Iván Redondo entre el '0' y el '1'

Es el vicepresidente ‘único’ del Gobierno. El jefe de todo. El hombre que susurra al oído de Pedro Sánchez lo que él cree que hay o no hay que hacer. Su poder es casi absoluto aunque trate de ser discreto y pasar inadvertido. Es el que manda en el ala oeste de Moncloa y nadie se lo discute. Lo hace todo bien y dicen que trabajar con este niño prodigio del márquetin político es adictivo. “Mece la cuna maravillosamente”, afirma un antiguo colaborador. Es brillante, inteligente y trabajador. Pero también despiadado y sin escrúpulos. Y no tiene más principios que los estrictamente necesarios. Se ha ganado el máximo respeto haciendo presidente del Gobierno a un cadáver errante al que los propios socialistas habían expulsado de la tierra prometida.

El 22 de mayo de 2017 fueron proféticas estas palabras a través de su blog ‘The War Room’: “Si enfocamos bien el ajedrez político que se avecina, deben saber que hay altas probabilidades de que Pedro Sánchez pueda ser presidente. Bien a través de una moción de censura (si suceden más escándalos en el seno del PP y se conforma una mayoría alternativa), o tras el resultado de elecciones anticipadas… La corrupción está hundiendo la marca PP… El ‘no es no’ simboliza ya oficialmente el auge, caída y resurrección de Pedro Sánchez. Pablo tiene el leño, pero Pedro es el que baila junto al enano rojo. Ese y no otro es el foco. ¿Habrá efecto Pedro?”, se preguntaba en la conclusión de aquél análisis.

Al igual que a su jefe, a Iván Redondo la ideología no le importa demasiado, es una variante más, y no la más importante, en busca del objetivo final que no es otro que conquistar el poder y atrincherarse en él. Quienes le han conocido en la precuela de Extremadura, cuando trabajaba para el PP, o aquí en Madrid, que lo hace para el PSOE, afirman que su compromiso social es prácticamente inexistente y que su credo de actuación sólo tiene un capítulo: que su candidato gane al precio que sea y que se mantenga en el poder, también a cualquier precio. Para él, el fin siempre justificará los medios.

En Extremadura, territorio comanche para la derecha hasta y desde entonces, hizo presidente a José Antonio Monago entre 2011 y 2015 y se ganó la posibilidad de hacer lo que le diera la gana en el Gobierno de aquella comunidad. Mandaba más que el resto de consejeros juntos, tenía un gabinete de comunicación mayor que el de Rajoy en Moncloa, en muchas repartía la publicidad institucional –cuyo montante se multiplicó hasta el infinito– en función de los favores recibidos, emprendía campañas de intoxicación y de juego sucio contra los periodistas críticos, consiguiendo incluso que a los más molestos sus medios los retiraran de hacer información de la Junta. Hacía y deshacía a su antojo en todos los terrenos y el ex bombero le dejaba hacer.

En Madrid, el ex jugador de baloncesto le ha puesto al frente de todo, y entiéndase todo en el sentido más amplio que imaginarse puedan. Repetir aquí toda la retahíla de sus cargos nos haría perder tiempo y espacio. Manda en todo lo que quiere mandar. Fue clave en la salida de España del rey Juan Carlos, en todo aquello que tiene que ver con Cataluña, en la marcha del Gobierno de coalición, en el reparto de los fondos europeos, en las negociaciones para sacar adelante el Presupuesto, en los acuerdos con Bildu y hasta puede que haya influido en el presidente para que este fin de semana, en su cuenta de Twitter, Pedro Sánchez no haya hablado de ETA al rememorar los 20 años del asesinato de Ernest Lluch, sino del “terrorismo” en genérico como causante de la muerte del político socialista.

