'Matar a un ruiseñor', un clásico como aprendizaje

El libro de Harper Lee es la historia de los márgenes, de la justicia, la honestidad y también de la pérdida de la infancia, de la complicidad y el aprendizaje. Un alegato contra el racismo en el sur de Estados Unidos.

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

Maycomb es un pueblo de Alabama, en el sur de Estados Unidos. Allí vive el abogado Atticus Finch con sus dos hijos, Jem y Scout. Es ella, de 6 años cuando empieza la historia, quien nos cuenta la historia. La historia escrita por Harper Lee en Matar a un ruiseñor. La historia de la segregación, del racismo, de la condición humana, de las clases sociales. La historia de dos niños que crecen -tres años abarca el texto- y descubren el lado bueno y el lado malo de la vida. La historia de dos niños criados por un hombre viudo y un aya negra.

Atticus Finch es designado por la Justicia para defender a Tom Robinson, un negro acusado de violar a Mayella Ewel. Parte del pueblo calla. Parte del pueblo critica al abogado; señalan a Jem y Scout, señalados porque su padre defiende a un 'nigger'. Un vocablo inglés tremendamente despectivo para referirse a los negros. Por eso aquí no escribimos gente de color. Como Harper Lee

Ellos son huérfanos. La mujer que los educa, que los atiende, que los cuida y que los ayuda a diluir la frontera de las razas, es Calpurnia. Transgresora, firme, buena, delicada y dedicada. Alfabeta, una extrañeza en su universo de pobres, de desahuciados y marginados

Volver a Matar a un Ruiseñor, novela premiada con el Pulitzer en 1961, es darse cuenta de cómo una historia escrita en 1960 es válida hoy. Es válida porque pone en primer plano el sosiego, la reflexión, la bondad de Atticus. La solidaridad de un hombre que no cuestiona en ningún momento el papel que le ha tocado: defender a un negro acusado de violación. La ternura de un hombre que dialoga con sus hijos, que a lo largo de las páginas sufren el paso del tiempo, crecen y pierden la infancia. Un hombre que, como buen abogado, pone a sus hijos frente a los hechos y los hace reflexionar hasta que, en ocasiones, abandonan la pasión y la ira del momento para desembocar en la racionalidad. Eso hace Jem, que crecer, madura... y entiende. Eso hace Scout, cuando descubre que aquéllos veranos de infancia son ya, en las últimas páginas, pasado.

Pérdida de la infancia

Pierden una infancia inocente que se se transmite a través de sus juegos de verano, a través de sus travesuras y de sus miedos y de sus fantasías. Esos niños crecen porque todo a su alrededor los lleva a ello, no sólo porque el tiempo pase. Crecen porque ven la vida, empiezan a conocer a los que son buenos y justos, frente a los que son malos, vengativos, racistas y opresivos.

Crecen porque ven el juicio, crudo, intenso, que nos llega a través de la voz de Scout. Un juicio en el que a todo el mundo le queda claro que Tom Robinson es inocente. Que en realidad es Mayella Elwe quien se ha inventado la historia de una violación para ocultar la realidad que sobrevuela: que es maltratada desde siempre por su propio padre, Bob Ewel.

Es la historia, al final, de una renuncia. Porque al final Atticus el justo, Aticcus el honesto, el bondadoso, debe aceptar un silencio cuando el sheriff, en el salón de su casa, le cuenta Bob Ewel, que acaba de atacar a sus hijos, ha muerto... porque se ha clavado su propio cuchillo.

Leer Matar a un ruiseñor es leer lo mejor de la narrativa estadounidense. Es volver a las formas de Mark Twain, de Walt Whitman o Truman Capote. Es disfrutar cada una de sus palabras, de sus frases, de sus párrafos, de sus 31 capítulos. Y ver la película de Robert Mulligan, protagonizada por Gregory Peck, es un viaje hermoso por la vida de Atticus, Jem y Scout.

Matar a un ruiseñor fue la primera -y única, hasta 2015- novela de Harper Lee. Y la edición que publicó hace un par de años HarperCollins es una joya por la calidad de su traducción. Sin duda, una lectura imprescindible en la adolescencia y una relectura obligada cuando los años cambian la perspectiva con la que se observa la vida.