Otegi, los socialistas y el culto a la personalidad 

“Lo de Bildu no tiene un pase”. La frase del socialista Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, a la que posteriormente se han unido otras equivalentes de Fernández Vara o Lambán, resume sin calentura pero con bastante claridad, lo que un amplio sector del PSOE, que no todo, ha opinado siempre de los arrumacos de Pedro Sánchez con Arnaldo Otegi, y de que aquellos arrumacos hayan dejado paso, ahora, al sexo sin protección tras el apoyo explícito del partido abertzale –un partido “demócrata”, según Adriana Lastra– a los presupuestos del próximo año.

Nicolás Redondo Terreros, ex dirigente del Partido Socialista en el País Vasco, ha ido más allá y con toda la rabia y calentura del mundo ha dicho que “cuando un Gobierno requiere la ayuda de Otegi para seguir gobernando, abjura de todo compromiso ético y nos devuelve a la España negra”. También, que el Ejecutivo olvida que los miembros de este partido “no han realizado ni la más mínima crítica a su pasado criminal y siguen convirtiendo los crímenes de ETA en un canto épico cada vez que reciben tumultuosamente a un ex preso de la banda terrorista”. Sánchez y su Gobierno, remata el ex dirigente socialista, se han convertido en un grupo de “autómatas sin sentimientos, sin alma”.

Para poner en valor las palabras de Redondo nadie mejor que Arkaitz Rodríguez, presidente de Sortu y diputado de Bildu, cuando explicaba en el Parlamento Vasco, sin tapujos ni eufemismos de ningún tipo, cuál era el único credo que guiaba sus pactos con el Gobierno central: “Nosotros vamos a Madrid a tumbar definitivamente el régimen”.

Este mismo lunes, Alfonso Guerra se ha unido también al grupo de socialistas que rechazan los acuerdos con Bildu, calificándolos de “despreciables”. Para el que fuera vicepresidente del Gobierno con Felipe González, hay muchos españoles y muchos socialistas con ganas de gritar que “¡con Bildu no! ¡con Bildu no!”. Guerra ha dicho también que Sánchez lidera un Ejecutivo “que no es natural” y que su actuación no es de autoridad sino autoritaria. Estamos viviendo –añadió– una  ‘democratura’, una democracia formal en la que se vota cada cuatro años, pero en la que se imponen determinadas cuestiones como en una dictadura.

En el otro lado, Ábalos defiende la actuación del Gobierno afirmando que Bildu ha tenido “más sentido de la responsabilidad que el Partido Popular”; Lastra ahonda en el buen talante de los abertzales y dice que ERC y Bildu han demostrado ser “partidos democráticos, partidos de país” (sic).  Y Grande Marlaska, el ministro que antes era juez, califica de normal, de acuerdo con la Ley Penitenciaria, el acercamiento masivo de presos a las cárceles del País Vasco. Lo que no ha dicho es si fue simple casualidad que el ‘sí’ de Bildu haya coincidido exactamente, pero exactamente, con el acercamiento del asesino de Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García.

Teresa, hermana del asesinado, publicaba en Twitter este fin de semana: “Hoy le he dicho a mi madre que han acercado a los asesinos de Alberto y Ascen, porque los familiares se quejan de viajar lejos. Y ella sólo ha dicho: ¿Y yo dónde tengo que ir?”

Todo lo que estamos viviendo estos días nos viene a confirmar lo acertada que resulta la frase de Thiaudière cuando dijo aquello de que en demasiadas ocasiones “la política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”. El interés particular de Pedro Sánchez pasa por aprobar, al precio que sea menester, estos presupuestos que le permitirán, piensa él, agotar la legislatura y después, cuando llegue 2023, ya veremos. Además, esta maldita pandemia, con sus muertos y su miseria, se ha convertido en la coartada perfecta del Gobierno para poder señalar con el dedo y acusar de atentar contra la ciudadanía a todo aquél que se atreva a rechazar estos números envenenados.

Y da igual que se líe sin rubor con tres partidos de los cuales dos rechazan abiertamente todo lo que huela a España y el tercero reniega sin desmayo de la Constitución y del régimen del 78. Tres formaciones para los cuales mejor cuanto peor. Y siguiendo la lógica de este hilo conductor dan igual ETA y sus víctimas o la muerte legal del castellano en Cataluña: si hay que blanquear a Otegi y los asesinatos de la banda terrorista se blanquean y si hay que poner por escrito que el español no tiene por qué ser obligatorio en todo el Estado español, pues se pone. Qué más da.

Lo del presidente del Gobierno viene de largo. Antes de las elecciones de hace un año juró y requetejuró que iba a hacer todo lo contrario de lo que hizo nada más ganar.  ¡Y ahí están las hemerotecas! Esto no es una exageración, es una realidad. Ahora, doce meses después, Iglesias es vicepresidente del Gobierno y ERC y Bildu, socios principales. La ‘corte’ del líder señala, con orgullo, que ha hecho de la necesidad virtud, pero son muchos los socialistas, dirigentes y votantes, que no lo ven así y le acusan de debilidad manifiesta, de cesiones impresentables y de haber traspasado demasiadas líneas rojas, de esas que separan claramente la dignidad de la ambición desmedida.

Los hombres del presidente restan importancia a las críticas y a los críticos y afirman que todos ellos no son nadie fuera del PSOE, según contaba este domingo Lucía Méndez en EL MUNDO. Y posiblemente tengan razón. Page, Vara y Lambán ya no son nadie, son perdedores de las primarias, recuerdan aquellos; Redondo Terreros es menos que nadie; y de Guerra, Corcuera, Paco Vázquez o Carmona –que pide una consulta a la militancia sobre los acuerdos con Bildu–, para qué vamos a hablar, son una pobre sombra que se desvanece. En los grandes partidos, y el PSOE lo es o al menos lo era cuando resultó clave para la vuelta de la democracia a España, no hay piedad para los que se salen del guión. Ha sido siempre así. También, todo hay que decirlo, con Guerra y con González.

El propio Pedro Sánchez fue víctima de la dictadura de su partido, la misma que él ahora ejerce con mano autocrática sobre los que, simplemente, no están de acuerdo ni con el despropósito de sus actos ni con el excesivo culto a la personalidad que se ha instaurado en el corredor Ferraz-Moncloa.

Un socialista de los de antes, de esos que ya no son nadie según el baremo actual, señalaba recientemente, con una buena dosis de humor, que no todo está perdido, que a lo mejor con los presupuestos ya en el bolsillo, Sánchez hace de Sánchez y de lo dicho no hay nada, manda a Iglesias a los corrales y ERC y Bildu vuelven a ser enemigos de España y terroristas legales que no demócratas.  Un hombre que fue capaz de resucitar es capaz de esto y de mucho más.

Estos días he leído, no sé muy bien dónde, una frase que el bueno de Indalecio Prieto dijo o escribió en mayo de 1936. “El gobernante es por lo común, salvo casos excepcionales y reducidos, un hombre débil entregado al oleaje de las pasiones populares”. Pues bien, hemos alcanzado noviembre de 2020 y en España, a la vista está, este oleaje sigue provocando los mismos desastres.