Tras los resultados de las elecciones de Madrid

Casado y Arrimadas deben hablar de un ‘tiempo nuevo’ del centro derecha y de ‘cambio’ nacional

El declive del liderazgo de Sánchez, la marcha de Iglesias y las crisis de la pandemia y la economía deben facilitar el relevo político

El vuelco electoral de Madrid y las últimas encuestas que sitúan al PP por delante del PSOE en unas elecciones generales anticipadas constituyen un escenario que el presidente de Galicia Alberto Núñez Feijóo ha calificado de inicio de un ‘nuevo ciclo’ en política nacional que obliga al PP a un pacto en el centro derecha para conseguir la alternancia o el ‘cambio’ electoral.

Aunque, más que hablar de ‘ciclo’ -porque los ciclos incluyen un final- sería más realista hablar de ‘un tiempo nuevo’ en una sociedad exhausta como la española. La que este fin de semana, aprovechando el final temerario del ‘estado de alarmar’ sin alternativa legal, ha salido en estampida de todos los centros urbanos, confiados en el rimo de vacunación y necesitados de un respiro, que coincide con la imperiosa necesidad de un ‘cambio político’.

Un cambio de gobierno y liderazgo que se inició el 4-M en Madrid con la importante victoria de Isabel Ayuso (44,7 % PP frente a 16,8 % PSOE) y que ha expulsado a Pablo Iglesias de la política nacional en coincidencia con el décimo aniversario del 15-M en Madrid, que el líder de Más País y figura emergente  de la izquierda radical, considera que ‘está muerto’, y ha sido víctima de la ‘soberbia’ política de Iglesias en Podemos.

El ‘tiempo nuevo’ en el centro derecha pasa por un entendimiento entre Pablo Casado e Inés Arrimadas que no se limite a la mera absorción de Cs por el PP, ante la constante fuga de dirigentes del partido centrista, sino que debe articularse en torno a un proyecto político y económico de país que atraiga y unifique a los votantes del centro, incluidos muchos del PSOE tal y como ocurrió en Madrid con más de 300.000 electores del ala moderada y socialdemócrata del PSOE.

Y este acercamiento entre PP y Cs debería abrirse lo antes posible para de esa manera encadenar una secuencia de acontecimientos que caminan en la misma dirección y responden a una anhelo de una y buena parte de la ciudadanía que espera el cambio político tras el fracaso del liderazgo de Sánchez y de su gobierno de coalición, como prueba la marcha de Iglesias.

Casado puede tener la tentación de comerse Cs de un bocado ante la grave crisis y los errores del partido de Arrimadas, pero es el vencedor el que debe ser generoso sin humillar al perdedor en pos de lo que podríamos llamar un Partido Popular Ciudadano (PPC) que permita el acercamiento de sectores y personas influyentes destacadas de la política y la cultura. Los que hoy día han roto con Sánchez y su régimen sanchista y pueden ser determinantes a la hora del traslado de votantes del PSOE al PP que se inició en Madrid.

De ahí que el acercamiento y el encuentro entre Casado y Arrimadas no se debería hacer esperar en un tiempo difícil para España y cuando son varios los dirigentes y gobernantes regionales del PSOE y el PP (de Andalucía, Castilla León, Castilla La Mancha y Aragón, entre otros) que abogan en las últimas semanas en favor unos acuerdos transversales que favorezcan los intereses de los ciudadanos por encima de la batalla ideológica.

Pero este discurso no es asumible en la política nacional, porque existe un gran obstáculo que se llama Pedro Sánchez, quien ha dinamitado todos los puentes de la España unida, democrática y constitucional con sus alianzas anti españolas con Podemos, Bildu y ERC.

Y porque es tal el desprestigio de Sánchez que un pacto a estas alturas con el PP hundiría a los populares y a Casado en beneficio de Vox, como hundió a Cs y Arrimadas tras pactar la fallida moción de censura en Murcia. Y como hunde Sánchez -sin ‘baraka’- todo lo que toca, y si no que se lo pregunten a Pablo Iglesias.

Era tal su desconcierto político que Sánchez, desesperado en Madrid, se subió al carro de la crispación, y los alaridos del ‘fascismo’, que Iglesias impuso a la izquierda en las elecciones de Madrid. Y que acabó con el hundimiento -hasta la taquicardia- de Ángel Gabilondo y del PSOE. Un fracaso sin paliativos de Sánchez -que anduvo ocultó durante 6 días- que buscaba Iglesias, antes de cortarse la coleta, para llevárselo del ‘cielo’ del poder al ‘infierno’ de la derrota.

Un presidente Sánchez muy tocado que sigue mintiendo y empeñado en mantener su relación con Podemos, Bildu y ERC, partido este último que está a la espera de los indultos prometidos por Sánchez a los golpistas, que no logra formar Gobierno en Cataluña y desprecia olímpicamente al PSC.

Pero Sánchez, que anuncia masivas llegadas de vacunas sin fecha exacta, y ve, como en su día Zapatero, ‘brotes verdes’ de mejora económica, cree que dos años más de legislatura -si no la revienta Pablo Iglesias con su mando a distancia en UP- con el fin de la pandemia y la llegada de los fondos de la UE volverá a poner el PSOE camino de una nueva victoria electoral. Por lo menos en los barómetros que Tezanos (otro que se ha cubierto de ‘gloria’ en Madrid) cocina para La Moncloa en el CIS.

Lo que no es fácil de imaginar porque el Falcón que pilota Sánchez con sus gafas de sol vuela en picado y los españoles saben que abusa del poder de sus Decretos (el TC le acaba de derribar varios como el del CNI) y miente sin cesar (el  Consejo de Seguridad Nacional reconoce que Sánchez erró en la gestión de la pandemia y que las manifestaciones feministas del 8-M fueron un desastre que disparó los contagios), y que su equipo de Gobierno es de muy baja calidad y le sobran seis ministros, dos vicepresidencias y unos 300 asesores.

Y no podemos en este caso recordar aquí lo ocurrido en Inglaterra cuando Churchill tras ganar la II Guerra Mundial perdió las elecciones en su país, porque comparar a este Sánchez con Churchill sería una irresponsabilidad. Pero si podemos decir que, salvo que Pablo Casado y el PP pierdan tiempo en la reconstrucción formal del centro derecha y cometan errores de bulto este PSOE de Sánchez tiene todas las de perder porque su liderazgo está agotado y sin posibilidad de remontar.

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