el caso de algún arribista sin escrúpulos- no carga excesivamente las tintas en la crítica. Incluso diríamos que se complace en mostrar el clima de seguridad y desenfado que sobrevino a la derrota napoleónica.

La novela se desarrolla a través de un hilo conductor: la historia de dos mujeres verdaderamente opuestas. La primera es Becky Sharp, una joven vital y arribista que carece de todo escrúpulo. La segunda, Amelia Sedley, cariñosa y ejemplar. Pero no nos hallamos ante un personaje bueno y otro malo. Ambas tienen su parte de ambigüedad. La arribista muestra ingenio, es enérgica y tiene encanto. Por su parte, Amelia acepta su papel de mujer abnegada pero no deja de aprovecharse de él y de las ventajas que esta posición le otorga.

En torno a estas heroínas, nos encontramos a un sin fin de personajes secundarios, buenos y malos, ganadores y perdedores. Desde el antiguo parlamentario inculto y zafio que representa Sir Pitt Crawley hasta la hermana de éste, librepensadora y culta, pasando por el petimetre Rawdon Crawley, quién, no obstante, consigue madurar y convertirse en hombre de principios. Y es que Thackeray siempre deja abierta una puerta a la superación moral de sus personajes, casi todos los cuales, en algún momento, se muestran por encima de la talla que les atribuíamos.

Escrita según las técnicas del realismo, el autor sabe proporcionarle un soberbio efecto narrativo y enlazar la trama de tal modo que ninguno de sus personajes quede al margen, lo cual, ante tan vasto mosaico no era fácil.