Entrevista a Diana Oliver

“No es lo mismo ser madre que ser padre y no tener en cuenta la biología, es una pérdida de derechos arrolladora”

En una sociedad consumista, hiper productiva y amparada en las prisas, el verbo maternar se escribe y se vive como sinónimo de sustento, culpabilidad, desigualdad, soledad y carreras, muchas carreras. Es como dice la periodista y autora de Maternidades precarias: “ese alambre fino sobre el que caminamos las mujeres como funambulistas”

Diana Oliver

Diana Oliver

Un ejercicio de equilibrio casi imposible de mantenerse sin un ¡ay! ya que se hace a ciegas y sin red que lo sostenga. “La maternidad es una institución muy alejada de la vida real de las mujeres, de sus deseos y dificultades, y alimentada en la sumisión a su destino biológico y social. Una institución que sigue intacta y tratada como si fuera un asunto algo racional”. 

Y es que lejos de seguir separando el destino del mundo de quien lo gesta y lo pare dicha experta reflexiona sobre las verdaderas necesidades que hay que coser, zurcir y reparar. “Para tejar un futuro se requieren muchos hilos. Los hilos de la economía y de la solidaridad del entorno se enlazan inevitablemente al de la salud. Al sentir que las madres no tenemos derecho a quejarnos se pone en marcha un mecanismo de control. Es difícil transitar la maternidad y permanecer indemne cuando formas parte de un tejido social tan raído que es casi translúcido. Lo que necesitamos es que cambien las condiciones objetivas, no ajustarnos a ellas a toda costa. En España solo ha puesto parches a un roto que no deja de agrandarse”. 

Un roto que Diana Oliver considera lamentable y le retrotrae a las palabras sabias de la gran Marcela Lagarde. “Es necesario cambiar el sentido del cuidado, maternizar a la sociedad y desmaternizar a las mujeres”. Tanto es así que la escritora recalca cómo hemos pasado “de tener que tener hijos a no poder tenerlos. La historia de las madres es una historia de derechos y libertades que, por ausencia o prudencia, condiciona nuestras vidas”. 

La biografía de la precariedad

Condicionamiento que salta a la vista con datos como los del Instituto Nacional de Estadística: algo más del 90% de las mujeres de entre 30 y 34 años no ha tenido descendencia por razones económicas y laborales, y comparten la misma razón las mujeres de entre 35 y los 39 años. Y es que según Oliver “el capitalismo coloniza nuestros deseos y derechos. Además, no siempre querer es poder. Es imposible acercarse al deseo de ser madre sin pensar en la influencia cultural y social, pero tampoco sin pensar en la biografía de cada una de nosotras. Nuestra historial vital es la de la precariedad brutal”. 

Para Oliver la maternidad es hacer continuamente malabares mientras se trata de sobrevivir al caos de una sociedad individualista. “Vivimos en la acuciante necesidad de hacer elecciones que nunca estarán libres de efectos adversos. Muchas veces ni siquiera hay margen para la elección. Es cuestión de supervivencia. No hay tiempo para la solidaridad. Ni para las certezas. La vida en una sociedad líquida es una vida precaria atravesada por la incertidumbre constante”. 

Pero no solo hay zozobra cuando se es madre. La escritora destaca que a ello hay que sumar el disimulo por serlo. “Puedes ser madre sin que se te note. Que la maternidad no afecte a las otras esferas de tu vida, pero al mismo tiempo tienes que ser la madre adecuada. Esto tiene que ver con la cultura de la perfección que nos atraviesa, que a su vez tiene mucho que ver con la cultura del consumo en la que todo se puede comprar. La perfección a tu alcance. Las madres debemos ser por encima de todo las madres que somos o que podamos ser. Nos falta una mirada a la maternidad más compasiva”.

¿Cómo es posible que la maternidad siga siendo una duda constante?

Yo planteo que el deseo de ser madre está condicionado hoy por muchas circunstancias. Están las circunstancias económicas, materiales y laborales; hay circunstancias más profundas relacionadas con nuestra propia biografía y con nuestras vivencias; también hay una idea social de que siempre estamos a tiempo, que nunca será demasiado tarde, por lo que se va retrasando y modelando ese deseo que, en los casos más privilegiados, compite con otros deseos que vemos incompatibles para la maternidad tal y como la vivimos hoy. Creo que cada vez dudamos más porque, obviamente, podemos hacerlo, podemos racionalizar la experiencia, pero también dudamos porque es difícil alcanzar unas condiciones que nos permitan maternar con dignidad.

También hablas de la necesidad de aportar una mirada compasiva sobre una misma. Define compasión…

Esto es algo que dice mucho mi amiga Chus: sé compasiva contigo misma. Creo que muchas veces somos demasiado exigentes con nosotras: no nos permitimos caer, pensamos que siempre es nuestra culpa cuando algo no sale como esperamos o cuando no podemos hacer lo que queremos, nos juzgamos todo el tiempo. Debemos asumir nuestra vulnerabilidad, mostrarla, aceptar que hay muchas cosas que escapan de nosotras y que no podemos controlar por mucho que nos quieran vender esos mensajes neoliberales del “si quieres puedes”. 

