La mascarilla ya nos llega al cuello  

Vivimos atrapados en una burbuja aunque no seamos muy conscientes de ello; avanzamos a sabiendas en una irrealidad con la que pretendemos huir de todas las maldiciones que nos acechan. La mascarilla ya nos llega al cuello. Vamos de puntillas por la vida como si nos diera miedo pisar fuerte, como si temiéramos que con un zapatazo de más todo se resquebrajara y la realidad nos acabara alcanzando; como si sobreviviéramos en un mal decorado de película barata y fuéramos simples actores secundarios que corren el riesgo de desaparecer con un simple chasquido de dedos.

El agosto de siempre ha desaparecido. Se ha convertido en un mes fantasma y nosotros deambulamos por una realidad paralela por la que transitamos inconscientemente soportando la carga de un pasado cercano y terrible, y con la incertidumbre de lo que nos vaya a deparar un futuro inmediato repleto de sombras y fantasmas.

Septiembre nos devolverá a la cruda realidad. Y que nadie dude de que realmente será cruda y difícil de digerir. El bicho va a seguir haciendo su trabajo y demasiados ciudadanos van a perder el suyo. Los hospitales volverán a estar en coma inducido y las oficinas del paro seguirán  fichando enfermos terminales.

Pero mientras llega el infierno, jugamos a engañarnos con este presente falsamente inocuo en el que parece que no sucede nada pero en el que todo lo que se intuye nos hace temblar. Los medios de comunicación no dejen de meternos el miedo en el cuerpo y las imágenes de los informativos televisivos se repitan a diario con verdades absolutas pero con protagonistas distintos. Nos cuentan la realidad cada veinticuatro horas sin caer en la cuenta de que es idéntica a la del día anterior y por supuesto a la del informativo del día siguiente. Pero el mensajero no tiene la culpa porque el mensaje que difunde es repetitivo pero cierto. Muy cierto.

‘Los brotes de gilipollas superan a los del coronavirus’ leo en un meme que resulta tristemente veraz. Todos los datos que nos llegan nos colocan a la cabeza de lo peor. Todos. No hay día que no veamos vídeos que no deberíamos ver o leamos noticias que no deberíamos leer si los de a pie hubiéramos aprendido algo, sólo algo, de las enseñanzas de esta maldita pandemia que ya se ha llevado por delante a más de 40.000 españoles

Pero entre que los ciudadanos no hemos aprendido todo lo necesario, o parece darnos igual, y que estamos en manos de incompetentes que no han aprendido lo que sí han debido aprender los responsables político-sanitarios de los países de nuestro entorno, el resultado no puede ser más devastador. La estupidez ciudadana, televisada en directo en prime time todos los días, se ha convertido en la coartada perfecta bajo la que nuestros gobernantes –nacionales y autonómicos– están ocultando su nefasta y quien sabe si delictiva gestión de esta pandemia.

No sé si nuestra clase política dirigente –nacional y autonómica– es la más mediocre, inútil o torpe, pero lo que si sabemos, a la vista de las evidencias irrefutables que nos rodean, es que lo parece. Sea lo que fuere, lo cierto es que la incidencia del coronavirus en España ya triplica la media europea, y en el último mes multiplica por ocho los casos de Italia, el primer país europeo donde golpeo con fuerza el virus. Miguel Sebastián, ex ministro socialista, afirma que no podemos seguir negando que tenemos serios problemas: “El principal de todos es no saber lo que está pasando”.

Y la respuesta parece seguir estando en el viento, muy lejos del alcance de un Gobierno central que debe seguir pensando que “este problemón del demonio” está provocado porque estamos en la misma línea que Pekín, Teherán, París, Nueva York… como dijo en su día la vicepresidenta Carmen Calvo. Y muy lejos también del alcance de un Ejecutivo que sigue al pie de la letra las recomendaciones de su inexistente comité de expertos.

Desde el punto de vista del número de contagios estamos igual o peor que en mayo. Y sólo con decirlo en voz alta un escalofrío nos recorre de arriba abajo. ¿Por qué? ¿Por qué el país se va de vacaciones, con sus líderes a la cabeza, cuando la tierra se está abriendo bajo nuestros pies? La respuesta es clara y hasta cierto punto comprensible si nos ponemos en la piel de muchos ciudadanos: hemos convertido agosto en un gran paréntesis que separa lo malo vivido de lo peor, quien sabe, que nos queda por vivir; y hemos aceptado esta mentira piadosa, este engaño, este balneario virtual como si fuera una válvula de escape después de tanta tensión acumulada, de tanto miedo, de tanto sufrimiento, de tanta muerte; como si fuera una vacuna preventiva para lo que nos puede deparar el mañana inmediato.

A nadie en su sano juicio se le escapa que es imprescindible tratar de compatibilizar salud y economía, que hay que mantener una cierta actividad económica para que el tinglado no se vaya abajo, para que nuestra economía no se despeñe aún más y para que el número de parados no siga creciendo exponencialmente. Pero todos los datos que nos van llegando demuestran que seguimos fracasando en la salud y que en la economía no sólo no vamos mejor sino que el otoño nos va a demostrar que todo, siempre, puede empeorar.

Pero ahora, y hasta el próximo día 31, viviremos dentro de un cuento que nos retrotraerá a tiempos pasados y mejores aunque desgraciadamente no vaya a tener final feliz. Y hasta que nos alcance la dura realidad nos mentiremos a nosotros mismos, reiremos y soñaremos, sabiendo que llegará septiembre, abrirá sus fauces y comenzará a devorarnos lenta pero implacablemente.