Un cuento corto o el arte de la brevedad

Dicen los escritores que es más difícil crear un buen cuento corto que una novela. Borges, Faulkner, Twain fueron maestros de este arte.

Dicen los buenos escritores que es más difícil crear un buen cuento corto que una novela. Cada uno tendrá sus favoritos, pero sin duda Jorge Luis Borges (1899-1986) es uno de los grandes maestros de este formato. Ficciones, El Aleph, El libro de arena... llevan el cuento en castellano a su cumbre. Una de las obras icónicas del relato es Antología del cuento norteamericano. Sin duda la edición de Richard Ford -presentada por Carlos Fuentes- de Galaxia Gutemberg es una joya que debe estar presente en cualquier biblioteca. Historias narradas por Washington Irving, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Mark Twain, Henry James, Jack London, William Faulkner, Ernest Hemingway, Paul Bowles, Raymond Carver, T. C. Boyle y el propio Ford son un recorrido indispensable por la Historia de la Literatura de EEUU.

La síntesis, la economía de palabras, la estructura son claves de un cuento. La organización de la obra en tres partes -las consabidas exposición, nudo y desenlace, o inicio, desarrollo y final- no es algo moderno, sino que tiene sus raíces en la tradición clásica. Aristóteles reivindicaba en su  Poética, esta forma de proceder. Esta obra aristotélica fue la primera que realmente influyó en la literatura posterior. Con ciertos añadidos, la misma división propugnaba el romano Horacio en su Epístola a los Pisones y, mucho más tarde, los clasicistas franceses del siglo XVII, con Nicolás Boileau, gran admirador del latino, a la cabeza.

Los cuentos infantiles

A su vez, en éste se basó el aragonés Ignacio de Luzán para su monumental ensayo 'La Poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies', obra fundamental para entender la literatura española del siglo XVIII.

Posteriormente, los escritores continuaron aplicando la premisa de construir sus textos con exposición, nudo y desenlace. Incluso en la pasada centuria, con todas las corrientes experimentales de la novela, siguieron haciéndolo, bien es cierto que teóricos de la Literatura como por ejemplo Vladimir Propp incluyeron otros factores y, sobre todo, una nomenclatura distinta.

En cualquier caso, hoy se enseña en todos los cursos de Narratología que una buena historia debe estructurarse en un inicio introductorio, un desarrollo de la trama en la que se alteran las circunstancias de ésta y un desenlace. Y si ello es aplicable a la novela, también lo es al cuento, donde, por su menor extensión, es más fácil aún de apreciar tal estructura.

De hecho, todos los grandes relatos breves de la Literatura Universal se circunscriben a ella. No importa que sean de aventuras, fantásticos, psicológicos o policíacos. Pensemos, por ejemplo, en un cuento infantil como 'Caperucita roja', una historia del folclore que reelaboraron grandes autores como el francés Charles Perrault o los alemanes hermanos Grimm.

En él, tenemos un inicio o exposición, que llegaría hasta cuando la protagonista sale hacia casa de su abuela con la cesta de comida. Se da entonces paso al desarrollo del relato con su camino por el bosque, el encuentro con el lobo, el posterior engaño de éste a Caperucita al hacerse pasar por su familiar y el resto de las peripecias de la niña. Y, por último, hay un final o desenlace en el que el leñador rescata a Caperucita y a su abuela del vientre del lobo y éste muere por caer a un estanque cuando su cuerpo ha sido rellenado de piedras.

El Muerto, de Borges, es un excelente ejercicio para introducirse en este formato.