La familia real catalana en el banquillo

Aunque por el momento sólo sea virtualmente, imaginarse a la familia real catalana sentada en el banquillo, acusada por la Audiencia Nacional de formar una ‘organización criminal’, es una de esas visiones que reconforta a los ciudadanos de bien y nos hace creer, aunque sea por unos minutos, que la Justicia sí es igual para todos. Y aunque llega con un insultante retraso, ver a Jordi Pujol i Soley, a su esposa Marta Ferrusola Lladós y a sus siete hijos acusados de enriquecimiento ilícito y de comportamiento corrupto y mafioso durante décadas es una victoria indiscutible del Estado de Derecho y una sorpresa indescriptible para los más escépticos.

Durante demasiado tiempo hemos visto con desesperación e impotencia cómo las noticias de las andanzas claramente delictivas del clan del molt honorable se hacían invisibles aunque estuvieran siempre relacionadas con cuentas en el extranjero, comisiones ilegales, contrataciones irregulares y escandalosos tratos de favor al amparo de los 23 años en los que el jefe de la banda fue president de la Generalitat. Eran tiempos en los que, por acción u omisión, todo esto se autodestruía, pasaba de largo por las puertas de los tribunales y mirar para otro lado parecía ser una cuestión de Estado, otra más.

Y daba igual que las noticias se tradujeran en obscenas cantidades de dinero que parecían caídas del cielo, en bolsas de billetes que viajaban de un lado a otro, en colecciones de automóviles de lujo, en cuentas en paraísos fiscales de medio mundo, en inversiones multimillonarias en el otro medio. Y daba igual que muchos se preguntaran, nos preguntáramos, de dónde salía tanto y tanto dinero. De donde no salió, seguro, es de esa herencia que les dejó el abuelo Florenci y que parece haberse convertido, vistos los resultados, en la madre de todas las gallinas de todos los huevos de oro. La familia real catalana siempre ha operado en medio de una total impunidad que los hacía intocables, casi inviolables, por utilizar una palabra tan de moda ahora.

Hay un cierto paralelismo entre las andanzas de Juan Carlos I y de Jordi Pujol. Si tú llevas a cabo una fechoría y nadie te dice nada puede ser que seas hábil y listillo. Si lo sigues haciendo a la luz del día, en numerosas ocasiones, por tierra, mar y aire, y continúan sin decirte nada es indudable que una red de protección te mantiene a salvo.  Los gobiernos de Madrid, tanto del PSOE como del PP, dieron cobertura a todo aquello que llegaba de Cataluña. Y mucho más si implicaba a la familia del president. Hablamos de los tiempos en los que ambos partidos, no sólo el popular, hablaban catalán en la intimidad, llevarse bien con la Convergencia de Pujol, o con sus herederos después, significaba estabilidad parlamentaria y oír, ver y callar era la  opción más inteligente.

Pero no sólo los gobiernos de Madrid. Las grandes empresas, y las no tan grandes, también pasaron por el aro catalán. En los distintos sumarios en los que se detallan las fechorías de la familia Pujol encontramos a muchas de ellas. Y lo mismo podríamos hablar de los medios de comunicación; la mayoría de los catalanes estaban –siguen estando– fuertemente subvencionados por la Generalitat con lo cual la discreción estaba garantizada; y algunos de los de Madrid también gozaban del favor del Govern, lo que aseguraba una cierta prudencia informativa por su parte.

Para Pujol i Soley, Cataluña siempre ha sido su gran armadura para defenderse de las consecuencias de sus tropelías. Ya se presentó como “una víctima del Estado español” cuando llevó a la bancarrota a Banca Catalana, entidad de la que era vicepresidente ejecutivo hasta que abandonó el puesto para presentarse a las elecciones que lo coronarían como president de la Generalitat. La quiebra le costó al erario público 345.000 millones de pesetas, y aunque los fiscales José María Mena y Carlos Jiménez Villarejo presentaron una solvente y documentada petición de procesamiento contra Pujol, que ya reinaba en Cataluña, y otros 17 directivos del banco por presuntos delitos de apropiación indebida, falsedad en documento público y maquinación para alterar el precio de las cosas, la Audiencia de Barcelona desestimó procesar al ya monarca de la Ciudad Condal y alrededores al estimar que no había indicios racionales de criminalidad.

Entonces y siempre la utilización de Cataluña y el “Madrid nos roba” que nació, creció y se desarrolló bajo su reinado, han sido el manto bajo el cual todo ha sido posible. Y cuando alguna nube se avistaba en el horizonte de sus intereses, el nacionalismo, primero, y la independencia, después, se convertían en el arma arrojadiza que siempre hacía temblar al Estado. Y cuando el miedo entraba en acción el resultado era siempre el mismo: más dinero para Cataluña, más competencias para Cataluña y más vista gorda para la familia del president de Cataluña.

El propio Pujol lanzó la amenaza, bajo la cual seguimos, cuando en 2014 se vio obligado a ir a declarar al Parlament tras haberse descubierto las cuentas de la familia en Andorra y haber tenido que confesar que durante 34 años mantuvieron 140 millones de pesetas en el extranjero lejos del alcance de Hacienda. “Cuando se sacuden las ramas del árbol se pueden caer todos los nidos”, dijo en abril de ese año, cuando las grietas ya eran evidentes en la coraza de rey invicto.

Ahí empezó, de la mano de Artur Mas, el hijo político del monarca descabalgado que puede seguir los pasos de su mentor, la deriva independentista que todavía nos acogota. El miedo a la Justicia y al trullo hicieron que los nidos empezaran a volar y nos trajeran en 2017 el referéndum ilegal del 1 de octubre y, posteriormente, el 27 del mismo mes, la proclamación de la República Catalana.

Un alto porcentaje de las pretensiones independentistas de Cataluña ha pasado siempre por el bolsillo de Jordi Pujol y su ‘organización criminal’. Él ha sabido manejar de manera sobresaliente los anhelos legítimos de una parte de su pueblo para adaptarlos a las circunstancias; vaivenes que siempre han fluctuado en función de sus intereses personales. Ahora, la familia real catalana al completo –Jordi Pujol, Marta Ferrusola y sus hijos Jordi, Marta, Josep, Pere, Oriol, Mireia y Oleguer–, tendrá que venir a Madrid, el eje del mal por excelencia, para rendir cuentas ante la Justicia española. Los nidos, por el momento, ya no hacen mella y no les va a dar tiempo a que una Cataluña independiente les libere de sus fechorías.