El otro coronavirus

Las largas vacaciones que empieza a tomarse el emérito no son el final de nada sino el principio de todo. Sus conocidas escaramuzas financieras no sólo le han llevado camino del ‘exilio’ sino que han dejado a su hijo chamuscado y a la institución que representa en un estado de inseguridad alarmante y en una posición excesivamente comprometida. Felipe VI queda en libertad vigilada, huérfano y al albur de ese otro coronavirus que nos acecha y para el que, por desgracia para él, no existe mascarilla preventiva ni más vacuna que el paso de un tiempo que se va a tener que ganar a partir de ahora mismo.

En su carta de despedida, Juan Carlos I vuelve a pecar de la prepotencia que caracteriza al que se siente impune. Ignora la tropelías cometidas, se sitúa por encima de los demás, cree estar siendo injustamente tratado y piensa que sólo Dios y la Historia pueden juzgarle. Habla sin pudor de “ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada”, de “mi legado y mi propia dignidad”, de actuar “guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles”, del “profundo sentimiento” que le provoca la decisión tomada y de que “siempre ha querido lo mejor para España y para la Corona”.

La misiva no tiene un pase. Los jefes de Estado lo son a jornada completa y con dedicación exclusiva y no tienen vida privada, especialmente si utilizan ésta para embolsarse 100 millones de dólares por lavar la cara de un régimen tan alejado de los derechos humanos como el saudí. La dignidad hay que ganársela y no es escondiendo el dinero en cuentas suizas y de espaldas al erario público como se alcanza. Por eso, hablar de legado, de servicio a los españoles y de querer lo mejor para España y la Corona después de todo lo que se está sabiendo suena a broma macabra, que diría Sabina.

Los defensores de lo indefendible –mayoritariamente los mismos que durante años miraron para otro lado y le rieron las gracias a Campechano– argumentan los servicios prestados por el emérito en el pasado como si aquellos, que lo fueron e importantes, le garantizaran un derecho de pernada permanente, una inmunidad absoluta y una excepcionalidad a aquello de que todos somos iguales ante la ley.  No hay defensa ética posible para lo que el emérito hizo en el ejercicio de su funciones. Aquí nos daba y nos da igual que tuviera una reina y una amante real, o muchas, pero no su pasión por la pasta y su falta de escrúpulos para conseguirla.

Ahora se va donde quiera que se vaya y deja a su hijo con el agua al cuello y con un Gobierno dividido que defiende a Felipe VI con la boca pequeña y le ataca con la grande. PSOE y Podemos tienen objetivos claramente contrapuestos en relación a la Casa Real. Pablo Iglesias lo tiene muy claro y pone el punto de mira sobre el actual jefe del Estado para evitar que se lo pongan a él, inmerso en no pocas corruptelas de peligroso recorrido judicial para sus intereses. Es el que más fuerte está jugando para que se rompa la baraja, quizá con el objetivo de actualizar la famosa frase de Alfonso Guerra cuando los socialistas llegaron al poder en 1982 y dijo aquello de que a partir de entonces a España no la va a iba a conocer ni la madre que la parió. Y en esto anda ahora el vicepresidente ante la aparente apatía del presidente.

Pedro Sánchez, por su parte, juega a Pedro Sánchez. Parece que defiende al inquilino de la Zarzuela pero dada su trayectoria de principios inquebrantables no sabemos si realmente está o no con él o si simplemente está dejando pasar el tiempo para que sea éste el que acabe determinando qué postura tomar. Por el momento se mueve en un terreno que maneja perfectamente, el de la ambigüedad, a la espera de aprobar unos presupuestos que le permitan seguir adelante y quien sabe si acabar la legislatura. Y para ese viaje necesita, sí o sí, los votos del partido del vicepresidente que quiere acabar con la monarquía.

No creo que a nadie medianamente inteligente se le haya pasado la coincidencia de fechas entre esta maldita pandemia que se ha llevado por delante a decenas de miles de españoles en medio de una gestión gubernamental muy criticada por los ciudadanos y la explosión del ‘caso Borbón’ que ha finalizado, momentáneamente, con la salida de España del todavía rey emérito. Las noticias de los 100 millones de Arabia Saudí coincidieron con el inicio del estado de alarma; a los pocos días, cuando las cifras de muertos no paraban de aumentar, llegó el maletín con 1,9 millones de Bahréin. Después siguieron aterrizando más y más noticias escandalosas del emérito, más y más declaraciones realizadas ante la justicia en 2018 y 2019. Luego llegaron los audios, el dinero en efectivo, la dirección del palacio de la Zarzuela y la firma del entonces jefe del Estado, la pasta mensual y en efectivo para sus gastos, los apartamentos, los regalos a la amante… Es como si alguien hubiera abierto el cajón de los secretos y se hubiera puesto a repartirlos por todas las redacciones.

Pero aunque es verdad que las casualidades no existen y que la corrupción del antiguo  jefe del Estado es un divertimento fascinante y una maniobra de distracción en medio de tanto contagio, de tanto disparate, de tanto muerto, de tanto virus, de tanto error, de tanto portavoz, de tanto Galapagar, de tanto dinero negro, de tanto ‘caso Dina’… aunque todo esto es verdad, no es menos cierto que lo publicado sobre Juan Carlos I tiene visos de realidad: podemos sospechar de la oportunidad de su publicación pero no de la existencia de los 100 kilos, las cuentas suizas, el maletín de Bahréin, los apartamentos, los regalos a la amante… El que se haya ido como se ha ido demuestra que a lo peor todavía queda mucho por saber.

Que Felipe VI, que hasta el momento ha tenido un comportamiento acorde con lo que se esperaba de él, salga indemne de las fechorías de su padre dependerá de que nada, absolutamente nada de lo ya sabido o de lo que nos queda por saber, acabe rozando aunque sea mínimamente al actual jefe del Estado. Y como decíamos en el primer párrafo no estamos en el final de nada sino en el principio de todo.