Filibusteros

Si no fueran trágicas serían hasta desternillantes algunas paradojas que nos tienen rodeados en esta maldita pandemia que se ha llevado por delante a ¿40, 50, 60.000? ciudadanos y que marca, sin duda, un antes y un después en nuestra existencia.  Sorprendente es que sólo enmascarados podamos entrar en un banco, que esté en marcha la primera pasarela de diseño de mascarillas, que hayan aumentado  considerablemente –por el uso de éstas– las operaciones de cirugía estética para acabar con las bolsas que tenemos debajo de los ojos, o que algunos ‘expertos’ empiecen a recomendar la necesidad de no ducharse a diario para que nuestro olor corporal mantenga alerta nuestro olfato, señal inequívoca para muchos de que todavía no hemos caído en las garras de esta brutal covid-19. La frivolidad nos acompañará hasta la puerta del cementerio.

Sorprende también, y esto ya no es una broma, las ganas de jugar con la muerte –con la muerte ajena, en la mayoría de los casos– que les ha entrado a muchos españoles, mayoritariamente de escasa edad y menor conocimiento que, preparados como ninguna otra generación, no dudan en saltarse normas y consejos para arrejuntarse sin más protección que su contrastada inconsciencia. Como si todo esto fuera un divertido juego de rol, una señal inequívoca de lo ‘guays’ y atrevidos que son y pueden llegar a ser, o de la risa y el morbo que les da sentirse tan rebeldes como imbéciles. Como si una fiesta privada e ilegal –o una multitudinaria fiesta familiar o de amigotes, que también– fuera lo último de lo último, lo más de lo más.

Sorprende, igualmente, que el Gobierno de la nación en estos tiempos convulsos y trágicos se mantenga apoyado por formaciones que, en unos casos, detestan abiertamente a España y quieren liberarse de su yugo, y en otros están dispuestas a aparcar su odio, también ancestral, a cambio de una buena o buenísima recompensa; a esta sopa de intereses hay que  sumar al muñidor del engendro, al que desde la vicepresidencia del Ejecutivo quiere romper la baraja y no lo niega; al que quiere acabar con el Estado desde dentro del Estado, filosofía ésta que comparten los anteriores, como alguno ha verbalizado recientemente sin ningún pudor.

Pero lo más sorprendente de la representación que vemos casi a diario en el Congreso de los Diputados o en cualquier otro foro es que ninguna de estas formaciones ha tenido que abjurar de sus principios, de lo que realmente pretenden y persiguen, de sus verdaderos y meridianos objetivos. El botín les está saliendo gratis: un simple ‘Si’ a cambio del ‘gordo de la primitiva’, políticamente hablando.  Bildu, ERC, PNV y Podemos están actuando de acuerdo no sólo a sus intereses crematísticos, alguno, sino incluso también a su principios ideológicos, el resto. Han sido leales consigo mismo y con lo que representan y no son ellos los que se han tenido que bajar los pantalones para que les toque el ‘gordo’.

El que no se ha mantenido ni de acuerdo a sus presuntos ideales ni de acuerdo a su abultada hemeroteca ni de acuerdo a la histórica línea del PSOE, el gran partido de la vuelta de la democracia a España tras 40 años de dictadura, ha sido Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno y hacedor supremo de este ‘convoluto’. “Las únicas siglas que importan son PGE”, es la última frase que le ha deletreado al oído Iván Redondo para que la repita como si de un mantra se tratara. No importa nada ni Bildu ni ETA ni ERC ni PNV ni Podemos y si me apuran tampoco el PSOE, al menos el reconocible. No importa nada que se interponga en su camino; no importan los principios, sólo cuentan los finales.

Además, la pandemia se ha puesto de su parte descaradamente creando una tormenta perfecta bajo la cual todo es aceptable, todo es posible, todo es por el bien del país. La propaganda oficial no para de repetir que son unas cuentas de emergencia nacional para salir adelante en medio de una crisis sanitaria y económica sin precedentes y que todos los apoyos son necesarios, incluso los del Bildu, excepto los de Ciudadanos.

Pero estos filibusteros ya no engañan a nadie. La coartada es tan simple y barriobajera que abochorna. Son las mismas madrinas de la boda que ahora lo vuelven a ser en el bautizo del primer y quien sabe si único hijo. No son unos presupuestos que tengan como objetivo primordial combatir esta pandemia y la crisis económica que lleva acarreada, sino unas cuentas para contentar a los socios y mantenerse en el poder hasta 2023. Sánchez, hombre de memoria selectiva y que en muchas ocasiones parece estar completamente rodeado por fantasmas propios y ajenos, debería saber, y a lo mejor no sabe, que la RAE nos advierte que un filibustero es un pirata que trabajaba por la emancipación de las que fueron provincias ultramarinas de España.

En Rubalcaba Un político de verdad, la biografía escrita por el ex director de EL PAÍS Antonio Caño y que acaba de llegar a las librerías, el que fuera secretario general del PSOE, fallecido en mayo del pasado año, veía a su sucesor al frente del partido “no como un socialista ni como un socialdemócrata sino como un radical de izquierdas”, según cuenta en el libro Miquel Iceta, líder de los socialistas catalanes.

Esto nos retrotrae a la entrevista que Susanna Griso le hizo en Antena 3, tras las generales de 2016, al que fuera vicepresidente del Gobierno con José Luis Rodríguez Zapatero. En dicha entrevista, Rubalcaba señalaba: “Imagínese la que tendríamos montada si hubiéramos ido a una investidura con el apoyo de Podemos, que está en el derecho a la autodeterminación, y de los independentistas, que ni le cuento”. Venía esta respuesta a cuenta de que en aquellos comicios, el PP ganó con 137 escaños, pero la suma de PSOE, Podemos, ERC, CDC, PNV y Bildu alcanzaba la suma de 180,  una mayoría absoluta holgada.

“Gobernar España –siguió argumentando Rubalcaba– es muy complicado y exige apoyos parlamentarios sólidos si quieres hacer un buen Gobierno, pero si quieres chapucear…”.  En ese momento Griso le interrumpe y le pregunta si Pedro Sánchez quería chapucear y pactar con los independentistas.  “El argumento le conozco –responde Rubalcaba–: vamos a sentarnos con ellos y acabarán siendo buenos. Pero oiga cabe la posibilidad de sentarse con ellos y acabar siendo malos y que no te hagan caso… Yo le dije esto a él (Pedro Sánchez) y debo decir que dejamos de hablar; bueno, dejó de hablar él”.

Pero Alfredo Pérez Rubalcaba, como otros muchos socialistas de voto y de carné, hubiera seguido hablando hoy y diciendo lo que pensaba, por mucho que le invitaran a callarse, por mucho que le sugirieran que ya formaba parte del pasado, por mucho que el líder de su partido le ignorara abiertamente. Él tenía el envidiable don de la palabra, se le entendía todo con meridiana claridad y nadie le iba a tapar la boca.