Guillermo Fernández Vara es el nexo accidental que une al Iván Redondo del PP con el del PSOE, aunque la realidad es que este donostiarra sólo es del que le contrata, como demuestra su trayectoria. Redondo machacó literalmente a Vara durante la campaña electoral de 2011, le hizo la vida imposible, fue la diana de todos sus disparos y logró arrebatarle la presidencia extremeña, aunque fuera con la ayuda de Izquierda Unida. Ahora calla lo que realmente piensa de él aunque en ‘El Confidencial’ reconocía: “Ahora trabajamos en el mismo lado. Como suelo hacer siempre, olvido lo que saca lo peor de mí y recuerdo el resto. No deja indiferente a nadie”.

Siempre le recordaré en la redacción de EL MUNDO en Madrid cuando vino acompañando a Monago para tratar de justificar éste sus injustificables y abundantes viajes a Canarias entre 2009 y 2011 siendo senador por Extremadura. La relación sentimental con Olga María Henao –antes de alcanzar la presidencia extremeña– le llevaba dos veces al mes a Tenerife a cuenta del erario. Redondo era entonces, no sé ahora, lo más parecido que recuerdo a un comisario político de los de siempre. Y además le gustaba parecerlo, especialmente delante de periodistas, como si pretendiera acojonarlos sólo con su sola presencia, como si les perdonara la vida con su simple mirada.

Lo primero que hizo Monago, por indicación de su gurú, –en una estrategia calcada a la que puso en acción Ábalos tras su encuentro en Barajas con Delcy Rodríguez–, fue negarlo todo, luego empezaron los matices, después de más matices y aclaraciones dijo que devolvería el dinero aunque no había hecho nada irregular, y finalmente pidió perdón llorando delante de Rajoy. Nadie dudó entonces que el lagrimeo fue idea de Redondo.

Su relación con los medios de comunicación siempre ha sido tan rijosa como meridianamente clara: o conmigo o contra mí. No hay matices. En el mano a mano es brillante, parece que no ha roto un plato en su vida y desdeña condescendientemente la relevancia que le damos los medios de comunicación. Cree que casi todas las empresas periodísticas tienen un precio y la clave es averiguar el montante, no siempre económico, del mismo. Además, le perturban aquellas a las que no pueda hincar el diente. Odia las ‘fake news’ siempre y cuando no sea él quien las ponga en circulación y es por ello que colocarlo al frente de esa especie de Ministerio de la Verdad orwelliano que se ha sacado de la manga este Gobierno puede considerarse una decisión lógica y sobresaliente.

Las opiniones sobre este fontanero ilustrado son diversas. Unos dicen que es mucho más táctico que estratégico, que se mueve mucho mejor en el corto que en el largo plazo. Hay quien opina que su influencia siempre es inversamente proporcional a la personalidad y talento de sus jefes. Otros creen que acabará despeñándose porque su forma de actuar conlleva inexorablemente su caída y posiblemente la de sus patrocinados. Otros son más cautos: “Monago ganó pero también perdió por su culpa. ¿Le pasará lo mismo a Sánchez? No se sabe, pero lo cierto es que nadie creía que un ‘outsider’ como él llegara a Moncloa/Ferraz y tuviera el mando en plaza que tiene”, señala un dirigente socialista.

Durante el pasado confinamiento, una gran empresa le invitó a un desayuno virtual con su equipo directivo para que les hablara de las líneas estratégicas del Gobierno de Sánchez en esta pandemia. En un momento de la charla, Iván Redondo les dijo que él, al acabar cada semana, se califica con un ‘0’ o con un ‘1’ en función de cómo hayan ido las cosas. “Si me pongo un ‘1’ es que lo he hecho mejor que el PP y si me pongo un ‘0’ es que lo he hecho peor. El objetivo es claro: sacar muchos más unos que ceros. Así de fácil”. Uno de los directivos le preguntó por las expectativas de futuro y el gran asesor fue claro: “¿Futuro? El futuro no va más allá de esta próxima semana donde espero sacar un 1”.