Emilio Carrere, príncipe de la corte bohemia

El gran Rubén Darío dejó discípulos en todos los lugares donde estuvo. Entre los españoles, uno de los más peculiares fue el madrileño Emilio Carrere, hoy olvidado pero que escribió una obra llena de originalidad y buen hacer literario. Aquí repasamos su vida.

El genial Rubén Darío iba dejando discípulos allí por donde pasaba y Madrid no iba a ser una excepción. Su movimiento modernista caló tan hondo entre los poetas españoles que muy pronto apareció en la capital de España un grupo de seguidores de las técnicas poéticas del gran nicaragüense, que, para ellos, era algo así como el rey de la lírica y también de la vida bohemia. Porque estos acólitos lo eran igualmente de las costumbres poco saludables de Darío.

Asiduos clientes de prostíbulos, bebedores empedernidos de absenta, jugadores y, quizá consecuencia de todo ello, escasos de recursos económicos que muchas veces remediaban su penuria dando algún que otro sablazo. Entre ellos, los hay muy conocidos, como Ramón María del Valle-Inclán (que, por cierto retrató a otro de ellos, Alejandro Sawa, en el Max Estrella de 'Luces de Bohemia') y otros que, para nuestra desgracia, hoy han sido injustamente olvidados como Pedro Barrantes, Ciro Bayo, Pedro Luis de Gálvez, Eugenio Noel o Álvaro Retana.

Foto de la Cibeles (Madrid)

Monumento a la diosa Cibeles, uno de los símbolos de Madrid, ciudad natal de Emilio Carrere

Pero, si Darío era el rey, uno de los príncipes de esta cuadrilla era el madrileño Emilio Carrere (1881-1947), cuya primera vocación fue la Pintura, que abandonó pronto para dedicarse al Teatro. Pero a lo que de verdad se aficionó el joven fue a los billares, motivo por el cual su padre, un importante y rico abogado de Madrid de quién era hijo natural, le colocó como empleado en el Tribunal de Cuentas. Probablemente debido a que se aburría, comenzó a publicar sus primeros versos. Entre ellos se encuentra 'La musa del arroyo', que le dio enorme popularidad.

No obstante, su afición a la vida bohemia continuó y también comenzó a escribir narrativa. De hecho, la obra de Carrere que más se recuerda hoy es la novela 'La torre de los siete jorobados', que llevaría al cine Edgar Neville. Sin embargo, ninguno de sus trabajos aliviaba su penuria económica. Claro que él colaboraba poco pues sus ingresos se iban en el juego y la nocturnidad.

Ni siquiera cuando murió su padre legándole una importante herencia Carrere la administró bien. Adquirió un piso en el centro de Madrid y se compró un automóvil, aunque nunca más volvió a atravesar problemas económicos. Murió el treinta de abril de 1947 dejando una obra originalísima que combinaba el sainete con el terror y lo castizo con el decadentismo europeo. Y casi siempre con las clases humildes madrileñas como protagonistas. Sin duda, hoy merecería mayor recuerdo.

Fuente: 'El Mundo'.

Foto: Celso Flores.