¿Falta una revolución en la agenda feminista sobre la institución de la maternidad?

Sin duda. Nos cuesta ver la maternidad como algo valioso, como un poder, que hay que proteger y defender. Desde una parte del feminismo se sigue viendo la maternidad como sufrimiento, como esa experiencia que nos permite alcanzar otros fines, como aquello que nos oprime, y que en los últimos tiempos se ve claramente que pone por delante lo laboral y lo económico a la vida. También hay muchos discursos anti maternalistas más agresivos que excluyen directamente a las madres y que son absolutamente discriminatorios, que van en contra precisamente de lo que es el feminismo. Sí creo que hay muchas voces que están reclamando este valor desde el feminismo y que están trabajando por los derechos de las madres. Pienso en El Parto es Nuestro, en PETRA Maternidades Feministas o en los muchos grupos de crianza o lactancia que están visibilizando todo esto.

Maternar invisibiliza una de las etapas más importantes en la vida de cualquier mujer, pero de paso también en el mundo. ¿No nombrar es cargar a solas con la frustración?

La maternidad está invisibilizada, no sólo los procesos (embarazo, parto, postparto, lactancia) sino que también lo están los bebés y los niños. ¿Cuántos niños o niñas hay a nuestro alrededor? ¿Somos conscientes de la dimensión de estos procesos? ¿De sus necesidades? No es sólo nombrar, también hay que visibilizar todo esto. La maternidad, los hijos y las hijas, tienen necesidades que muchas veces son irremplazables y urgentes, que van cambiando con el tiempo, pero asumimos como una responsabilidad propia sostener esas necesidades. 

Siempre digo que podemos ser madres, pero sin que se nos note. Debemos volver a la rueda del hámster cuanto antes porque al sistema no le interesa que pares y, de regalo, se nos exigen otra serie de imposibles: crianza profesionalizada, recuperación física ejemplar, tiempo para ti misma, productividad incesante… Para la gran mayoría no hay ni tiempo ni recursos para todo esto y se vive con muchísima frustración y culpa. 

¿No nos permitimos no caer de ese “alambre fino” sobre el que caminamos como funambulistas” solo por autoexigencia?

No, no sólo. La autoexigencia y la exigencia externa están ahí pero también falta el soporte. Cuando hay una precariedad estructural que lo atraviesa todo, que no sólo es económica sino también material, laboral o relacional, caerse es muy fácil. Y cuando no hay una red debajo en forma de políticas sociales realmente efectivas, cuando no hay un soporte institucional ni social, muchas ni siquiera podrán levantarse.

¿Enfrentarnos a una etapa que no termina nunca desde la racionalidad es pura autodefensa?

Ibone Olza se pregunta en Palabra de madre cuándo termina el trabajo de una madre. Me parece una frase muy reveladora. ¿Termina a los 18 años? ¿Termina cuándo consideremos que ya no nos necesitan? Supongo que en realidad nunca acaba, pero explicar lo que ocurre, analizar la madre que hemos podido ser y escuchar a otras, nos ayuda a entender que no estamos solas, que lo que nos pasa también le ha pasado a otras y, sobre todo, que hay un sistema que está condicionando la experiencia. Quizás sí sea una forma de defendernos y de defender lo que hacemos. 

La maternidad está relacionada con los derechos de las mujeres. La libertad de decidir. ¡Qué gran frase!

Es que creo que es algo que se nos olvida muchas veces. Parece que cuando hablamos de “mi cuerpo, mi decisión” se trata sólo aborto y del sexo, y bienvenido sea, pero se nos olvidan otros derechos reproductivos y sexuales. Queremos decidir libremente sobre nuestra maternidad, que no haya una industria de la reproducción asistida capitalizando que se tenga que alargar la maternidad. Queremos también decidir libremente sobre nuestros embarazos y nuestros partos. Poder tomar decisiones libres. Vivimos una maternidad patriarcal y neoliberal que provoca sufrimiento en nuestros cuerpos y en nuestras criaturas.

¿Qué hay de los padres? ¿Siguen siendo los grandes ausentes?

Bueno, poco a poco son más conscientes de la dimensión de los cuidados y de la crianza, pero sigue siendo una burbuja. Gastamos un montón de recursos y energía en educarles e implicarles en los cuidados y les estamos dando más derechos y privilegios que nunca mientras nosotras seguimos cuidando en la precariedad. Las responsabilidades para con los hijos y con las hijas van más allá de las 16 semanas. Están en las actividades del colegio, en las citas con el pediatra, en la ropa que se les queda pequeña, en las comidas y en las cenas que hay que preparar y en las lavadoras que hay que poner. ¿Quién sigue asumiendo la carga mental? Y, además, creo que hay un problema mucho más enorme que escapa del reparto equitativo: se necesitan muchas más manos para cuidar. Cuatro manos son mejor que dos, sin duda, pero no solucionan el problema de precariedad, hiperexigencia, individualismo y soledad que llevamos a cuestas como sociedad.

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