Vamos camino de nada

Cada día que pasa nos vamos haciendo a la triste realidad de que todo, todo, es susceptible de empeorar en las 24 horas siguientes. En la salud y en la economía. No hay un solo atisbo de optimismo por ninguna parte. El pesimismo se ha introducido alarmantemente en nuestras vidas y nos ha dado la vuelta sin contemplaciones. Ya no somos lo que éramos: nos estamos volviendo más cobardes, miedosos e insolidarios, mucho peores de lo que pudiéramos imaginar. Que íbamos a salir juntos y mejores se ha demostrado que es, además de un chiste de mal gusto, una auténtica patraña para ignorantes que se creen todo lo que cae del cielo. Estamos rodeados y no parece que podamos escapar. Los datos médicos y los económicos nos dibujan un horizonte terrible donde la palabra catástrofe ya no suena exagerada. Winter is coming aunque esté empezando agosto y el calor nos achicharre.

Pero no hay que preocuparse porque somos los mejores, porque somos unos auténticos campeones. Campeones del mundo en número de parados, campeones del mundo en la caída de nuestra economía, campeones del mundo en la mortalidad durante la pandemia, campeones del mundo en residencias de ancianos, campeones del mundo en rebrotes, campeones del mundo en comités de expertos inexistentes, campeones del mundo en mentiras impunes, campeones del mundo en número de altos cargos, campeones del mundo en diplomacia y política exterior, campeones del mundo en estupidez, prepotencia y manipulación, campeones del mundo en portavoces estúpidos, prepotentes y manipuladores, campeones del mundo en hacerlo tan asquerosamente bien que el país se nos viene abajo; somos campeones del mundo en onanismo autocomplaciente… Nos quieren hacer creer que todo está bajo control cuando la realidad nos dice que además de mascarilla muy pronto tendremos que cargar con la bombona de oxígeno para poder sobrevivir al virus y a los números rojos.

Vamos camino de nada, como dejó escrito José Antonio Labordeta. Y algo se ha tenido que hacer mal, rematadamente mal, para llegar a esta estremecedora nada –‘inexistencia total, carencia absoluta, sensación de vacío o inexistencia’, según leemos en el diccionario de la RAE– que nos está devorando lenta pero inexorablemente. Y limitarnos a culpar de esta hecatombe a la maldita pandemia, a la mala suerte y a no sé cuantas chorradas más para justificar los puestos de campeonato que ocupamos en todas las listas negras que imaginarse puedan en estos tiempos convulsos no es la respuesta que precisamos los ciudadanos a tenor de la gravedad de la situación y del futuro estremecedor que nos aguarda.

Hemos fracasado. Cuando nos han cambiado el guión preestablecido no hemos sabido cómo continuar la historia de nuestra vida. Cuando un monstruo inesperado ha salido a nuestro encuentro no hemos sabido afrontarlo con la pericia necesaria. Es el mismo monstruo al que se ha enfrentado el mundo entero pero, a tenor de los datos, lo hemos hecho mucho peor que los países de nuestro entorno. Mucho peor: nuestros datos de fallecidos, de contagiados y de rebrotes son vergonzantes y nuestros datos económicos empeoran todavía este calificativo. Hemos fracasado como país. Han fracasado los gobernantes y no hemos estado a la altura los gobernados.

Empezando por los ciudadanos de a pie hay que decir que no hemos sabido ser libres con responsabilidad. Sin prohibiciones de por medio no hemos sido capaces de comportarnos ni con la inteligencia ni con la prudencia ni con la solidaridad necesarias. Y las cifras provocadas por tamaña insensatez se han disparado y nos han vuelto a colocar al borde de un abismo del que todavía no nos habíamos alejado lo suficiente. Las imágenes de nuestras playas, terrazas, fiestas y botellones nos sirven para recordar que tenemos lo que nos merecemos.

Pero esto no borra, ni por asomo, que nuestros gobernantes hayan demostrado una ineptitud escalofriante, una ineficacia absoluta además de una querencia enfermiza por el ocultamiento, las mentiras o las medias verdades. Nos han tomado por imbéciles y como tal nos han tratado. Nos han engañado y nos siguen engañando en nuestra cara sin pudor alguno. Han hecho del ocultamiento, la mentira y la media verdad una forma de comunicación y han confirmado lo que ya dijo Mark Twain, que una mentira llega al otro lado del mundo mucho antes de que la verdad se ponga las botas.  A nadie se le ha pasado por la cabeza decirle la verdad a los estúpidos.

Y mientras el castillo de naipes en el que nos hemos convertido se desmorona, Vox nos amenaza con una moción de censura de autopromoción que sólo servirá para que José Félix Tezanos se frote las manos. La siempre peligrosa extrema derecha le dará otro bocado a la ‘derechita cobarde’ y ésta a su vez se alejará aún más del partido del presidente como sentenciará el CIS cuando acabe la farsa. Abascal se alía con Sánchez para que Casado, todavía el jefe de la oposición, se diluya aún más, si ello es posible. El líder de Vox se presentará, por primera vez, como candidato a la presidencia; el líder del PSOE jugará el partido que más le gusta contra “los herederos del franquismo” y el líder del PP se quedará en tierra de nadie y correrá el serio peligro de caer, ya definitivamente, en el vacío y en la inexistencia.

No hay esperanza a la vista y posiblemente lo peor todavía esté por llegar cuando este ardiente y extraño agosto de paso a un otoño negro y profundo que se adivina exterminador. Vamos camino de nada: de cabeza, cuesta abajo y sin frenos.