Marlaska ya es un político más

Parece una perogrullada pero es evidente que desde que Fernando Grande-Marlaska empezó a dedicarse a la política se olvidó de la justicia. Su ascenso en el escalafón gubernamental está siendo directamente proporcional a la escandalosa amnesia que parece sufrir y que deja al descubierto actuaciones muy alejadas de aquellos valores que guiaron años atrás su trayectoria.

El que fuera juez ha colgado la toga y no sólo metafóricamente hablando.  Y ya no sabemos si llegó a la política como sin querer o por casualidades de la vida o si la carrera judicial sólo fue un simple instrumento, el camino más corto, para alcanzar este nuevo estatus en el que ahora se desenvuelve a la perfección y con la misma perversión y obscenidad que los viejos apparátchik de partido para quienes el fin lo justifica absolutamente todo y todo debe estar supeditado al credo del líder si se pretende sobrevivir. Su comportamiento nos vienen a demostrar que mejor nos quedamos con la segunda opción.

Marlaska se ha convertido demasiado pronto en un profesional. Un político al que se le ha caído de golpe esa aureola de justiciero que le acompañaba, de hombre recto e incorruptible, ético e intachable, para quien la Ley lo era todo. Ahora hace con ella juegos malabares de la misma manera que lo hace con las medias verdades, las mentiras completas, los silencios que lo dicen todo y las rectificaciones que no rectifican nada. Ya es un trilero del montón, un trepilla que no quiere bajarse de la trona. Y con todo esto sobrevive a sus errores, demasiados y demasiado importantes para un hombre que tiene tan alto concepto de sí mismo. Ahora es simplemente un advenedizo que, además, debe demostrar, al precio que sea, que no lo es.

Fernando Savater afirma que no siempre nos movemos atraídos por la luz, que a veces “es la sombra la que nos empuja”. Pues esa sombra tan alargada como absorbente que es la política ha engullido a Marlaska. Ya intentó jugar a esto del poder cuando el PP estaba en el Gobierno y se postuló sin éxito para llegar a la Fiscalía General del Estado. Con el PSOE el premio ha sido mucho mayor.

Algunas de sus actuaciones han sorprendido a sus viejos conocidos de la carrera. Siempre fue un tanto engreído y autosuficiente, no tan listo como se creía, pero siempre un buen juez que no dudaba en enfrentarse a quien fuera menester en el cumplimiento de su deber. El ‘caso Faisán’ demostró que estaba hecho para grandes faenas y no le importó enfrentarse al desaparecido Alfredo Pérez Rubalcaba cuando este ocupaba la misma cartera que él ocupa ahora, la de Interior. Allí arrancó una larga campaña electoral que finalmente le llevo  al Consejo de Ministros de la mano de Pedro Sánchez.

Su actuación en el caso del coronel De los Cobos, al que cesó porque el guardia civil no quiso saltarse la Ley, ya nos alertó de qué tipo de ministro se trataba. Su maleabilidad y bondad en el traslado masivo de presos etarras a las cárceles del País Vasco, en plena negociación presupuestaria con Bildu, lo ha confirmado sin lugar a dudas. No es que estemos en contra de hacer cumplir la Ley Penitenciaria –personalmente estoy  a favor del acercamiento de presos– pero lo que sí resulta escasamente ético y de una moralidad dudosa es la utilización bastarda de dicha ley para adaptarla no al espíritu de la misma sino a las necesidades del Gobierno en tiempo y forma.

Y ahora ha sido el traslado a la península de un número indeterminado pero muy elevado de migrantes procedentes de Canarias, en pleno estado de alarma y con muchas ciudades cerradas perimetralmente, lo que nos certifica que el ministro Marlaska está para lo que se necesite de él.

Estamos hablando de un traslado organizado y controlado por Interior con nocturnidad y alevosía que además aspiraba a pasar inadvertido. Un traslado del que no se ha informado ni tan siquiera a las autoridades de las ciudades donde han aterrizado o atracado aviones y ferris y que se han enterado por sus policías municipales o por las redes sociales al hacerse virales los vídeos del deambular de estos hombres y mujeres dejados al albur en sus ciudades.

Al margen de las cuestiones estrictamente legales que puedan desprenderse de esta ‘operación’, el dejar desamparados, tirados a su suerte, a estos hombres y mujeres demuestra un comportamiento inhumano, un desprecio absoluto por los derechos humanos ajeno completamente, al menos eso creíamos, al credo oficial del que tanto se vanagloria este Gobierno.

Interior, es decir Marlaska, ha querido solventar un problema en Canarias trasladando a estos supervivientes del Atlántico a nueve ciudades de la península como si se tratara de un rebaño de animales camino del matadero. Pensaba el iluso ministro que iban a hacerse invisibles. El problema no radica en distribuir a los migrantes por todo el territorio nacional sino en hacerlo sin las garantías necesarias, a escondidas, con la mala conciencia de quien sabe con certeza que está haciendo algo que huele a podrido.

Y esto ha traído consigo un torrente de mentiras. De-entrada-negarlo-todo es el artículo primero del manual de control de daños, o voladuras controladas, que maneja Iván Redondo. De ahí que al Gobierno –y por supuesto a Marlaska– no le conste (sic) que aviones y ferris trasladaran a la península a los migrantes de Arguineguín.  Pero al final la verdad siempre alcanza a los embusteros y de negarlo absolutamente todo, el ministro ha pasado a hablar de “vuelos esporádicos”. De no saber esta bochornosa realidad, uno lamentaría el fiasco de nuestras fuerzas de seguridad del Estado que pese a controlar puertos y aeropuertos no  han sido capaces de enterarse y controlar este trajín.

Cada huella que va dejando en su camino ministerial emborrona aún más su pasado judicial, de tal forma que a veces nos preguntamos si aquellos años realmente existieron o sólo fueron un espejismo. A Fernando Grande-Marlaska se le ha olvidado de sopetón que en política son los medios los que deben justificar el fin.