Todos deberíamos volver al cole

Tocan tiempos difíciles que prometen tiempos más difíciles todavía. Todo sigue del revés, las ciudades continúan dormidas, nosotros seguimos sin tocarnos, sin mirarnos a la cara, embozados tras una mascarilla que a priori nos protege de esta maldita plaga pero que, en realidad, nos ayuda a ocultar una tristeza infinita y perturbadora que nos está reduciendo a la nada. Los días pasan pero nosotros nos estamos quedando atrás. Los contagios siguen creciendo y las cifras de muertes y de negocios fundidos avanzan lenta pero inexorablemente. Los números y las comparaciones insisten en que somos los peores aunque algunos de nuestros gobernantes nos quieran seguir dibujando contornos propios de un ‘planeta piruleta’.

La vuelta a las aulas es el último ejemplo de este desgobierno colectivo que no salva a nadie y desnuda a todos, tanto al gobierno central como a los autonómicos. La realidad empieza a ser un lugar horrible pero es lo que hay y toca aguantar. A estas alturas deberíamos tener tantos planes alternativos, y no sólo para nuestra escuela, como letras tiene el abecedario. Pero no, nos hemos anclado en la primera vocal y parecemos incapaces de ir más allá, de garantizar la salud de nuestros alumnos y de sus docentes. No podemos asegurar ni su educación ni su salud, y nada, repito, nada debería avergonzar más a un país que no saber cuidar y proteger a quienes más precisan ser cuidados y protegidos.

“Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo” escribió Cortázar. Pero nuestros políticos, a la vista está, no han leído Rayuela todavía y van a la suya que no es ni mucho menos la nuestra, toda vez que la punta de sus zapatos sigue entrando cada vez más y más en nuestros traseros, como también anticipó el gran escritor argentino en el citado libro.

Lo de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo no está en el ADN del Gobierno ni tampoco en el de la oposición. En la política con minúsculas, la que por desgracia nos toca sufrir, la rectificación no forma parte de las prioridades de nuestros dirigentes. No saben decir ‘nos hemos equivocado’ y la palabra perdón no esta en su reducido vocabulario. Prefieren seguir adelante con sus mentiras y con la punta de sus zapatos golpeándonos sin vergüenza. Prefieren jugar tan sucio como sea posible, mentir sin pudor, tratar de rentabilizar la mediocridad del oponente y mantenerse en sus trece antes que reconocer ante la ciudadanía que su gestión de esta maldita pandemia, por citar un ejemplo que sigue muy presente en nuestras vidas, está marcada mucho más por sus errores que por sus aciertos. El doctor Pedro Cavadas, cirujano reconocido mundialmente por sus trasplantes faciales, verbalizaba a mediados de agosto una verdad como un templo: “No ha sido el virus sino la respuesta lo que ha provocado un empobrecimiento de España”.

Estamos tan perdidos como una aguja en un pajar con el agravante de que seguimos sin saber, incluso, dónde está el pajar. Todos deberíamos volver al cole. Todos deberíamos volver a ser conscientes de que nada sabemos y que hay que empezar de nuevo, porque todo aquello que creíamos saber se ha demostrado inútil para estos tiempos convulsos donde nada es lo que fue ni tampoco lo que parece. Nos hemos quedado pegados a un pasado ya inexistente con la misma intensidad que las moscas lo hacen a una cinta embadurnada de miel.

Nuestros políticos deberían ser los primeros en volver al cole: los que mandan y los que aspiran a ello. Unos y otros siguen demostrando que tienen una relación oblicua con la verdad, con la simple, pura y llana verdad. El PSOE porque quiere seguir controlando este desastre al precio que sea, sin importarle las escandalosas cifras, sanitarias y económicas, que acompañan su gestión. El PP porque continúa preso de un pasado cercano repleto de corrupción y podredumbre, y no parece lo suficientemente valiente como para romper amarras con las cloacas de sus antepasados. Y luego está la alegre muchachada de Podemos, que deambula mucho más cerca de las páginas de sucesos que de las de política y que se han convertido en ‘casta’ a las primeras de cambio porque han demostrado ser alumnos aventajados a la hora de adquirir los peores vicios, sólo los peores, de los grandes partidos.

En su libro ‘El mal de Corcira’, el siempre sobresaliente Lorenzo Silva echa mano de Tucídides, el autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso, para hablar de nuestros días con palabras dichas por éste en el 400 antes de Cristo. Escribió entonces el escritor e historiador griego que en demasiadas ocasiones la acción política no se funda en el bien común, que es lo que inspira las leyes, sino en la codicia y la ambición de poder que animan a los hombres a infringirlas; y también que –seguro que les suena– quienes cometen acciones más odiosas más renombre alcanzan, y quienes son más mediocres se imponen una y otra vez porque a ellos no les tiembla nunca el pulso a la hora de actuar.

Pero también el resto de los ciudadanos deberíamos hacer autocrítica y volver al cole con urgencia, y no sólo para descubrir a Tucídides. Si nuestros políticos no han estado, no están, a la altura que requiere el momento, nosotros tampoco. Vivimos en la inopia, sin saber a ciencia cierta todavía a qué nos estamos enfrentando, y seguimos caminando a ciegas –sólo hay que ver los angustiosos y repetitivos informativos televisivos día tras día– entre bodas, bautizos y comuniones; entre fiestongas y botellones; entre milongas y tangos; entre la desesperación y la estulticia, sin ser lo suficientemente conscientes de que este virus sigue y seguirá matando si no somos capaces de poner en juego la cordura, el talento, la honestidad y la sinceridad que en demasiadas ocasiones les falta a quienes nos gobiernan.