La larga marcha de Pablo y Pablo  

El domingo electoral nos deja muy claro que el PP tiene un líder fuerte pero que no es Pablo Casado. Que Pablo Iglesias continúa en caída libre hacia la irrelevancia absoluta. Y que Pedro Sánchez logra salvar los muebles con ligerísimas subidas pero con el baldón de no haber pescado nada de lo mucho perdido por UP tanto en Galicia como en el País Vasco.

La noche del domingo debió tener tintes bipolares en Génova 13. Por un lado, Alberto Núñez Feijóo consolidaba holgadamente su cuarta mayoría absoluta en Galicia sin utilizar las siglas del Partido Popular en toda la campaña. Paralelamente, Carlos Iturgaiz, el candidato traído del más allá por Pablo Casado, que sí hizo ostentación de siglas por todas partes, arrastraba a los populares al peor resultado de su historia en el País Vasco.

La lectura de estos datos es clara. Pablo Casado no ha tenido prácticamente nada que ver con la victoria gallega y por el contrario es claramente corresponsable del batacazo vasco. Feijóo apuesta por la moderación y por apartar a Vox de su camino y Casado por las cavernas, por el enfrentamiento y por disputarle el espacio electoral a Abascal. Resumiendo: Feijóo –en la actualidad el gran líder de la derecha española– gana de calle en Galicia y Casado cae con estrépito en el País Vasco.

En los últimos cuatro comicios autonómicos en Euskadi, los populares se han ido acercando paulatinamente a la extinción y ya están a un paso de hacerse invisibles. De los 13 escaños y el 14,1% de los votos de 2009 pasaron a los 10 diputados y 11,73% de 2012, a los nueve escaños y el 10,18% de 2016, para acabar en los cinco diputados y apenas el 6,75% de los votos de este pasado domingo, que pueden ser seis si logran arrebatárselo a Bildu con el voto por correo. Casado no sólo no ha podido frenar esta tendencia a la baja sino que parece haber acelerado, con su vuelta a las catacumbas, el hundimiento.

El ridículo y el fiasco del PP es todavía mayor si tenemos en cuenta que de los cinco diputados conseguidos en el País Vasco el domingo uno es de Ciudadanos –que serían dos si llegan a los seis– en base a la lista conjunta con la que concurrieron en estas elecciones; y que para mayor escarnio, VOX ha ganado un  escaño por Álava a costa de los populares.

El líder nacional de los populares continúa sin dar la talla; no tiene el peso político que se le presume al jefe de la Oposición y aspirante a la Moncloa y sobrevive más por errores ajenos que por aciertos propios. Además, su partido, al contrario de lo que ocurre con el PSOE, sigue siendo un cero a la izquierda tanto en Cataluña como en el País Vasco, lo que hace muy difícil pensar en una victoria nacional por más que algunos encuestadores de cámara –no sólo Pedro Sánchez los tiene– le alegren los oídos al presidente del Partido Popular.

Iglesias, el otro Pablo, también ha emprendido un viaje hacia la nada que amenaza con desintegrarlo antes de finalizar esta legislatura. Los descalabros de Unidas Podemos en  Galicia y País Vasco elevan a 12 el número de procesos electorales en los que Pablo Iglesias ha caído en picado. Desde las autonómicas catalanas de 2017 no levanta cabeza por mucho que esté en la coalición que gobierna España. Este pasado fin de semana, por ejemplo, ha perdido 19 parlamentarios –los 14 que tenía en Galicia y 5 de los 11 del País Vasco– y más de 300.000 votos. En un sitio ha desaparecido y en el otro sólo está ligeramente por encima del Partido Popular.

El todavía vicepresidente del Gobierno se está consumiendo a pasos agigantados por culpa de un personalismo megalómano, una prepotencia que para nada se ajusta a su auténtica valía y una doble personalidad en la que se enfrentan sus viejos ideales con sus actuales anhelos.

Íñigo Errejón, siempre con la escopeta cargada cuando se trata de su viejo amigo, afirma que “Podemos ya no existe. Ahora existe una cosa que se llama UP y que tiene los resultados de siempre de IU”. Otras fuentes de Unidas Podemos destacan que “cuanto más poder acapara Pablo Iglesias más desastrosos son los resultados”. Las guerra internas, las purgas de los críticos con su liderazgo, el ‘caso Dina’ y el talante y las formas estalinistas de algunos de sus más estrechos colaboradores, señalan, están conduciendo a la formación morada a la desaparición, más pronto que tarde.

Por distintos motivos y por caminos opuestos, Pablo y Pablo, en las antípodas ideológicamente hablando, están inmersos en una larga marcha sin retorno cuyo final no se presume victorioso para ninguno de ellos. Galicia y el País Vasco han significado sendos clavos en sus respectivos ataúdes. Por mucho que intenten escapar en círculo de sí mismos, parecen encaminados a ser devorados por sus propias limitaciones, en un caso, y por sus escandalosas contradicciones, en el otro.

Y mientras Pablo y Pablo tienden a evaporarse, el PSOE de Pedro Sánchez, que está sabiendo rentabilizar mejor el Gobierno de coalición, ha logrado pasar de puntillas por los comicios del domingo. Gana un escaño y un dos por ciento de votos en cada comunidad –el voto por correo le puede arrebatar el que ha ganado en Galicia–, y aunque no logra quedarse con ninguno de los 19 diputados perdidos por Unidas Podemos –que se fueron con el BNG, en Galicia, y con Bildu, en el País Vasco-, logra un aprobado raspado, que no es poco, después de todo lo que ha llovido últimamente: pandemia, estado de alarma, confinamiento, una crisis económica sin precedentes y 40.000 muertos.