Somos el hazmellorar, no el hazmerreír

La mascarilla no sólo nos llega ya al cogote, como anticipábamos en los primeros días de agosto, cuando nos engañábamos pensando que volvíamos a jauja y el mal sueño se había terminado, sino que sobrevivimos con el certificado de defunción y el de miseria  pisándonos los talones. Hemos aceptado el ‘que sea lo que dios quiera’ como credo de  existencia. Y también hemos aceptado que nos mientan impunemente, el pulpo como animal de compañía y la inutilidad y la incompetencia manifiesta y continuada como el pan nuestro de cada día. Somos el hazmellorar, no el hazmerreír.

Todo es hoy peor que ayer y así día tras día. Nuestras cifras siguen siendo las más elevadas en todas las categorías posibles. Por desgracia vamos ganando por goleada en número de contagios y en el de muertes. España acabó este lunes con casi 291 contagios por cada 100.000 habitantes mientras que Italia, ¿se acuerdan de Italia?, apenas superaba los 35. Hasta Estados Unidos, con Trump de presidente, ha logrado tener ya mejor ratio que nosotros.

Ni hemos derrotado al virus ni hemos controlado esta maldita pandemia, como dijo Pedro Sánchez en julio. Ni la subida de los rebrotes ha sido “suave”, como pronosticó Fernando Simón en los primeros días de Agosto. Somos, simple y llanamente, “los retrasados de la Covid”, como nos denominaba el New York Times días atrás. Nuestra gestión de la pandemia ha sido la peor, la peor, con notable ventaja sobre nuestro inmediato perseguidor, como ha dejado de manifiesto recientemente el estudio de la revista The Lancet en el que comparaba la actuación de nueve países contra la pandemia.

Utilizando un símil futbolístico podemos decir sin temor a equivocarnos que somos el farolillo rojo de la primera división –la que a priori nos correspondería, aunque ya no estamos muy seguros de ello– y que ya nada va a impedir que descendamos de categoría aunque todavía estemos a la mitad del campeonato. Puede que sea por aquello de que somos diferentes, porque el virus nos tiene manía, porque tenemos mala suerte, porque alguien nos ha echado el mal de ojo, porque estamos en línea con el infierno en lugar de estarlo con las estrellas o porque quizá no hemos rezado ni hecho las ofrendas pertinentes al altísimo y merecemos su fuego purificador.

O quizá sea, simplemente, porque nuestros dirigentes políticos lo ha hecho muy mal: no han estado a la altura necesaria, nos han mentido, nos han tratado como si fuéramos analfabetos, no ha tenido el valor de reconocer sus errores y entonar el ‘mea culpa’, han jugado a la media verdad que siempre es la peor de las mentiras, a eso tan falaz de ‘o salud o economía’, o a sacarse vacunas de la chistera a la vuelta del verano como si fueran charlatanes vendiendo crecepelo en la feria. Y lo que resulta todavía más indigno de algunos comportamientos ha sido la utilización política de esta tragedia y el tratar de sacar ventaja sobre el adversario jugando con los muertos y con la pobreza de la ciudadanía mientras han jaleado incomprensiblemente a unos territorios contra otros.

Madrid es un ejemplo de esto último. De pronto la capital española se ha convertido en el eje del mal y los madrileños en apestados y no sería de extrañar que no tardando mucho se lanzara la bicha de que el virus, realmente, no nació en Wuhan sino en Cibeles. Que nadie crea que esto es una defensa de la terrible y lamentable gestión de Isabel Díaz Ayuso, que no lo es, pero si que quiere ser una defensa de la ciudadanía madrileña, que no se merece ni el gobierno de Moncloa ni el del Palacio de Correos. Por lo tanto, medio amenazar con un 155 sanitario y lanzar botes de humos sobre la Comunidad de Madrid –por su, repito, nefasta gestión– tratando de tapar los errores del Gobierno central en la gestión global de la pandemia resulta esperpéntico. Partiendo de la base de que nadie es inocente de este dislate, lo cierto es que algunos son más culpables que otros.

El pasado día 15, Rafael Matesanz, fundador y ex director de la Organización Nacional de Trasplantes, publicaba un sólido, documentado y demoledor artículo titulado ‘Las razones de un fracaso’, en el que analizaba pormenorizadamente la caótica gestión. “Tras el confinamiento estricto –escribe– vino una caótica desescalada, pilotada en teoría por un comité de expertos que luego nos enteramos que nunca existió y que en realidad obedeció en exclusiva a las decisiones y al ritmo impuesto por el propio ministerio, con sus filias y fobias pero con un factor común: se hizo más deprisa que lo que los epidemiólogos y la más elemental prudencia recomendaban, sobretodo en sus fases finales. Todo vino condicionado por envites políticos, agravios comparativos y presiones económicas que en ningún momento debieron disfrazarse de decisiones técnicas de expertos sanitarios porque nunca lo fueron”.

“La vuelta al trabajo del Gobierno tras las vacaciones –dice también– se tradujo simplemente en recordar que algún día tendremos la vacuna que nos salvara y que desde la finalización de la desescalada, la gestión de casi todo, crisis sanitaria incluida, es una competencia de las comunidades y que aparentemente el Gobierno tiene poco que decir”.

Matesanz afirma que el hecho de que el Gobierno central “haya mirado para otra parte” en la gestión diaria de la pandemia “le ha proporcionado una victoria pírrica, pero vitoria al fin y al cabo”, porque “ha puesto de manifiesto la más que deficiente gestión de las comunidades autónomas de distinto signo, con lo que las responsabilidades se diluyen desde el punto de vista político”.

“En suma –sentencia el ex responsable de los trasplantes en España– la evolución del coronavirus en España bien puede considerarse un fracaso colectivo. Desde luego de nuestras autoridades estatales y locales, de un sistema autonómico mal estructurado, y que si en situación basal ya es difícil de gestionar en caso de conflicto se vuelve abiertamente inmanejable, incapaz de ofrecer respuestas adecuadas… Y también, por qué no decirlo, de una población que hastiada de incompetencias y mensajes cambiantes ha relajado las precauciones con el riesgo de caer en una trampa mortal”.

Pero Matesanz no se queda ahí y lanza una seria advertencia para rematar su exposición: “Tan solo una reconsideración global e independiente de lo ocurrido, y un plan establecido con unas medidas claras, consensuadas por las fuerzas políticas y agentes sociales, y con un liderazgo firme que transmita confianza, y del que por desgracia distamos mucho de disponer, podría revertir esta situación que de mantenerse nos puede conducir aparte de a la catástrofe sanitaria a la ruina como país. Cada vez hay menos tiempo para evitarlo”.

Haciendo mía una idea que acabo de descubrir en un libro de Nick Herron, podemos decir sin temor a equivocarnos que nos estamos perdiendo y va a resultar imposible que nos podamos encontrar, que deambulamos con la sensación de estar en el tiempo de descuento, como si estuviéramos en ese intervalo que va entre la fecha de caducidad y el momento en el que la leche se estropea irremediablemente.