Mejor que el cheque de la UE no haya sido en blanco

El gran titular del día pasa por Europa. Llevábamos cuatro días en vilo, con los jefes de los veintisiete socios encerrados en una cumbre a cara de perro, hasta que hace unas horas, de madrugada, todos rubricaban un acuerdo que supone la emisión de deuda europea común a gran escala para financiar la recuperación, usando como garantía el presupuesto de la UE. Se trata de un acuerdo histórico, es cierto, sobre todo por lo impensable que se antojaba hasta hace unos meses, pero más histórica es la pandemia que lo ha trastocado todo. Con matices. Los cambios han sido fruto de la perentoria necesidad de intentar amortiguar el desplome económico que se avecina, pero el mensaje que llega alto y claro desde la UE es que la solidaridad entre hermanos tiene un límite que pasa por apretarse el cinturón en casa y rendir cuentas de lo que se gasta.

Disculpen tamaña frivolidad, pero ¿estarían dispuestos a dar dinero, que no prestar, a quien lleva tiempo demostrando no utilizarlo (solo) para lo realmente urgente y necesario? ¿No intentaría, al menos, exigir cierto control del gasto? ¿Tener voz y voto a la hora de decidir a dónde van a parar sus fondos? Al primer ministro holandés le hemos puesto de todos los colores por abanderar la negativa a que mamá Europa se mostrara benevolente con España e Italia, pero llueve sobre mojado y Rutte, a pesar de los elogios que no hace mucho dedicó a Sánchez y, especialmente, a Rajoy por haber “salvado” in extremis a España del rescate, ha liderado una oposición inédita que solo Merkel y Macron han sabido templar para que la maratoniana cumbre no acabara en precipicio. Rutte, además, no ha estado solo. Contaba con el apoyo de los llamados frugales y el de sus electores para ir rechazando, uno a uno, cualquier plan alternativo que se le presentara, aunque el mismo llegara con importantes rebajas. Sin condiciones no iba a dejar que mamá ayudara, así sin más, a los hermanos que no demuestren, a cada paso, que salvar la economía, la salud y el bienestar de sus ciudadanos está siempre por encima de cualquier ideología, de cualquier cargo.

Reforzado por su propia gestión de la pandemia que basó en un discurso de madurez y responsabilidad social - no decretó en ningún momento el estado de alarma -, Rutte ha esgrimido que si esto ha sido lo que ha exigido a su pueblo, es coherente que lo pida a los representantes políticos de sus hermanos europeos. Su homólogo portugués, António Costa, llegó a advertirle, durante una de las tensas reuniones, de que corría peligro de convertirse en “rehén de los populismos electorales” pero el peligro del populismo, para colmo extremista y de baja altura política, donde ya se ha instalado es en los gobiernos de los países que necesitan esas ayudas, Italia y España. Rutte ha inyectado miles de millones de euros en la economía de su país, en ayudas para autónomos y para los que pierden su trabajo por esta crisis. Ha pedido a los prestamistas que sean solidarios con quienes no puedan pagar su hipoteca y a los propietarios, que tengan paciencia con los inquilinos en dificultades. Y para todo ello, por supuesto, su política no pasaba por estar dando dinero a los de fuera.

Nadie esperaba una crisis de suprema fuerza mayor como esta, pero su gestión sí está en manos de cada país. Con independencia del trágico impacto sanitario, España e Italia tienen economías que dependen en buena parte del turismo que aún tardará en volver, en parecerse a lo que era. Sin embargo, Sánchez ha ido a pedir ayuda sin moverse un ápice de su descontrolado, ineficaz y demagógico plan de vuelo. Apoyado en una estrategia a base de estrafalarias ruedas de prensa, datos que jamás han sido ciertos, expertos ocultos como si fueran a robárnoslos por su sabiduría igual que en tiempos del telón de acero y en decretos de estado de alarma que, por su contenido, lo que hicieron fue alarmarnos.

A los frugales se les ha apelado con imágenes – verdaderas, estas sí – de las colas del hambre en España y se les ha acusado de insolidaridad, pero la realidad es que Europa es simplemente un club, más financiero y comercial que otra cosa, y cada gobernante mira a lo suyo. ¿Hay alguien que se considere solo europeo? Nos separan demasiadas cosas. Se veía el fin del club si no se llegaba a un acuerdo. Ahora Sánchez asegura ufano que vuelve a casa con la ayuda que pedía, pero el compromiso firmado es en realidad un grave revés para las pretensiones iniciales de nuestro presidente, que aspiraba a lograr mucho más. El acuerdo final rebaja de 500.000 a 390.000 millones el volumen de subvenciones a fondo perdido, que para Madrid y Roma eran esenciales con el fin de mantener su deuda pública bajo control. El resto de las ayudas, 360.000 millones, serán créditos a devolver.

Además, el fondo para la recuperación incluye el veto que España siempre ha querido evitar porque supone que los países nórdicos podrán paralizar las ayudas si consideran que Sánchez no hace las reformas y ajustes exigidos. Ajustes que deberían empezar por adelgazar al mastodonte gubernamental de 22 ministerios y meter la tijera en el exagerado gasto público que lleva décadas lastrándonos sin piedad. A ningún español nos gusta que desde el norte de Europa nos tilden de vagos y manirrotos, cualquiera se congratula de que finalmente lleguen fondos de la UE. Sí, Sánchez ha venido con un primer cheque en el bolsillo. Personalmente, suspiro de alivio de que no haya sido en blanco.