Parlamentópoly

La partida de los tramposos acabó como estaba previsto antes de que empezara el juego. Ganó el gran tahúr, el que últimamente gana siempre, quizá por aquello de que su bocamanga es grande y esconde todas las respuestas independientemente de cuales sean las preguntas. También sacó tajada –como era de esperar– el que había propuesto la partida aún a sabiendas de su derrota pero consciente de que el paripé iría de boca en boca y de que cuanto más incendiarias, apocalípticas y vergonzantes, muy vergonzantes en muchos casos, fueran sus proclamas mayor sería la resonancia, difusión y repercusión que alcanzaran, provocando el estupor, la ira, el insulto y el verbo desatado del resto de jugadores y del público en general. Misión cumplida, ha debido pensar el pirómano.

También se salvó del incendio el que últimamente se quema siempre, pero que está vez sacó los codos a pasear para disputarle el espacio de la mesa –“hasta aquí hemos llegado”– al incendiario, apocalíptico y vergonzoso, con el que sin embargo, sigue teniendo no pocos negocios a medias, y que, con anterioridad, le había estado robando la cartera, la silla y hasta el oxígeno. Tamaña acción ha provocado no pocas expectativas –quizá demasiadas– y no sólo el aplauso de sus hasta la fecha algo desanimados seguidores sino incluso el de aquellos que siempre le hostigan, insultan y menosprecian, especialmente lo último. Que raro, ha debido pensar el eterno chamuscado.

Alguna jugadora ha querido dejar patente, con buen tino como siempre, que la partida “era puro teatro” y “algo inútil” y que los espectadores no se merecían este espectáculo ni el derroche que lleva implícito. Otro, incluso, no ha querido ni jugar quizá porque en esta mano, al contrario de lo que acaece habitualmente, no había nada que él pudiera llevarse al bolsillo.

El resto de participantes ha cumplido el expediente, deseando que el tinglado acabara cuanto antes, y se ha dedicado a bostezar, a contestar los mensajes que se amontonaban en sus móviles y a esconder la cabeza bajo el ala porque esta partida de Parlamentópoly ha resultado, además de tediosa y previsible, una pequeña vergüenza colectiva, un insultante juego de salón, un fracaso de todos y un ligero menosprecio a una ciudadanía que no se puede creer esta pérdida de tiempo, lo que hacen, y especialmente lo que no hacen, los inquilinos de la casa de los leones de la Carrera de San Jerónimo.

Una ciudadanía que es quien realmente ha perdido en esta partida de trileros del Misisipi, que diría aquél vicesecretario y vicepresidente, y que sigue en coma médico y económico y sin viso alguno de recuperación. Una ciudadanía que ve como la crispación aumenta, como la brecha, tan histórica como impresentable, entre unos y otros se hace cada vez mayor y con menos posibilidades de reducirla en el futuro, ni cercano ni lejano. Un ciudadanía que no puede entender que no se entiendan, que no comprende que con la que está cayendo y queda aún por caer, sus representantes dejen de lado la Política con mayúscula y se pierdan en debates ilegítimos más propios de los mundos de yupi en los que parecen levitar y que chocan en estos tiempos de incertidumbre, inseguridad y miedo, mucho miedo.

Toca dar la cara. Volver a la mesa. Dialogar, renunciar y pactar. Toca perder si es necesario para acabar ganando. Toca volver a la Política para que los ciudadanos no acaben repudiando la Política. Toca dejar el odio a un lado y apartar a los odiadores. Toca salir adelante con los unos y con los otros porque o salimos todos o fracasaremos como país y lastraremos hasta el infinito el futuro inmediato. Toca abjurar de cualquier intento bananero de acabar con la ya pobre separación de poderes que nos rodea y también de querer mantener representaciones que las urnas, es decir los ciudadanos, les han arrebatado a algunos. Y toca también respetar al Jefe del Estado por el simple hecho de que es el Jefe del Estado. Toca sentarse con los oponentes, pero de verdad, sin apriorismos, sin prejuicios, sin el beneficio de las cartas marcadas.

En definitiva, toca hacer todo lo que no se ha hecho en este triste tejemaneje de Parlamentópoly que hemos sufrido estos días –porque un auténtico sufrimiento ha sido– en esta partida amañada y barriobajera cuya alargada sombra amenaza con perseguirnos día y noche, como un impenitente fantasma, para nuestro escarnio, oprobio y vergüenza.