Sigmund Freud, un charlatán como cualquier otro

Sigmund Freud pasa, para algunos sesudos intelectuales, por ser un genio de la psicología moderna. Pero lo que poca gente sabe es (aplicándole algunas de sus teorías) que era narcisita, ambicioso y cocainómano. No es de extrañar, por tanto que diese a luz las teorías que dio. Y menos de extrañar aún la personalidad de quienes las creen. Se trata del caso curioso del psicólogo que está peor que sus pacientes. El ser humano está loco.

Todos hemos oido alguna vez aquello de que los locos son los cuerdos y los cuerdos locos. O, dicho más poéticamente, que un loco es un cuerdo realista. Con esta frase viene a querer decirse que los verdaderos cuerdos son aquellas personas que la sociedad toma por locos, que son los verdaderamente lúcidos.

Pues bien, esta sentencia sería aplicable a Sigmund Freud, pero a la inversa, puesto que el afamado psiquiatra, creador del psicoanálisis, presenta unas teorías tan peregrinas que no las firmaría ninguno de sus pacientes. Vaya por delante que ni somos psiquiatras, ni psicólogos y que nuestra opinión no se centra en conocimientos de tales especialidades. Sencillamente somos personas normales a las que nos molesta que, en este mundo, se tome por pensador profundo a cualquier charlatán con un poco de labia – figura abundantísima hoy en día, para qué dar nombres - . En las próximas lineas intentaremos desentrañar, sin recurrir a teorías de sillón de psicoanalista, las causas de la enajenación del prestigioso psiquiatra.

Freud nació en Freiberg, Moravia, entonces perteneciente al Imperio de Austria y hoy a la República Checa, el seis de mayo de 1.856, en el seno de una familia judía. Trasladado a Viena para estudiar medicina, permaneció allí hasta que la persecución hitleriana le obligó a emigrar a Inglaterra, donde murió en 1.939. A los veinticuatro años ya era doctor y trabajaba haciendo prácticas en el Instituto de Fisiología de Viena. Pero, al no lograr en este centro mejor posición, se fue al hospital de la ciudad. Allí pasó por las más variadas especialidades – desde cirugía hasta oftalmología – sin destacar en ninguna.

Anheloso de fama, se dedicó a investigar sobre distintos temas, pero tampoco obtuvo mayor éxito. Su enamoramiento de Martha Bernays, cuya familia exigía al doctor una holgada posición social para permitir la boda, no hizo sino acentuar aún más sus ya de por sí desbocados deseos de reconocimiento y de dinero.

Entonces comenzó a investigar sobre las enfermedades mentales – principalmente la histeria y la neurosis – y a utilizar técnicas tan dudosamente científicas como el estudio de los sueños y el hipnotismo. Para ejemplificar sus teorías recurrió también a circunstancias tan reales como la mitología griega y el totemismo.

Pero no conforme con ello, se dispuso a dar un paso más. Empezó a leer acerca de la cocaína y a tomarla en dosis pequeñas. A juzgar por lo que dice en sus cartas, no está muy claro si la tomaba para experimentar o con otras intenciones : expresiones como “he vuelto a tomar cocaína y con una pequeña cantidad me he puesto maravillosamente en las nubes”son frecuentes en sus cartas y parecen dichas por un “colgado” de hoy en día.


Entusiasmado con su descubrimiento, le recomendó la droga a todo el mundo : pacientes, amigos, e incluso a sus hermanas y a su novia…… Y al mundo entero, pues en un trabajo de veintiséis páginas publicado en 1.884 defendía las virtudes de este estimulante.

Pero la fama que obtuvo con su hallazgo duró lo que tardaron en aparecer casos numerosos de adicciones. Los círculos médicos se ensañaron con el buen doctor, acusándole de haber experimentado poco – lo dirían por experiencias ajenas, porque el señor Freud bien que le tomó gusto – y de haber seleccionado sólo los datos que le convenían para demostrar sus tesis. A tal extremo llegó la cosa que dos autores recientes, Prause y Von Randow, recogiendo testimonios de la época, consideran al médico austriaco como cómplice de la llegada de la primera oleada de cocaína a Europa.

En descargo del doctor Freud hay que decir que no llegó a ver los desastres que provoca la cocaína en nuestros días. Pero sí tuvo las noticias suficientes de sus efectos perniciosos como para reconocer su equivocación, lo cual no hizo en absoluto sino que se defendió señalando que tales consecuencias se debían a que las desgraciadas víctimas habían sido – antes que de cocaína – consumidores de morfina y que por ello se encontraban en tal estado, pero que la droga no dañaba en absoluto a las personas sanas.

Así, aunque él no dejó de consumirla, sí dejó de hablar de ella y de sus supuestas propiedades beneficiosas. Hasta que , en 1.924, al escribir unas notas autobiográficas, se disculpó de los errores del artículo que citábamos alegando que fue escrito apresuradamente porque deseaba ir a ver pronto a su novia. Nos encontramos así con que la pobre señorita Bernays, a quién el propio Freud convirtió en cocainómana, es la responsable de la difusión del consumo de cocaína por Europa. Pero, acto seguido, el propio doctor la disculpaba diciendo que no por ello le cargaba la responsabilidad a la pobre. ¡Hay que tener la cara pétrea!

Huelga decir que el consumo de cocaína ha sido utilizado por los adversarios del doctor para explicar la gestación de las teorías freudianas, con el psicoanálisis a la cabeza. Ello equivale a acusarlo de haber dado a luz sus tesis bajo efectos poco saludables y desde luego muy poco rigurosos científicamente hablando.

A todo lo dicho, debemos añadir que importantes coetáneos de Freud tuvieron una pésima opinión del buen doctor, incluso a título personal. Así, el dramaturgo Thomas Bernhard, en sus “Conversaciones”, señala : “Freud era estrafalario. Mi tía fue al colegio con su hija. Ella podría contarle muchas cosas de cómo le tomaban el pelo al doctor. Era un escritor relativamente bueno, es decir, no especialmente bueno, con mucha imaginación, e indudablemente puso algo en movimiento que excitó a la humanidad por unos decenios. Pero tampoco fue algo más importante que cualquier otro ser humano….”.

Creemos que todo lo expuesto da muestras de la “rigurosidad” científica con que nuestro doctor trabajaba. Es sencillamente lo que intentabamos, más que por atacar al buen señor, para aviso de navegantes ante tanto psicólogo con membrete de freudiano que manifiesta sesudamente cuatro tonterías a 40 euros cada una. Y ante otros que no son psicólogos y  pululan – bajo el disfraz de intelectuales -  por calles, televisiones, gobiernos, parlamentos y otros saraos de nuestro país, cobrando bastante más del bolsillo de los españoles y diciendo sandeces aún mayores.