La conversión tardía de Pablo Casado

Después de mucho tiempo dando vueltas por las esquinas como pollo sin cabeza, Pablo Casado ha llegado a la conclusión, más quizá por el miedo a desaparecer que por la convicción de sus argumentos, de que la verdad siempre camina en línea recta y que por ella debía aventurarse, costase lo que costase, si no quería borrarse definitivamente de ser un líder de la oposición que aspira a conquistar el poder y no el hombre blandengue que ha llevado a su partido al desconsuelo y a una peligrosa mediocridad.

Su discurso de 34 minutos y 22 segundos desde la tribuna del Congreso de los Diputados el pasado jueves va a marcar, todavía es pronto para averiguar en qué sentido, su futuro como líder y la capacidad del PP para volver a ser un partido de Gobierno. Su parlamento contra Santiago Abascal y VOX, en la moción de censura del ultraderechista contra Pedro Sánchez fue, además del más brillante de su todavía corta carrera, sobresaliente en fondo y forma, rotundo, directo, inmisericorde, de esos que no hacen prisioneros. Sus palabras fueron como el caballo de Atila que allá por donde pasaba no volvía crecer la hierba. Dinamitó puentes, tapió puertas y ventanas y levantó una muralla sanitaria tan alta que va a resultar difícil derribarla cuando la necesidad apremie, que apremiará.

Lo único que se le puede y debe reprochar a Casado es el tiempo que ha tardado en caerse del caballo. El tiempo que ha tardado en comprender que VOX es lo que es sin pretender engañar a nadie; que VOX es esa ultraderecha tramontana, nostálgica en el peor de los sentidos, dura y peligrosa que nos retrotrae a tiempos pasados e indeseables. Y de todo esto, que no es poco, el líder popular parece haberse enterado en los últimos días. Atrás quiere dejar ese tiempo de equívocos que le llevaron a parecer no el monosabio de Iglesias pero si el monaguillo de Abascal. Ese tiempo en el que jugaba a no enterarse del peligro que arrastraba su sostén en Andalucía y Madrid. Ese tiempo en el que todavía no se había dado cuenta, parece ser, de que no quería ser como VOX.

Resulta demasiado fácil querer desprenderse en apenas 34 minutos de todo ese camino andado conjuntamente, hasta ayer mismo, con el “colaborador necesario” del Gobierno de Sánchez, con “la derecha que más gusta a la izquierda”, con quien pretende “suplantar al PP”, con quién es “parte del problema y no de la solución de España”, con quien “cita hasta Hitler” y es “un oportunista demagógico”, con quien sólo busca “el mejor cuanto peor” y sólo ansía “que Sánchez siga en la Moncloa” para beneficio propio, en entrecomillados del propio líder del Partido Popular.

Sólo ha visto la luz el líder conservador –y ha salido de su dudosa zona de confort– cuando se le ha venido encima una moción de censura que no era contra el presidente del Gobierno sino contra él, que no tenía como objetivo el palacio de la Moncloa sino Génova 13. En definitiva, cuando Pablo Casado se ha dado de morros con que el monstruo a quién quería comerse de verdad Santiago Abascal no era Pedro Sánchez sino el tipo que le devuelve la mirada todas las mañanas en el espejo de su cuarto de baño.

Pero a partir de ahora viene la materialización de la ruptura, la gestión de esas contundentes verdades de quita y pon que le han abierto los ojos en el tiempo de descuento, las consecuencias de los ataques personales –algunos muy personales– contra su otrora compañero de partido. Corre el peligro Pablo Casado de que el éxito y los elogios propios y ajenos, sospechosamente ajenos en algunos casos, le impidan ver el bosque. Y aceptando como sincera esta conversión tardía de Pablo Casado, toca ahora compatibilizar el éxito con la realidad y, lo que resulta mucho más complicado, las grandes sentencias con la aritmética, esa aritmética canalla y desnaturalizada que no sabe de principios ni de discursos grandilocuentes por muy honestos y sinceros que estos puedan parecer.

El mensaje que nos manda la fragmentación actual del electorado español –y la actual coalición de Gobierno es una buena prueba de ello– es que el que no suma no gana, o lo que es igual: que hay que sumar para gobernar. Y el PP parece jugarlo todo a romper esta máxima actual con el peligro que acarrearía fracasar en el intento. Y con el ataque despiadado del jueves, Casado ha puesto en peligro cualquier matrimonio aunque sea de pura conveniencia con la ultraderecha, aunque bien cierto es que en política las palabras se las lleva el viento con una facilidad insultante. Y si no, ahí tienen a Sánchez e Iglesias.

En el mejor de los casos, en su escenario soñado, el líder popular aspira a recuperar con este giro hacía posiciones centristas una gran parte del electorado que le arrebató VOX, por un lado, y Ciudadanos, por el otro. Demasiado optimismo para un partido al que la alargada sombra de su corrupción –que también se llevó un buen porcentaje de sus votos– no le va a abandonar en los próximos meses y quien sabe si años.

Pero en un escenario no tan optimista, el PP debería ser consciente de que algunos de sus tradicionales votantes quizá podrían sentirse más cómodos en la derecha de Abascal que en el centro que ahora les ofrece Casado, y que aquello que ganara por un lado bien pudiera perderlo por el otro. Los ultraderechistas, tras el espanto inicial, empiezan a ver en este movimiento de Casado una gran oportunidad para quedarse con todo el voto del espectro de la derecha. Esta maldita pandemia, además, parece jugar de su parte.

En su atrevido y valiente viaje en autopista de la derecha al centro, de poco más de media hora de duración, Pablo Casado ha abierto la caja de las truenos y ahora tendrá que aguantar todos los chaparrones que le puedan caer encima. “Es poco atractivo lo seguro, en el riesgo hay esperanza” dijo Tácito y ha debido pensar el número uno del Partido Popular a la hora de jugársela. Sabe que si gana, el futuro puede ser suyo; sospecha que si fracasa, el presente acabará con él y se convertirá en un capítulo prescindible dentro de la historia del PP.